Sin duda, nos hemos acostumbrado rápidamente a utilizar la inteligencia artificial para ahorrar tiempo y facilitar tareas de nuestra vida diaria. Buscamos información, redactamos y resumimos documentos, y hasta creamos imágenes. Sin embargo, quizás no hemos prestado tanta atención a su capacidad de ayudar a responder ante situaciones en las que están en juego vidas humanas, viviendas, infraestructuras y servicios esenciales.

El terremoto registrado recientemente en nuestro país debe hacer que reflexionemos seriamente acerca de esto. Ante un desastre, cada minuto cuenta. Saber dónde es más necesaria la ayuda, qué vías continúan siendo transitables, qué instalaciones requieren una inspección urgente y cómo distribuir recursos limitados puede marcar una diferencia considerable. A estas alturas del siglo XXI, en un país pequeño como el nuestro, el mayor problema no es la carencia de información, sino la falta de capacidad de las autoridades para procesarla de forma eficaz y convertirla en decisiones acertadas y oportunas. Es en ámbitos como ese donde la inteligencia artificial puede aportar un valor muy significativo.

Como los sistemas de IA procesan grandes cantidades de información de distintas fuentes, pueden relacionar reportes de daños, mapas, datos de la población, condiciones viales y la ubicación de hospitales y centros de asistencia. Con ello, las autoridades podrían identificar comunidades aisladas, establecer prioridades y dirigir los recursos hacia los lugares donde más se necesitan, de forma objetiva. En realidad, hacer el trabajo administrativo rápidamente no es lo más importante, sino procurar que la ayuda llegue a quienes enfrentan mayores riesgos, en tiempos y proporciones óptimos.

Y las posibilidades van más allá. Los drones y el análisis automatizado de imágenes facilitan la identificación preliminar de daños en edificios, puentes y carreteras, y los sensores de ciertas estructuras permiten detectar movimientos o cambios que ameriten una inspección. Así se agiliza la evaluación y se evita la exposición innecesaria del personal de emergencia. Por su parte, los modelos de simulación ayudan a examinar escenarios en los que se interrumpan carreteras, redes eléctricas o servicios de agua, y a preparar alternativas antes de que esas interrupciones se conviertan en problemas mayores.

Durante la etapa de recuperación, una plataforma que integre datos sobre viviendas afectadas, solicitudes de asistencia, inventarios y distribución de donaciones puede contribuir a la transparencia y la eficiencia en el uso de los recursos. Puede detectar necesidades pendientes, reducir duplicaciones, apoyar la planificación de reparaciones, el restablecimiento de los servicios públicos y la continuidad de las actividades económicas, y hasta identificar desviaciones como las que, desafortunadamente, parecen haber mermado la ayuda oficial durante algunas de las crisis anteriores.

No basta con anunciar estrategias nacionales con bombos y platillos. Nuestras autoridades tienen la obligación de obtener lecciones verdaderamente útiles del reciente fenómeno y fortalecer su aplicación mediante la cooperación efectiva con las universidades, las empresas tecnológicas y las organizaciones no gubernamentales sin fines de lucro. No es necesario esperar a que un nuevo desastre golpee a nuestra población para entonces tratar de establecer protocolos, integrar información, capacitar al personal y comprobar la continuidad de los servicios básicos. Eso sería un despropósito.

La inteligencia artificial no es capaz de impedir que la tierra tiemble ni eliminará todas las consecuencias adversas de una catástrofe, pero sí puede ayudarnos a estar mejor preparados, comprender con mayor rapidez lo que sucede y responder de manera más eficaz.

Si hemos sido capaces de poner tanto interés en descubrir cómo esta tecnología puede facilitarnos las tareas cotidianas, con más razón deberíamos preguntarnos cómo aprovecharla para proteger nuestras vidas, nuestros hogares y nuestras comunidades. Su verdadero valor no debe medirse únicamente por el tiempo que nos ahorra, sino también por lo que puede ayudarnos a proteger y recuperar cuando más lo necesitamos.

El autor es abogado, auditor forense y socio director de Encripta Law.