Viendo las reacciones que ha provocado en las redes sociales la imagen del presidente José Raúl Mulino junto al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y observando un escenario internacional cada vez más tenso, me parece útil intentar un análisis sin estridencias. No para convertir una fotografía en una sentencia ni para ignorar lo que los gestos diplomáticos comunican, sino para preguntarnos algo más importante: ¿cómo debe moverse Panamá cuando las grandes potencias vuelven a medir fuerzas y el país custodia una vía interoceánica cuya seguridad interesa al mundo entero?
Conviene empezar por lo comprobable. El 24 de septiembre de 2026, Mulino participó en Nueva York en una reunión con Netanyahu en la que también estuvieron los presidentes Rodrigo Paz, de Bolivia, y Santiago Peña, de Paraguay. La Presidencia de Panamá informó que se habló de seguridad, tecnología, comercio, inteligencia artificial y drones, dentro de un “marco estratégico de cooperación” impulsado por Israel. Netanyahu hizo, además, una referencia a gobiernos latinoamericanos “alejados de la izquierda”. Esa fue una expresión del primer ministro israelí, no una declaración del mandatario panameño.
La precisión importa porque la diplomacia reúne con frecuencia a dirigentes que no comparten idénticas posiciones. Una imagen pública tiene significado, pero no permite concluir por sí sola que un gobierno adopta todas las políticas de su interlocutor. Dos meses antes, Mulino se había reunido en Ciudad de México con Claudia Sheinbaum. Allí, ambos gobiernos reafirmaron expresamente el régimen de neutralidad permanente del Canal y la soberanía panameña sobre la vía.

El asunto, por tanto, no debería reducirse a Netanyahu, Sheinbaum, Washington o Beijing. La cuestión de fondo es cuál será la posición de Panamá si el sistema internacional continúa endureciéndose y los demás empiezan a leer cada acercamiento como pertenencia a un bloque.
El Tratado concerniente a la Neutralidad Permanente y al Funcionamiento del Canal, firmado en 1977, ofrece un punto de partida extraordinariamente actual. Su artículo I declara permanentemente neutral al Canal como vía acuática de tránsito internacional. El artículo II dispone que permanezca seguro y abierto, en paz y en guerra, al tránsito pacífico de las naves de todas las naciones en condiciones de igualdad. Añade una finalidad decisiva: evitar que el Canal y, por extensión, el istmo de Panamá se conviertan en objetivo de represalias en conflictos bélicos entre otras naciones.
Ese tratado no convirtió a Panamá en un Estado obligado a guardar silencio frente al mundo. El país conserva su política exterior, puede votar en organismos internacionales, suscribir acuerdos, expresar posiciones y cooperar con otros gobiernos. Lo excepcional es la vía interoceánica: su funcionamiento debe mantenerse ajeno a discriminaciones derivadas de disputas entre terceros.
Pero en geopolítica existe una diferencia entre la condición jurídica y la percepción estratégica. El Canal puede seguir cumpliendo plenamente el tratado y, aun así, comenzar a ser interpretado desde fuera como pieza de la arquitectura de seguridad de una potencia determinada. Esa lectura podría ser injusta o exagerada; eso no impide que produzca consecuencias.
Panamá conoce ya la presión derivada de la competencia entre Estados Unidos y China. En febrero de 2025, el Gobierno anunció que no renovaría el memorando de entendimiento firmado con China en 2017 en el marco de la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Washington acogió favorablemente la decisión. En abril de ese año, durante la visita del secretario de Defensa Pete Hegseth, el Departamento de Defensa estadounidense presentó la cooperación para la seguridad de la vía dentro de un discurso dirigido explícitamente a contrarrestar la influencia china. Hegseth sostuvo que debía ser asegurada por Panamá junto a Estados Unidos y no junto a China.
Esa fue la formulación estadounidense. No significa que Panamá haya adoptado necesariamente la misma lectura. En abril de 2026, Mulino celebró que una controversia vinculada a los puertos pudiera separarse de la relación entre ambos gobiernos y expresó satisfacción por la posibilidad de conducir el vínculo con China de manera más tranquila. Tener desacuerdos severos con un país no obliga a transformar cada diferencia en enemistad estratégica.
