Por décadas hemos creído con fe que Panamá es una tierra verdaderamente bendecida por Dios y, sin duda, lo estamos. Sin embargo, al mirar más de cerca la geología y la historia, descubrimos que bajo nuestros pies late un suelo sumamente activo, un punto de encuentro donde convergen cuatro grandes piezas de la corteza terrestre —las placas de Cocos, Nazca, el Caribe y Suramérica— que dan forma a lo que los expertos denominan la microplaca de Panamá.

Un claro recordatorio de esta compleja realidad ocurrió recientemente con la fuerte sacudida del pasado viernes 9 de octubre. Este terremoto, de magnitud 7.8, retumbó con fuerza desde zonas occidentales como Bocas del Toro y Chiriquí hasta Darién. A la luz de las investigaciones del Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá (IGC-UP), este tipo de eventos no son accidentes aislados, sino la manifestación física de cómo la tierra se reacomoda y se mantiene activa en las fronteras de nuestra microplaca.

Las evaluaciones preliminares de las autoridades de protección civil reflejan con claridad esta vulnerabilidad. Cientos de viviendas en casi todas las provincias sufrieron desde agrietamientos leves hasta pérdidas totales, lo que obligó a evacuar a comunidades enteras y habilitar albergues e instalaciones médicas de campaña. Cientos de escuelas y diversas infraestructuras resultaron golpeadas, por lo que requirieron la atención urgente del Gobierno e intervenciones de emergencia para restablecer servicios esenciales como el agua potable.

Más allá de los daños materiales, este evento dejó al descubierto lo mucho que nos falta aprender sobre cómo actuar en momentos de verdadero caos. El nerviosismo y la frustración se apoderaron del ambiente en cuestión de segundos. Se vieron personas desesperadas que bajaban por las escaleras y se empujaban entre sí, se escucharon llantos de angustia por no tener noticias de sus familiares y hubo calles completamente colapsadas donde el tráfico impedía el paso de ambulancias, bomberos y unidades de rescate. Fue una escena impactante que quedará grabada en la memoria de miles de panameños, recordándonos a la fuerza que no basta con reaccionar, sino que es imprescindible educarnos para conservar la calma, seguir rutas de evacuación seguras y ceder el paso a las autoridades en medio de una emergencia.

Desde una perspectiva estructural, cuando ocurre un movimiento de esta magnitud, la deformación de la corteza terrestre se manifiesta de forma severa en el terreno. En las zonas más cercanas al epicentro, la sacudida causa el colapso de edificaciones sin la debida resistencia, agrietamientos profundos en el suelo e interrupciones de los servicios básicos. Asimismo, en terrenos saturados de agua se desencadena la licuefacción, fenómeno en el que el suelo pierde solidez y actúa como un líquido, mientras que, en las costas del Caribe y del Pacífico, el movimiento marino puede generar alertas de tsunami y alteraciones repentinas en el nivel del mar.

Hoy en día, gracias al uso de tecnología moderna y redes de monitoreo, los científicos han podido entender mejor el comportamiento subterráneo que origina estos sismos. El territorio se divide en zonas clave. Por ejemplo, la zona de fractura de Panamá y Punta Burica registran una intensa actividad por el choque lateral de las placas de Cocos y Nazca; en el norte, el cinturón deformado del Caribe genera fuertes empujes; y, en puntos como la península de Azuero y Panamá Este, se constata que ninguna región escapa de la deformación tectónica constante.

El istmo de Panamá se desplaza de forma silenciosa a una velocidad de aproximadamente tres centímetros por año, lo que significa que la energía bajo el suelo no desaparece, sino que se acumula poco a poco en las fallas geológicas. Comprender esto no es solo un asunto de libros o teorías académicas, sino una necesidad vital para mejorar la ingeniería civil, actualizar los códigos de construcción y ordenar el crecimiento de nuestras ciudades.

El autor es arquitecto/Máster en Ordenamiento Territorial para el Desarrollo Sostenible.