Es el primer gato que no siempre cae parado. Desconfía al hacerlo: si nunca falla, quizá no está explorando lo suficiente. Sabe que para llegar lejos hay que aterrizar donde nadie lo ha hecho. A veces cae mal; otras, cae fuerte. Pero, aun con magulladuras, sigue dándolo todo.
Un emprendedor puede ejecutar con excelencia un modelo probado; un startupero intenta descubrir uno que todavía no existe. El primero administra la incertidumbre; el segundo vive de ella. Como dice Steve Blank, una startup no es una versión pequeña de una empresa: es una organización que aún busca su modelo. Es decir, sigue aprendiendo.
El gato startupero busca resolver problemas que otros aceptan como inevitables. No asume que alguien esté equivocado; hace una pregunta más poderosa: ¿y si el problema no fuera el problema, sino la forma en que lo resolvemos? La innovación rara vez nace de la crítica; nace de la humildad de aceptar que aún no hemos encontrado la mejor respuesta.
Tampoco le teme a la complejidad: encuentra caminos donde otros solo ven barreras. Distingue las que consumen recursos de las que construyen ventajas; las que sí vale la pena dominar hasta volverlas simples, escalables y difíciles de replicar.
Claro que el fracaso duele: consume dinero, tiempo, relaciones y autoestima. Pero cada caída deja criterio, intuición y experiencia. Este gato no colecciona fracasos; colecciona aprendizajes.
Hay una pieza que suele olvidarse: el capital. Ni el gato más ágil sobrevive a muchas caídas sin un colchón. El talento sin capital se agota; el capital sin talento se refugia donde nada cambia. El desarrollo ocurre cuando ambos se encuentran. Por eso, los países líderes en innovación forman emprendedores, pero también inversionistas y mercados capaces de financiarlos sin que tengan que marcharse.
Israel lo hizo con Yozma, un fondo público que atrajo capital de riesgo y creó una industria; Chile, con Start-Up Chile, que convirtió al país en un imán para fundadores. No es coincidencia, es un sistema: aprendieron a financiar la curiosidad, a apostar por quienes intentan aquello que no tiene garantía de funcionar.
Mercado Libre comenzó resolviendo un problema: facilitar el comercio entre desconocidos. Luego entendió que el verdadero problema no era vender, sino pagar, entregar y generar confianza. Siempre pensó como startupero: resolver un problema, descubrir el siguiente y volver a empezar.
Las startups son infraestructura de una economía moderna, no un lujo de países ricos. Muchas fracasan, sí, pero cada intento le enseña algo al resto.
Ser startupero, más que una profesión, es una manera de observar el mundo: mirar una fila y preguntarse cómo eliminarla; ver un trámite y preguntarse por qué no toma segundos. Y luego empezar, porque una idea sin ejecución es solo una conversación pendiente. La historia distingue dos grupos: los que hicieron y los que esperaron a ver qué pasaba.
No todos deben fundar una empresa ni crear el próximo unicornio. Pero ojalá todos tuviéramos un poco de gato startupero, no para crear startups, sino para dejar de aceptar la ineficiencia.
Si llegaste hasta aquí pensando que este era un artículo sobre startups o sobre gatos, te engañé un poco. Siempre fue un artículo sobre desarrollo: sobre las personas que hacen avanzar a una sociedad. Las startups no son el objetivo; son la consecuencia de una sociedad que nunca deja de hacerse mejores preguntas.
Por eso, este no es un mensaje solo para emprendedores. Es para gobiernos, inversionistas, universidades y empresas: todos forman parte del mismo ecosistema y, cuando uno falla, al talento le cuesta más convertir ideas en realidad. Cuando alguien lo logra, hay que celebrarlo, no envidiarlo: su éxito demuestra que es posible. Un ecosistema sano no solo tolera la caída; también aplaude el buen aterrizaje.
Quizá ese sea el verdadero superpoder del gato startupero: no tener siempre la razón, sino querer intentarlo una vez más. Los países no progresan solo porque tienen más empresas, sino porque cuentan con más personas dispuestas a construir lo que todavía no existe.
En honor a los startuperos y a mis favoritos por darles un puñito: PJ, HC, JG, DM, entre otros muchos que se han atrevido a empezar.