La política internacional actual ofrece una demostración elocuente. Mientras se comentaba la reunión de Mulino con Netanyahu, Donald Trump recibía a Xi Jinping en Washington. Ese día, el presidente chino estuvo en la Casa Blanca en una visita de Estado. Washington y Beijing mantienen discrepancias profundas y una competencia estructural en comercio, tecnología y seguridad; sin embargo, sus mandatarios conversan y preservan canales de negociación.
La enseñanza es sencilla: incluso los actores que compiten con mayor intensidad evitan convertir todas sus diferencias en ruptura. Defienden sus intereses y, cuando lo consideran necesario, hablan con el adversario. Para un país pequeño situado en una posición geográfica excepcional, conservar esa flexibilidad puede ser especialmente valioso.
Hay, además, un elemento que los negociadores de 1977 no podían prever en toda su magnitud. La infraestructura crítica ya no se protege únicamente con presencia física. Sistemas digitales, redes eléctricas, comunicaciones y plataformas logísticas forman parte de la seguridad contemporánea. Drones, ciberataques, sabotajes y otras formas de acción híbrida pueden producir daños sin reproducir el esquema clásico de una invasión.
No existe evidencia pública de un plan extranjero para atacar el Canal de Panamá, y sería irresponsable insinuarlo. El punto es otro: una infraestructura extensa, compleja y decisiva para el comercio mundial exige pensar la seguridad con categorías del siglo XXI. Panamá necesita cooperación, tecnología, inteligencia, ciberdefensa, vigilancia y capacitación. Interpretar la neutralidad como aislamiento sería confundir prudencia con indefensión.
El riesgo contrario también merece atención. Si la cooperación con un socio es presentada —por ese socio o por terceros— como evidencia de que la vía pertenece estratégicamente a determinada esfera de influencia, la protección podría terminar erosionando aquello que pretende preservar: la confianza internacional en su carácter abierto e igualitario.
Por eso conviene distinguir tres planos. Panamá puede desarrollar relaciones bilaterales estrechas, defender posiciones propias en la comunidad internacional y, a la vez, preservar el estatuto excepcional del Canal, evitando que rivalidades externas se trasladen a su operación o a la percepción de quién lo controla.
Desde esa perspectiva, el encuentro con Netanyahu no necesita ser dramatizado ni trivializado. Forma parte de la actividad diplomática de un jefe de Estado y puede abrir espacios de cooperación útiles. También ocurre, sin embargo, en un contexto en el que Israel busca fortalecer vínculos con determinados gobiernos latinoamericanos y cada gesto es observado mediante lentes ideológicas y estratégicas. Una diplomacia suficientemente amplia puede reducir el riesgo de que una relación exclusiva termine definiendo al país.
Eso supone conversar con Israel sin convertir esa relación en adhesión automática a sus posiciones; preservar el vínculo indispensable con Estados Unidos sin importar mecánicamente a Panamá cada confrontación de Washington con Beijing; y mantener canales con China sin desconocer los asuntos en que existen intereses contrapuestos. No es equidistancia matemática ni ausencia de criterio. Es diferenciación.
El Canal seguirá siendo demasiado importante para que las grandes potencias dejen de contemplarlo desde sus propios cálculos. El margen de maniobra panameño será mayor en la medida en que ninguna pueda presentarlo como extensión de su poder.
Tal vez ahí radique la inesperada modernidad del Tratado de Neutralidad. Fue concebido en otra época, pero contiene una intuición que regresa con fuerza: cuanto más dividido esté el mundo, mayor valor adquiere una ruta que todos puedan utilizar sin preguntarse a qué bloque pertenece.
El desafío no consiste en escoger entre hablar con unos o con otros. Consiste en conservar suficiente autonomía para dialogar con todos sin que nadie confunda cooperación con subordinación. En un tiempo de rivalidades abiertas y tecnologías capaces de alterar infraestructuras a distancia, esa autonomía no es pasividad. Es una forma exigente de soberanía.
El Canal sirve al mundo porque es panameño. Su fortaleza dependerá de que su neutralidad siga siendo algo más que una cláusula escrita: una conducta reconocible, coherente y creíble ante todos.
La autora es psicóloga, diplomática y escritora.


