En casi todas las familias existe un personaje que, sin haberlo solicitado, recibió el cargo de hermano mayor. No hubo concurso, entrevista ni examen. Simplemente nació primero.

Y desde ese momento quedó condenado a una responsabilidad que no aparecía en ningún documento oficial, pero que los padres conocían perfectamente:

—Usted es el mayor. Cuide a sus hermanos.

Y ahí comenzó el problema.

Porque al hermano mayor le tocó abrir camino, pero también pagar algunos peajes. Fue el primero en recibir regaños, el primero en equivocarse y el primero en escuchar aquella frase que repetiría durante toda su vida:

—Tú tienes que dar el ejemplo.

¡Qué vaina! Uno podía tener seis años y ya tenía que ser ejemplo de comportamiento para otro de cuatro.

—No hagas eso, que tu hermanito te está mirando.

¡Pero si yo también soy un pelao!

No importaba. El hermano mayor era una especie de papá suplente, con horario extendido, cero salario y, en algunos casos, licencia para repartir correazos.

Porque sí, muchos hermanos mayores nos pegaron.

—Eso es por tu bien.

Y uno todavía se pregunta cómo una palmada podía ser “por nuestro bien” cuando dolía exactamente igual que si fuera por nuestro mal.

Pero había algo sagrado: el hermano mayor podía molestarnos, pero nadie de afuera podía hacerlo.

Si alguien nos buscaba pelea, aparecía:

—¿Qué pasó?

Y de repente uno, que cinco segundos antes estaba muerto del susto, recuperaba la dignidad.

El mayor también era nuestro abogado. Cuando mamá preguntaba:

—¿Quién rompió el florero?

A veces decía:

—Fui yo.

Y uno respiraba aliviado.

Aunque otras veces el amor fraternal tenía límites:

—Mamá, fue él.

¡Se acabó la hermandad!

También era nuestro banco. Nos prestaba cinco dólares, ropa, zapatos, juguetes, bicicleta, libros y hasta su paciencia. Claro, con una condición: que devolviéramos las cosas enteras. Algo que no siempre sucedía.

El hermano mayor podía prestarnos una bicicleta nueva y recibirla convertida en una especie de chatarra con ruedas.

Pero, sobre todo, nos enseñaba.

A montar bicicleta. A nadar. A defendernos. A cruzar la calle. A reconocer a los malos amigos. A no meternos donde no debíamos.

También nos abrió los ojos sobre cosas que nuestros padres no querían explicarnos.

Nos aconsejó sobre el trabajo, la plata, los amigos, el amor y la vida.

A veces le hicimos caso.

Muchas veces no.

Y cuando nos equivocábamos, aparecía la frase oficial del hermano mayor:

—Te lo dije.

Esa frase parece venir instalada de fábrica.

También nos sacó de problemas.

Nos defendió.

Nos ayudó.

Nos prestó plata.

Nos regaló cosas.

Nos heredó ropa, libros, juguetes y todo aquello que ya no necesitaba… o que decía que ya no necesitaba.

Algunas veces incluso asumió nuestras deudas o puso la cara por nosotros.

Y eso es algo que con los años uno aprende a valorar.

Porque el hermano mayor también fue niño, tenía su propia vida.

Mientras nosotros lo veíamos como un adulto, él también tenía miedo, sueños, problemas y ganas de jugar. También necesitaba que alguien lo cuidara.

Pero muchas veces tuvo que crecer más rápido porque mamá y papá le dijeron:

—Cuida a tus hermanos.

Y lo hizo.

A su manera.

Con errores, regaños, peleas, bromas y consejos.

Con ese extraño amor de los hermanos que puede pasar de:

—¡No te soporto!

a:

—¿Quién fue el desgraciado que te hizo eso?

en menos de treinta segundos.

Después llega la vida.

Cada uno toma su camino. Aparecen las parejas, los hijos, el trabajo, las preocupaciones y los kilómetros. Ya no nos vemos todos los días. Ya no peleamos por el control remoto ni por el último pedazo de pollo.

Y un día descubrimos algo que nunca habíamos pensado:

el hermano mayor también envejeció.

Ya tiene canas. Se cansa. Tiene problemas. También necesita ayuda.

Durante años lo vimos como ese hombre o esa mujer que siempre podía resolverlo todo. Como si fuera eterno. Como si siempre estuviera ahí.

Pero no lo es.

Por eso, si usted tiene un hermano mayor, no espere a su cumpleaños o a Navidad para agradecerle.

Llámelo.

Invítelo a un café.

Dígale que lo quiere.

Y si le da pena ponerse sentimental, dígaselo a su manera:

—Oye, viejo… gracias por no haberme dejado morir cuando éramos pelaos.

Porque detrás de esa broma hay una verdad enorme.

Gracias por defenderme.

Gracias por cuidarme.

Gracias por prestarme.

Gracias por regañarme.

Gracias por sacarme de problemas.

Gracias por asumir culpas que no eran tuyas.

Gracias por enseñarme.

Gracias por abrirme caminos que tú tuviste que aprender a recorrer solo.

Gracias por aquellas veces que me dijiste “no lo hagas” y yo lo hice.

Y gracias por estar ahí cuando descubrí que tenías razón.

Porque uno puede olvidar juguetes, regalos y hasta aquellos famosos correazos “por nuestro bien”.

Pero difícilmente olvida la sensación de saber que había alguien delante de nosotros dispuesto a defendernos.

Alguien que llegó primero, se cayó primero, aprendió primero, abrió la puerta primero.

Y que muchas veces se quedó parado allí, esperando que nosotros pasáramos.

Ese fue el hermano mayor.

Ese man, sin darse cuenta, pasó buena parte de su vida haciéndonos el camino un poquito más fácil.

Y quizás por eso, antes de que sea demasiado tarde, deberíamos decirle algo que nunca sobra:

Gracias, hermano mayor.

Por todo.

Por estar.

Por haber sido hermano antes de que nosotros siquiera supiéramos lo que significaba tener uno.

El autor es ingeniero retirado.