Hace aproximadamente cuarenta años, el cáncer dejó de ser para mi familia una palabra que aparecía en los libros de medicina. Mi hermana menor era apenas una niña cuando fue diagnosticada con leucemia.

Recuerdo los tratamientos y los viajes desde Panamá hasta Houston para llevarla al MD Anderson Cancer Center. Pero recuerdo especialmente algo que las estadísticas médicas difícilmente pueden medir: lo que una enfermedad así provoca alrededor del paciente.

El cáncer estaba en el cuerpo de mi hermana, pero había entrado en toda nuestra familia.

Vi a mis padres enfrentarse al miedo que ningún padre debería tener que enfrentar: la posibilidad de perder a una hija. Vi el desgaste físico y emocional, la incertidumbre, los viajes, las esperanzas depositadas en cada tratamiento y aquella espera interminable por resultados que podían cambiar nuestras vidas.

Mi hermana sobrevivió. Años después tendría que enfrentarse nuevamente al cáncer y volvería a vencerlo.

Quizás por eso, ahora, muchos años después, cuando escucho a un científico hablar no solamente de cómo combatir el cáncer una vez diagnosticado, sino de aquello que podría estar ocurriendo en nuestro organismo mucho antes de que aparezca, presto atención.

El doctor Thomas Seyfried, investigador y profesor de biología en Boston College, lleva años defendiendo una tesis que desafía parte del paradigma predominante sobre el cáncer. Seyfried sostiene que, además de las mutaciones genéticas que caracterizan a las células cancerosas, debemos prestar mucha mayor atención al metabolismo celular y, particularmente, al funcionamiento de las mitocondrias.

Su planteamiento recupera en parte las observaciones realizadas hace aproximadamente un siglo por Otto Warburg, Premio Nobel de Medicina en 1931, quien identificó una peculiaridad del metabolismo de muchas células cancerosas: aun disponiendo de oxígeno, consumen grandes cantidades de glucosa y utilizan intensamente procesos de fermentación para obtener energía.

Seyfried lleva aquella observación considerablemente más lejos. Argumenta que la disfunción mitocondrial puede desempeñar un papel fundamental en el origen del cáncer y que la dependencia de ciertos tumores de combustibles como la glucosa y la glutamina podría constituir también una vulnerabilidad terapéutica.

Es una hipótesis fascinante. Pero fascinante no significa demostrada.

La teoría metabólica del cáncer continúa siendo objeto de investigación y debate científico. Aunque las alteraciones metabólicas de las células cancerosas están ampliamente reconocidas, la posición de Seyfried —que coloca la disfunción metabólica como causa primaria del cáncer y las mutaciones genéticas principalmente como consecuencia— no representa actualmente el consenso de la oncología.

Esa diferencia importa.

También importa porque algunas interpretaciones populares de estas investigaciones han producido afirmaciones mucho más categóricas de lo que permite la evidencia. Reducir el consumo de azúcar no equivale a “matar de hambre” selectivamente un tumor, y actualmente no existe evidencia clínica suficiente para afirmar que una dieta cetogénica o el ayuno puedan prevenir o curar el cáncer. Existen investigaciones sobre su posible utilización como estrategias complementarias en determinados contextos, pero complementarias no significa sustitutivas.

Una persona diagnosticada con cáncer no debería abandonar tratamientos establecidos ni iniciar dietas extremas o ayunos prolongados basándose en una entrevista, un video en redes sociales o, por supuesto, una columna de opinión.

Pero descartar por ello toda la discusión metabólica sería cometer el error contrario.

Porque cuando dejamos a un lado aquello que todavía está en discusión y observamos aquello sobre lo cual existe evidencia considerablemente más sólida, encontramos un punto de encuentro importante.

