Me ha estado rondando una pregunta que hasta hace poco me habría parecido absurda. ¿Y si la Casa Blanca ordena que el Canal se conozca en los Estados Unidos como el «Canal de América»?
Donald Trump dijo en su discurso inaugural, en enero de 2025, que entregar el Canal fue «un regalo insensato que nunca debió haberse hecho» y afirmó que «vamos a recuperarlo». Justo antes se había referido al golfo de México como el «golfo de América» y ordenó hacerlo oficial ese mismo día a nivel federal. Más recientemente, repitió la jugada al ordenar que el lago Ontario se conociera como el «lago de América» en medio de una disputa comercial con Canadá.
En ambos casos, Estados Unidos apeló a la importancia histórica, comercial y económica de esos cuerpos de agua para alterar unilateralmente nomenclaturas geográficas que preceden incluso a su existencia como país.
Eso me devuelve a la pregunta: ¿qué ocurriría entonces si Washington decide hacer lo mismo con el Canal?
Nada, tal vez, y al mismo tiempo, quizás bastante.
Nada, porque algo así no alteraría por sí solo la soberanía panameña, los tratados vigentes ni la administración canalera. Panamá no tendría que llamarlo de otra manera y el resto del mundo tampoco.
Seguiría siendo panameño.
Pero ¿quedaría todo ahí?
Google Maps y Apple Maps ya muestran «lago de América» a sus usuarios estadounidenses. Así, una decisión federal terminó reflejada en plataformas privadas con usuarios en todo el mundo. Los canadienses continúan viendo «lago Ontario» ―nombre dado por los iroqueses―, mientras que en otros países pueden aparecer ambos. Pero ahora dos personas que usen una misma plataforma pueden encontrar nombres diferentes en un mapa según el país desde donde lo consulten.
Cambiar el nombre de un lugar no es del todo inocente, porque puede alterar cómo se percibe. Por eso importa quién puede conseguir que millones de personas comiencen a adoptarlo.
En el caso del Canal, la cuestión tendría una carga histórica distinta. El golfo de México y el lago Ontario son cuerpos de agua compartidos por más de un país. El Canal, en cambio, solo atraviesa territorio panameño.
Durante casi un siglo, Panamá vivió con una franja de su territorio sometida a control estadounidense. Muchos panameños aún recuerdan haber crecido frente a una frontera interna. Hubo negociaciones, protestas y muertos antes de que los tratados Torrijos-Carter establecieran el proceso que culminó, el 31 de diciembre de 1999, con la reversión definitiva del Canal. No fue un «regalo».
Es cierto que Estados Unidos tuvo un papel decisivo en la separación de Panamá de Colombia y en la construcción y operación del Canal. También negoció, firmó y ratificó los tratados que establecieron su transferencia.
Sin embargo, Trump se ha mostrado dispuesto a reabrir acuerdos que se daban por resueltos.
Imaginemos que las agencias estadounidenses comenzaran a utilizar «Canal de América». Plataformas digitales y motores de búsqueda podrían adoptar ese nombre para sus usuarios en Estados Unidos y quizás extender su uso más allá.
¿Qué nombre utilizarían las navieras? ¿Los medios internacionales? ¿Las bases de datos comerciales? ¿Los sistemas de navegación? ¿Y con cuál se encontrarían quienes conocieran por primera vez el Canal a través de internet?
¿O podría ese primer cambio llevar a nuevas exigencias o incluso a una renegociación de lo pactado?
Durante siglos la cartografía sirvió para describir el mundo, pero también para reclamarlo. Los imperios la usaban como instrumento de poder: cambiar nombres, trazar fronteras, extender dominios. Una práctica que parecía pertenecer a un pasado lejano.
El gesto de modificar un mapa puede, por supuesto, ser solo eso.
Pero nos encontramos en un presente en el que un contrato-ley queda sin efecto en medio de presiones geopolíticas, un monumento es demolido sin consulta previa en mitad de la noche y tropas estadounidenses vuelven a entrenar en las antiguas bases de la Zona del Canal.
¿Qué más podría ocurrir que hoy nos parezca improbable?
El autor es economista y escritor.


