Hace casi medio siglo, Wim Wenders, con apenas 30 años, dirigió una de sus películas fundamentales, titulada El amigo americano. El guion, basado en la novela El juego de Ripley, de Patricia Highsmith, contaba con las interpretaciones principales de Dennis Hopper y Bruno Ganz. Sobre los personajes de ambos gira la relación entre un inescrupuloso marchante de arte estadounidense (Hopper-Ripley), quien contrata a un artesano alemán, enmarcador y restaurador de cuadros, que padece una grave enfermedad (Ganz-Zimmermann), para que, en su desesperada necesidad de dinero, lleve a cabo un asesinato por encargo.
Iniciada la segunda mitad de la década de 1970, el panorama internacional era muy diferente del actual, pero la decisión de Wenders de cambiar el título de la novela para su película siempre fue vista como un guiño crítico a la relación establecida entonces entre Estados Unidos y Alemania. El chantaje, fruto de una relación desigual, mostraba el lado oscuro de esa amistad.
Poco menos de diez años después, el socialista italiano Bettino Craxi protagonizó un serio enfrentamiento con el gobierno estadounidense presidido por Ronald Reagan. La crisis se originó tras el secuestro, por parte de Estados Unidos, de un avión que transportaba a un grupo de militantes del Frente de Liberación de Palestina, quienes previamente habían secuestrado el crucero Achille Lauro, con más de 500 personas a bordo frente a la costa de Egipto, y asesinado a un pasajero. Se trató de una confrontación insólita entre ambos países desde el final de la Segunda Guerra Mundial. La soberanía fue el núcleo del diferendo, pues el avión fue obligado por cazas estadounidenses a aterrizar en una base militar de la OTAN en Sigonella (Sicilia), en octubre de 1985.
Craxi invocó la soberanía italiana y, en una decisión histórica, ordenó a los carabineros rodear el avión detenido en la pista de aterrizaje, que ya estaba cercado por militares estadounidenses. La crisis se superó con relativa rapidez, pero el primer ministro dimitió poco tiempo después, envuelto en un serio escándalo de corrupción relacionado con la financiación de la política —algo, por otra parte, generalizado en la Italia de entonces—. Siempre se especuló que el origen de la filtración procedió del lado estadounidense, cuyo comportamiento hacía gala de amistad.
A mediados de mayo pasado, un portavoz del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos confirmó a la agencia Reuters la colaboración de ese país en la investigación que condujo a la imputación del expresidente del Gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero. La documentación enviada por la agencia Homeland Security Investigations (HSI) a la Brigada Central de Investigación de Blanqueo de Capitales y Anticorrupción de la Policía Nacional, especializada en delitos financieros y crimen transnacional, fue incorporada, según consta en el auto, a la investigación de la Audiencia Nacional sobre el rescate de 53 millones de euros concedido a la aerolínea Plus Ultra durante la pandemia.
Rodríguez Zapatero no solo representa un icono del socialismo español y de ciertos sectores de la izquierda; también fue quien, como presidente del Gobierno en 2004, retiró las tropas españolas de Irak y, previamente, siendo todavía líder de la oposición, protagonizó en Madrid el gesto de no saludar a la bandera estadounidense durante el desfile militar de la Fiesta Nacional del 12 de octubre de 2003. Rodríguez Zapatero permaneció sentado y no aplaudió el paso de los marines invitados al acto por el entonces presidente del Gobierno, José María Aznar.
Europa es un escenario lejano para la política de los países de América Latina cuando se analizan sus relaciones con Estados Unidos. Desde la Doctrina Monroe hasta el llamado “escudo de las Américas”, pasando por la política de las cañoneras, la del garrote y la zanahoria o la política de buena vecindad, el panorama es distinto al gestado por los lazos establecidos al amparo del Tratado del Atlántico Norte, cuya evolución desde la Guerra Fría hasta la actualidad ha sido tan procelosa.
Sin embargo, el establecimiento de esos lazos de amistad, fingidos o reales, que posiblemente inspiraron a Wim Wenders para realizar la película, ha desempeñado un papel relevante. Lazos que lo fueron cuando el presidente Dwight D. Eisenhower visitó al dictador Francisco Franco en diciembre de 1959, borrando simbólicamente la fotografía que inmortalizó en Hendaya el abrazo entre Franco y Adolf Hitler en octubre de 1940. Los amigos se intercambiaron entonces. O cuando José María Aznar, en señal inequívoca de amistad imperecedera, cruzó las piernas sobre una mesilla durante su visita a George W. Bush en su rancho de Crawford, en febrero de 2003, anticipando el acuerdo alcanzado un mes después en la cumbre de las Azores, que confirmó el apoyo español a la invasión de Irak.
Hoy, el amigo americano acoge en Mar-a-Lago a un largo listado de presidentes latinoamericanos que perciben en ese gesto un inequívoco reconocimiento a cambio de su docilidad y de sus expectativas de retribución, tanto a título personal como para sus países. Hay 250 años de historia labrados a través de ideas, trabajo y personas que configuraron un país al que llegaron millones huyendo de las hambrunas, de las persecuciones religiosas o, simplemente, buscando un futuro mejor, persiguiendo lo que después se consolidó como el relato del sueño americano. Ese cambio, producido lentamente a lo largo del tiempo, ha terminado por alterar profundamente el panorama construido durante generaciones.
En Colombia, dentro de un mes, el presidente electo, Abelardo De la Espriella, mostrará un perfil insólito, marcado por su nacionalidad estadounidense, a la que no piensa renunciar. Pero, frente a él, existen multitudes de personas cuyas identidades diversas se proyectan en un crisol donde los componentes que podrían catalogarlas como “amigos americanos” resultan equívocos. Ahora se trata de estadounidenses que también son cubanos, dominicanos, panameños, venezolanos, colombianos, haitianos y un largo etcétera. El amigo americano, ese individuo que, como Ripley, goza de impunidad gracias a su nacionalidad, se ha convertido hoy en una figura híbrida e incierta.
Si el actual presidente estadounidense proyecta la imagen de su país en el mundo mediante sus extravagancias narcisistas, envuelto en la arrogancia del tecnofeudalismo rampante, nada hay más alejado de la realidad. Aunque, a lo peor, me equivoque.
El autor es director del Cieps.

