He sido médico por 42 años. Durante este tiempo he procurado ejercer con dedicación, profesionalismo y empatía, evitando tratamientos con poco sustento científico y anteponiendo siempre la ética al beneficio económico. Hasta ahora, nunca había enfermado seriamente. Pero llegó el día, y ocurrió mientras estaba en Estados Unidos.

Como muchos médicos, subestimé mis síntomas. Cuando finalmente accedí a ir a urgencias, en segundos pasé de médico a paciente: estaba del otro lado. El sistema estadounidense es eficiente, pero también frío e impersonal, especialmente cuando uno se siente vulnerable.

Es difícil cambiar el “chip” de médico. El cerebro continúa analizando la fisiopatología, los escenarios y las decisiones. Se dice que los médicos somos malos pacientes: demoramos en buscar atención, nos autodiagnosticamos y minimizamos los síntomas.

Sin embargo, quizá lo más difícil es ceder a otro el poder de decidir. Hice lo posible por cooperar, pero mis primeros médicos, aunque amables, no ofrecían respuestas claras. Un nefrólogo se refirió a la discreta aparición de mi diuresis —que me había dado esperanzas— como “bladder sweat”; eso fue el puntillazo. Sentí, con frustración, que en varias ocasiones desestimaban mi opinión. Como paciente, uno percibe cada palabra, silencio y gesto de quienes lo tratan.

El fin de semana llegaron nuevos médicos y, con ellos, la Dra. Martin. Le había hablado a mi familia de recuperar una “posición de poder”: no un espacio para imponer mi criterio, sino para sentarme frente a la doctora, mirarla a los ojos, sentirme escuchado y participar en las decisiones sobre mi salud.

La Dra. Martin me dio ese espacio. No hizo simplemente lo que yo proponía; conversó conmigo, comprendió mis inquietudes y definimos un plan claro para suspender algunos medicamentos y ajustar otros. Esa conversación me devolvió la tranquilidad y fue, en muchos sentidos, la mejor terapia.

Cuando cae la sensación de invulnerabilidad que a veces acompaña a nuestra profesión, surge una tensión profunda entre la identidad médica y la vulnerabilidad personal. Como neonatólogo, siempre he mantenido una relación cercana con las enfermeras que cuidan a los recién nacidos. Pero como paciente aprecié desde otra óptica la labor de enfermeras, auxiliares, técnicos y personal de transporte. Cada uno influye de manera decisiva en la experiencia y evolución del paciente.

Estas experiencias tienen un marcado efecto en la percepción de la medicina, denominado “empatía después de la enfermedad” y, en su versión in extremis, crecimiento profesional postraumático.

Decir que espero que esta experiencia me haga mejor médico suena cursi. Sí deseo poder escuchar mejor y ser más empático, en mi caso, con los padres de mis pacientes, y sentir una gratitud más consciente hacia todo el personal de apoyo.

La docencia siempre ha sido mi pasión; ahora quiero transmitir más la importancia de humanizar la práctica médica. Hoy puedo dar fe de que esa torre de marfil en la que a veces nos colocamos puede desmoronarse en segundos. Cuando menos lo esperamos, somos nosotros quienes nos encontramos del otro lado.

El autor es pediatra-neonatólogo.