Organizaciones como el National Cancer Institute, la American Cancer Society y el propio MD Anderson Cancer Center reconocen desde hace años que una proporción significativa del riesgo de cáncer está asociada con factores modificables: tabaco, consumo de alcohol, exceso de peso, inactividad física, determinados patrones alimentarios, radiación ultravioleta, ciertas infecciones y exposiciones ambientales y ocupacionales.

No podemos prevenir todos los cánceres. La genética, la edad, el azar biológico y numerosos factores que todavía no comprendemos completamente también participan. Y sería profundamente injusto convertir la prevención en una insinuación de culpabilidad hacia quien desarrolla la enfermedad.

Prevenir no significa garantizar.

Significa reducir el riesgo.

Y quizás allí se encuentra una de las conversaciones que todavía nos falta desarrollar con suficiente fuerza.

Nuestro sistema de salud dedica enormes recursos —justificadamente— a detectar y combatir enfermedades una vez que aparecen. Celebramos nuevos medicamentos, inmunoterapias, terapias dirigidas y tecnologías capaces de identificar tumores cada vez más temprano.

Pero la batalla contra el cáncer también comienza mucho antes de entrar a un hospital.

Comienza con educación sobre alimentación y actividad física. Con combatir la obesidad y el tabaquismo. Con reducir el consumo de alcohol. Con vacunas capaces de prevenir infecciones vinculadas con determinados cánceres. Con protección frente a carcinógenos conocidos. Con programas efectivos de detección temprana. Y también con continuar investigando seriamente la relación entre metabolismo, inflamación, función mitocondrial, envejecimiento y cáncer.

Incluso el estrés merece precisión. El estrés crónico puede afectar múltiples sistemas del organismo y existen investigaciones sobre sus efectos en la inflamación, la inmunidad y la progresión de enfermedades. Sin embargo, la evidencia disponible no permite afirmar simplemente que “el estrés causa cáncer”. Una vez más, necesitamos ciencia antes que eslóganes.

Para Panamá, esta discusión tiene además una dimensión de política pública.

Prevenir cuesta. Educar cuesta. Mejorar la nutrición, fomentar el ejercicio, reducir el tabaquismo, ampliar la vacunación y establecer programas accesibles de detección temprana requieren recursos.

Pero tratar el cáncer avanzado cuesta muchísimo más, y no solamente en dinero.

Mis padres aprendieron eso en su momento.

Hicieron lo que cualquier padre habría hecho. Buscaron los mejores médicos que pudieron encontrar, cruzaron fronteras y llevaron a su hija desde Panamá hasta Houston para combatir una enfermedad que ya estaba allí.

La medicina ayudó a salvarla.

En la actualidad, mientras investigadores como Thomas Seyfried vuelven a colocar el metabolismo celular en el centro de una antigua discusión científica, quizás debamos ampliar nuestra pregunta.

La próxima gran victoria contra el cáncer no necesariamente será una cura universal. Puede surgir también de comprender mejor las décadas, años o meses anteriores al diagnóstico y convertir ese conocimiento en prevención efectiva.

Seyfried puede tener razón en algunas de sus hipótesis y equivocarse en otras. Eso lo determinarán la investigación, los ensayos clínicos y la evidencia acumulada; no las redes sociales ni quienes deseamos que determinada teoría sea cierta.

Pero hay una conclusión para la cual no necesitamos esperar tantos años: debemos invertir tanta inteligencia en preservar la salud como la que invertimos en recuperar la salud después de perderla.

Porque cuando el cáncer llega, nunca llega a una sola persona. Entra por la puerta de una casa y cambia la vida de toda una familia.

Lo vivió mi familia. También lo vivió otro panameño, Rubén Blades, cuando el cáncer llegó a la vida de su madre y de aquella experiencia nació una de sus composiciones más humanas.

Y cuando la ciencia, los tratamientos y nuestra propia fortaleza hayan hecho todo lo que esté a su alcance, quedará también aquello que ninguna estadística puede medir y que Blades supo expresar mejor que muchos de nosotros: habrá que tener mucho “Amor y control”.

El autor es empresario.