El escenario político actual atraviesa una escalada de sucesos mediatizados a través de grupos sociales, políticos, económicos y religiosos afines a un nuevo líder, caudillo o influencer, lo que genera un ecosistema inundado de desinformación que golpea directamente a la sociedad, que termina cayendo en narrativas alimentadas por el rencor y las medias verdades.

Panamá no escapa a esta tendencia global, ya que lo que antes se discutía en las esquinas o en los debates tradicionales de opinión hoy se procesa en el laboratorio digital de las redes sociales, donde las medias verdades rinden más dividendos políticos que la honestidad. Nos encontramos ante una preocupante mutación del debate público: la transición del resentimiento social justificado, provocado por años de desigualdad, promesas rotas y clientelismo, hacia un odio sistemático dirigido a todo el que piense diferente.

Nuestra realidad nacional nos muestra un país de profundas paradojas, toda vez que, mientras los indicadores macroeconómicos intentan proyectar estabilidad, las calles reflejan una creciente desconfianza institucional. Temas críticos como el futuro de la Caja de Seguro Social (CSS), los debates en la Asamblea, la gestión del agua del Canal de Panamá o los retos de la juventud son secuestrados por discursos incendiarios. Ya no se busca resolver los problemas de raíz; lo que importa es el aplauso fácil en redes, la descalificación del rival y el uso de la polarización como una herramienta de control.

Hoy Panamá parece estar sumergida en una especie de política del espectáculo o show mediático, que ha terminado por anular la madurez cívica. Los nuevos mesías digitales e influencers de la política, más que presentar propuestas serias y posibles soluciones, parecieran vivir de la frustración de la gente, sacando provecho de ello. Construyen enemigos imaginarios para evitar rendir cuentas y dividir el tejido social, encerrando a los ciudadanos en burbujas ideológicas donde la verdad pasa a un segundo plano y lo único que importa es la lealtad ciega, además de los likes monetizados.

En mi opinión, hoy Panamá se encuentra en una encrucijada donde el mayor desafío no es solo fiscal o económico, sino democrático. Si permitimos que el odio y las verdades a medias sigan dictando la agenda del país, terminaremos destruyendo los puentes necesarios para lograr consensos reales. Es momento de apagar el ruido de las pantallas y exigir un debate con altura, sustancia y, sobre todo, con la honestidad que el futuro de nuestra nación merece.

El autor es abogado.