El 19 de agosto de 1926 se instaló la Academia Panameña de la Lengua en el Aula Máxima del Instituto Nacional. Pero la verdadera ingeniería de la corporación ocurrió meses antes, a lo largo de reuniones celebradas entre diciembre de 1925 y agosto de 1926. El epicentro de esas decisiones iniciales fue la sala de espera de la Secretaría de Instrucción Pública, ubicada en el edificio del antiguo Gran Hotel, frente a la plaza de la Independencia, en el centro histórico de San Felipe.

Aquel inmueble de cuatro plantas, cuya construcción emprendió en 1870 el inversor alsaciano Georges Loew, ostentaba y ostenta una aristocracia arquitectónica singular. Equipado en su época con balcones de hierro forjado, alumbrado de gas, cañerías, muros de calicanto, salones de banquetes con mobiliario parisino e inodoros privados, el edificio evolucionó a la par de los vaivenes del istmo. Funcionó como sede directiva de la Compañía del Canal Francés y de la Comisión del Canal Ístmico estadounidense, donde despachó el mismísimo William Gorgas, antes de que el lugar acogiera el servicio postal y a la Secretaría de Instrucción Pública entre 1915 y 1941, y desde entonces al Meduca, hasta 1961.

En aquellos días, en esa dependencia gubernamental, despachaba Octavio Méndez Pereira, secretario del ramo bajo el presidente Rodolfo Chiari. Futuro arquitecto de la Universidad de Panamá, Méndez Pereira prestó su oficina para que funcionara la mesa de operaciones de la nueva institución. La figura central del proyecto fue el sacerdote agustino recoleto fray Pedro Fabo de María, navarro radicado en Colombia, cuyo conocimiento de las lenguas indígenas le había ganado el aprecio y la confianza de la Real Academia Española. La RAE le encomendó la misión casi apostólica de tejer el lazo filológico con Panamá.

Al llegar al istmo en diciembre de 1925, el padre Fabo buscó a José de la Cruz Herrera para convocar a la intelectualidad local. Para acelerar el trámite, se comunicó con la RAE: con su director, Ramón Menéndez Pidal, maestro fundamental de la lingüística hispánica, y con su secretario, Emilio Cotarelo. La respuesta no se hizo esperar: el 12 de mayo de 1926, Cotarelo firmó en Madrid el documento oficial que aprobaba la entidad panameña, como correspondiente de la española, y el cablegrama confirmatorio llegó a manos del fraile al día siguiente.

De la lista de los 18 integrantes, casi todos los secretarios de Instrucción Pública de la joven república terminaron sentados en las sillas académicas: Nicolás Victoria Jaén, Melchor Lasso de la Vega, Eusebio A. Morales, Guillermo Andreve, Jeptha B. Duncan, Julio J. Fábrega, Demetrio Fábrega y Méndez Pereira. A ellos se sumaron otras personalidades, entre ellas Ricardo Miró.

Existe una paradoja histórica fascinante en esta fundación. Hasta 1903, Panamá estuvo bajo la égida de la Academia Colombiana de la Lengua, creada en 1871 como la primera de América. Aquella corporación contaba con doce plazas de número, pero ningún panameño ocupó jamás un sillón en el cenáculo bogotano. En 1926, la historia se cobró su revancha con dieciocho plazas propias.

En una época en que la economía del Canal y la Zona superaban con creces la del resto del país y el inglés avanzaba desatado en el territorio, la fundación fue una afirmación rotunda de identidad y soberanía. Se erigió una trinchera idiomática para reforzar las bases del propio Estado mediante la consolidación del castellano, convirtiendo al país en una plaza firme para defender la unidad del idioma común desde el corazón del continente.

El autor es periodista, filólogo y miembro de la Academia Panameña de la Lengua.