Darién es mucho más que una provincia ubicada en el extremo oriental de Panamá. Es una tierra de historia, diversidad, riqueza natural y, sobre todo, de hombres y mujeres que han construido sus vidas con esfuerzo en medio de grandes desafíos. Sin embargo, durante demasiado tiempo, sus habitantes han sentido que el desarrollo nacional pasa de largo. Son nuestros hermanos olvidados, aquellos a quienes Panamá debe mirar con mayor atención, respeto y compromiso.

Hablar de Darién es hablar de una de las mayores riquezas naturales del país. Sus bosques, ríos, montañas y ecosistemas representan un patrimonio invaluable para Panamá y para el mundo. Pero su verdadera riqueza también está en su gente: comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas que conservan conocimientos, tradiciones y formas de vida que forman parte de nuestra identidad nacional.

Darién tiene fortalezas extraordinarias. Su biodiversidad ofrece oportunidades para el ecoturismo, la investigación científica, la educación ambiental y los emprendimientos sostenibles. Sus tierras tienen potencial productivo y sus comunidades poseen conocimientos que pueden convertirse en herramientas para construir una economía local más fuerte. Sus jóvenes, además, representan una generación con talento, creatividad y deseos de salir adelante.

Pero para que esas oportunidades se conviertan en realidad se necesita inversión y voluntad. No podemos hablar de desarrollo mientras existan comunidades con dificultades para acceder a una educación de calidad, servicios de salud oportunos, conectividad, transporte, formación técnica y empleos dignos. La distancia geográfica no puede seguir siendo una excusa para mantener una distancia social entre Darién y el resto del país.

Uno de los mayores desafíos está precisamente en sus jóvenes. Panamá debe ofrecerles alternativas para que puedan desarrollar sus capacidades sin verse obligados a abandonar su provincia. El deporte, las artes, la educación, la tecnología, el emprendimiento y la formación profesional pueden abrir caminos distintos. Cada joven que encuentra una oportunidad es un joven que fortalece a su comunidad y que puede convertirse en protagonista de su propio desarrollo.

También debemos comprender que proteger Darién significa proteger a sus habitantes. La seguridad de la provincia no puede abordarse únicamente desde una perspectiva de vigilancia y control. Se necesitan políticas integrales que atiendan las causas sociales de la vulnerabilidad. Una comunidad con educación, empleo, cultura, deporte y servicios públicos adecuados tiene mayores herramientas para enfrentar la violencia, la pobreza y las economías ilícitas.

La historia de Darién también merece mayor reconocimiento. Esta provincia ha sido escenario de encuentros culturales, migraciones, intercambios y procesos históricos que forman parte de la construcción de Panamá. Sus pueblos han demostrado resistencia y capacidad para preservar sus tradiciones frente a los cambios. Esa historia debe enseñarse, valorarse y transmitirse a las nuevas generaciones.

El desarrollo de Darién debe construirse con sus habitantes. No se trata solamente de diseñar proyectos desde la capital y llevarlos a las comunidades. Se trata de escuchar a sus líderes, educadores, productores, jóvenes, mujeres y organizaciones comunitarias. Nadie conoce mejor las necesidades y posibilidades de una comunidad que quienes viven diariamente en ella.

Darién no necesita lástima. Necesita oportunidades. Necesita que Panamá crea en su gente y reconozca que invertir en esta provincia es invertir en el futuro nacional. Cada escuela fortalecida, cada joven capacitado, cada emprendimiento respaldado y cada comunidad incorporada a las decisiones públicas representa un paso hacia un país más justo.

Durante mucho tiempo hemos hablado de Darién desde sus problemas. Ha llegado el momento de hablar también de sus posibilidades. Debemos descubrir la provincia que existe detrás de los titulares: la de sus trabajadores, sus familias, sus jóvenes, sus productores y sus guardianes de la naturaleza.

Darién no es una periferia. Es Panamá. Y mientras exista una comunidad que espera oportunidades para desarrollar todo su potencial, nuestra tarea como sociedad seguirá siendo incompleta.

El autor es educador y promotor social.