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Cuando la fe se convierte en frontera: el riesgo de volver a la barbarie

Cuando la fe se convierte en frontera: el riesgo de volver a la barbarie
Imagen: Freepik.

En los últimos años, el mundo parece haber entrado nuevamente en una peligrosa espiral en la que la religión deja de ser refugio espiritual para convertirse en arma política, cultural y militar. La historia, que tanto ha advertido sobre los excesos del fanatismo, parece repetirse bajo nuevas formas, pero con el mismo trasfondo: la pretensión de que existe una única verdad absoluta, la creencia de que “mi Dios es mejor que el tuyo”.

Recientemente leí titulares que anunciaban represalias militares contra grupos extremistas religiosos responsables de masacres atroces. Ese tipo de noticias, tristemente frecuentes, me devolvió a mis propios recuerdos personales. Viví en Egipto durante la Guerra de los Seis Días (1967). Las mezquitas, que deberían ser lugares de encuentro espiritual, se transformaron en altavoces de guerra. Y en los discursos políticos de entonces resonaba una consigna que helaba la sangre: había que destruir al enemigo religioso, aniquilarlo porque no pertenecía a “nuestra fe”.

La humanidad ha recorrido este camino antes. Las Cruzadas en la Edad Media, impulsadas bajo el lema de “liberar Tierra Santa”, convirtieron la fe cristiana en justificación para la guerra santa. Siglos después, la Inquisición asesinó, condenó y silenció en nombre de una supuesta defensa de la pureza religiosa. En otros contextos, los genocidios del siglo XX, aunque no exclusivamente religiosos, encontraron respaldo en justificaciones ideológicas revestidas de absolutismo moral.

Hoy, en pleno siglo XXI, pareciera que no hemos aprendido lo suficiente. Vemos conflictos en Medio Oriente que combinan identidad religiosa, geopolítica y resentimiento histórico; observamos en Europa tensiones culturales crecientes entre comunidades migrantes y sociedades anfitrionas; en África, grupos extremistas utilizan la religión como herramienta de dominación violenta; y en América emergen discursos que vuelven a dividir a los pueblos entre “buenos” y “malos” según su creencia.

Más que hechos aislados, estos fenómenos revelan un patrón preocupante: la religión convertida en frontera, en trinchera, en instrumento de odio. La fe, que debería humanizar, termina deshumanizando cuando se radicaliza.

El valor extraordinario de Panamá

En medio de este panorama turbulento, Panamá representa algo profundamente valioso y ejemplar. Nuestro país no es solo un territorio de tránsito o encuentro económico: es una nación donde coexisten pacíficamente razas, culturas, lenguas y religiones. Aquí conviven comunidades católicas, evangélicas, musulmanas, judías, cristianas ortodoxas, grupos espirituales diversos y personas sin religión, y lo hacen sin levantarse unas contra otras.

Panamá ha sido históricamente un puente, y no solo geográfico. Fue punto de paso de culturas desde la época colonial; fue hogar de inmigrantes antillanos, europeos, árabes, asiáticos y latinoamericanos que encontraron aquí no una tierra de confrontación, sino de oportunidad. Hemos construido, quizá sin darnos cuenta, un modelo silencioso de coexistencia social donde la identidad religiosa no define enemigos, sino vecinos.Ese equilibrio no es casualidad. Es fruto de una cultura de respeto cotidiano, de una educación que, aunque imperfecta, ha promovido la convivencia; de una sociedad que aprendió que la diversidad no es amenaza, sino riqueza. Y sin embargo, es un bien frágil.

Un llamado urgente a la conciencia

Hoy el mundo vive una regresión peligrosa hacia la intolerancia religiosa. La polarización mediática, los discursos de odio, la radicalización ideológica y la manipulación de la fe por intereses políticos amenazan con arrastrar a las sociedades hacia la violencia. Panamá no está aislada de estas corrientes globales.

Por eso, este no es solo un análisis histórico o geopolítico. Es un llamado a la responsabilidad colectiva.

A las autoridades, para que defiendan la convivencia como política de Estado.

A las instituciones religiosas, para que no permitan que la fe se transforme en trincheras de odio.

A los educadores, para que sigan sembrando valores de tolerancia.

Y a los ciudadanos, para que protejamos nuestra esencia: vivir juntos sin miedo, sin fanatismo, sin imposición.

Arnold Toynbee, uno de los grandes historiadores del siglo XX, afirmó que las civilizaciones no mueren asesinadas: se suicidan cuando dejan de aprender de sus errores. Hoy la humanidad parece caminar al borde de repetirlos. Si la fe vuelve a imponerse por la fuerza y no por el testimonio; si las religiones vuelven a dividir en lugar de unir; si el odio se vuelve normal, la barbarie dejará de ser pasado para convertirse en destino.

Panamá tiene la oportunidad y la responsabilidad de ser ejemplo. Pero ese ejemplo solo sobrevivirá si lo cuidamos conscientemente. De lo contrario, un día podríamos despertar y descubrir que también nosotros hemos permitido que la oscuridad del fanatismo destruya aquello que hoy nos hace únicos: nuestra convivencia pacífica.

El autor es exdirector de La Prensa


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