La vida y la libertad son los dos bienes que el Derecho jura proteger con la mano en el pecho y la otra metida en el bolsillo. La vida sin libertad no es vida: es una muerte con signos vitales, una reserva cadavérica con derecho a desayuno. Aunque también hay que decirlo: sin vida no hay libertad de la cual hablar, ni jurado que la discuta, ni alienista que la diagnostique —o que pretenda diagnosticarla—.
El pasado 4 de septiembre, el juez William Sullivan, de la Corte Superior del condado de Plymouth, Massachusetts, declaró nulo el juicio contra Lindsay Clancy, una exenfermera acusada de causar la muerte de sus tres hijos antes de intentar quitarse la vida saltando por una ventana. Cinco semanas de juicio, transmitido en vivo, al mejor estilo hollywoodense, y un desfile de testigos cargados de apreciaciones y respuestas entre pretenciosas y guabinosas. Doce jurados, siete días, deliberaciones maratónicas a puertas cerradas y ni una sola certeza: el jurado no logró ponerse de acuerdo sobre si Clancy era penalmente responsable de los cargos que se le imputaban. Mientras la fiscalía argumentaba que había actuado con premeditación y pedía su condena por los tres asesinatos, la defensa sostenía que no podía responsabilizársele por un episodio de psicosis posparto —lo que abría la puerta a la duda razonable— agravado, según alegaron, por una atención médica deficiente.
Semanas antes del fallo, las voces morales, tanto dentro como fuera de la sala de juicio, no auguraban una sentencia firme que impusiera sin misericordia la furia de los dioses o la compasión del espíritu divino. A falta de una ecuación que rompiera la maraña argumental de los actos impulsivos, psicóticos y la posible premeditación, como suele ocurrir, aquí y allá, la simpatía con la víctima se aferra cual salvavidas a lo que nuestra conciencia moral nos presenta como respuesta a semejante trabazón: una madre matando a sus hijos en el contexto de una enfermedad mental. ¿Culpable? ¿Inocente? ¿Inocentemente culpable? Y como la abuelita que no se salta ni una sola cuentita del rosario, como era de esperarse, llegó la letanía de la duda razonable.
Como estándar de prueba, la duda razonable exige al fiscal demostrar la culpabilidad del acusado “más allá de toda duda razonable”, es decir, que no queden dudas —fundadas en el sentido común y la razón— que surjan de las pruebas presentadas en juicio o de su ausencia. No tengo la menor duda —o al menos razonablemente— de que, si pegamos el oído a una conversación de cafetería entre abogados penalistas, encontraremos que el concepto aterriza con naturalidad en el plano probatorio y argumental. Es el talento puro de encontrar 666 dudas donde solo había una pregunta. ¿Pero qué ocurre cuando quien tiene que aplicarlo es un ciudadano de a pie, sacado de la comodidad de su institución, llevado a rastras para permanecer semanas encerrado, congelado de frío, privado de su libertad y, a diferencia de los jurados norteamericanos, sin la posibilidad de monetizar luego del juicio, ya sea con entrevistas exclusivas en prime time o libros anecdóticos sobre las infidencias y confidencias que giraban en torno a la decisión de condenar o no?
Retomando el caso de Clancy, aun imaginando el mejor de los escenarios posibles, con jurados capacitados en salud mental, medicina legal y criminalística, derecho probatorio y filosofía moral, y asignados de forma aleatoria, ¿podría la IA garantizar decisiones más certeras, en menor tiempo y basadas en datos más que en emociones? Pensemos por un momento, atreviéndonos a ir más allá: si la libertad de un familiar tuviera que depender de un grupo de desconocidos sin formación y fastidiados con la labor encomendada, ¿qué tan seguros nos sentiríamos en un escenario hipotético donde el sesgo, la simpatía —o antipatía— y la desmotivación condicionan la decisión sobre la culpabilidad de nuestro ser querido?
No tengo dudas, pero tampoco certezas. Escuchar hablar a expertos y peritos sobre psicosis posparto, voces que ordenan matar, ideas delirantes, disociación peritraumática, polifarmacia, simulación, etcétera, puede ser un gran desafío para quien, nada temiendo y nada debiendo, termina por hacer oídos sordos a tantos tecnicismos y argumentos contradictorios y falla —a favor o en contra— simplemente según lo que dicta su corazonada. Tarde o temprano, ocurrirá. Lo que ayer parecía ficción hoy comienza a perfilarse como una nueva realidad. ¿Con la IA llegará la certeza? Tal vez la máquina no falle distinto al jurado. A lo mejor solo tarde menos en confesar que tampoco sabe. Quizás todo cambie para seguir igual.
El autor es psicólogo clínico y forense, miembro de la Asociación Panameña de Psicología Forense.


