Hay un momento en la trayectoria escolar de muchos estudiantes panameños del que hablamos menos de lo que deberíamos: el paso de sexto a séptimo grado. En apariencia, es solamente un cambio de año. En realidad, puede convertirse en una de las primeras grandes rupturas de la experiencia escolar.

Los datos disponibles muestran que algo ocurre justamente allí. Un análisis del Meduca y Unicef, basado en información del Sistema de Integración de Datos Estadísticos de 2020, encontró que la promoción alcanzaba alrededor del 98 % en sexto grado y descendía al 87 % en séptimo. El mismo análisis señala que cerca del 19 % de los estudiantes que avanzaban lo hacían con materias reprobadas. No significa que todos esos estudiantes estuvieran condenados a fracasar. Significa que una parte importante comenzaba la nueva etapa arrastrando dificultades que ya estaban presentes.

Y aquí aparece una pregunta que vale la pena hacer: ¿qué cambia entre sexto y séptimo para que tantos estudiantes encuentren más obstáculos?

Cambia mucho más que el número escrito en el boletín. En primaria, un estudiante suele tener una relación más concentrada con sus docentes y una estructura relativamente integrada. Al llegar a premedia, aparecen más asignaturas, más profesores, diferentes formas de enseñar y evaluar, y una exigencia mayor de autonomía. El propio estudio sobre barreras de exclusión educativa en Panamá identifica el paso de sexto a séptimo como una fractura importante del sistema y advierte sobre la poca articulación entre docentes de primaria y premedia.

Para un adulto, esos cambios pueden parecer normales. Para un niño que está entrando en la adolescencia, no necesariamente lo son.

A esa edad también ocurren transformaciones personales, sociales y emocionales que pueden afectar la manera en que el estudiante se relaciona con la escuela. Cambiar de docentes, de compañeros o incluso de centro educativo puede significar perder referentes conocidos justo cuando aumenta la presión académica. Unicef ha señalado que las transiciones entre niveles pueden dificultarse por cambios en la práctica pedagógica, en las relaciones con los profesores y en el grado de autonomía que se espera del estudiante.

El problema, entonces, no es solamente que séptimo sea más difícil. Es que podemos estar esperando que el estudiante se adapte rápidamente a un sistema que también debería prepararse para recibirlo.

Panamá ya tiene señales que justifican esta preocupación. En PISA 2022, el 20 % de los estudiantes de 15 años reportó haber repetido al menos un grado desde que ingresó a primaria, frente al promedio del 9 % de la OCDE. La OCDE también encontró que, en Panamá, la diferencia en rendimiento matemático asociada con haber repetido un grado era particularmente amplia, aun considerando las características socioeconómicas. Estos datos no demuestran que la transición a séptimo sea la causa de la repetición, pero sí muestran que las trayectorias escolares con interrupciones y rezagos merecen atención.

Además, el propio Meduca registra que, en 2023, más de 22 mil estudiantes de premedia ingresaron a programas de recuperación académica. Esa cifra no equivale a repitencia, pero ayuda a dimensionar la cantidad de estudiantes que llegan a este nivel necesitando recuperar aprendizajes.

Eso exige compartir información entre primaria y premedia, identificar aprendizajes pendientes antes del cambio y acompañar al estudiante durante los primeros meses. No se trata de bajar las exigencias, sino de evitar que una dificultad termine convirtiéndose en una trayectoria innecesaria de fracaso escolar para muchos.

Tal vez deberíamos dejar de mirar séptimo grado como una simple puerta de entrada a la premedia. Deberíamos verlo como un punto de alerta. Antes de que aparezca la primera reprobación, habría que saber quién necesita apoyo, en qué materia, por qué y desde cuándo.

Porque cuando un estudiante comienza séptimo con dificultades que vienen de atrás, esperar hasta diciembre para preguntarle qué pasó puede ser demasiado tarde.

La transición no debería ser un salto al vacío. Debería ser un puente. Y si ese puente se rompe para demasiados estudiantes, el problema no está solamente al otro lado.

La autora es maestra y escritora.