En el pueblo de San José, ubicado en las afueras del distrito cabecera de Soná, existió hace muchos años un frondoso árbol de algarrobo al pie de la carretera.

En ese entonces no se había instalado la electricidad y las personas evitaban pasar, a altas horas de la noche, cerca del árbol de algarrobo por la cantidad de historias que había en torno a él.

Apariciones como el chivato, la mona, la Tulivieja y niños con animales encantados solían asustar a quienes se aventuraban a pasar después de la medianoche.

El día que el árbol de algarrobo fue derribado y llegó la luz, se acabaron las historias de seres maléficos.

Y es que el denominador común de muchas historias de ultratumba es el contexto rural, donde no existe electricidad y abunda la monotonía.

En un mundo urbano, donde se manifiestan la dinámica del trabajo y la tiranía del horario, no hay tiempo para apariciones de brujas o tuliviejas.

En el pensamiento mágico basta con que varias personas afirmen algo para que el rumor de las historias corra como pólvora.

Existe la histeria colectiva y también el autoengaño colectivo, donde resulta más placentero afirmar cosas fantásticas que usar la razón.

El mito y la superstición también se manifiestan en actividades como la política, cuando creemos que las mismas promesas de siempre nos sacarán de la pobreza.

Cuando hacemos largas filas para obtener el arroz o el jamón prometidos en campaña, estamos reforzando la ignorancia y el pensamiento de que el pan para hoy nos librará de todos los problemas.

Así como se repite que la Tulivieja existe, también se repite aquello de “robó, pero hizo”.

Si la electricidad y la luz que produce pudieron ahuyentar a las brujas y a la Tulivieja del pueblo de San José, también la madurez y una firme conciencia social ahuyentarán las formas nefastas de hacer política, como el clientelismo, que no construye democracia, sino que destruye las posibilidades de un futuro más próspero para todos.

El autor es sociólogo y docente panameño.