Vivimos en un mundo de categorías, donde el ciudadano parece valer más por cómo viste, por el automóvil que conduce o por el barrio en el que vive que por su conciencia, su dignidad o su aporte a la sociedad. La situación que atraviesa Panamá es lamentable y constituye una tragedia humana indiscutible. Sin embargo, pese a las voces que intentan minimizarla, la realidad se impone con crudeza. Las redes sociales han dejado al descubierto una verdad incómoda: el discurso que se presenta a la ciudadanía va por un lado, mientras el sufrimiento humano transita por otro completamente distinto.
A la crisis sanitaria permanente provocada por la contaminación del agua en Azuero, tratada durante demasiado tiempo como un problema secundario, se suma ahora la emergencia generada por los recientes sismos. Son acontecimientos que evidencian una fractura cada vez más profunda entre los distintos Panamá que coexisten dentro de un mismo país. Si antes las desigualdades eran evidentes, hoy parecen haberse convertido en abismos.
Panamá ha crecido económicamente durante décadas y suele exhibirse ante el mundo como un centro financiero, logístico y comercial de primer nivel. Mostramos con orgullo el Canal, los rascacielos y las cifras de crecimiento económico, pero pocas veces nos detenemos a observar el país que existe más allá de la postal. Mientras una parte del territorio disfruta de los beneficios del desarrollo, otra sigue enfrentando problemas básicos relacionados con el acceso al agua potable, la atención sanitaria, la educación, las infraestructuras y las oportunidades laborales. La verdadera grandeza de una nación no se mide por la altura de sus edificios, sino por la dignidad con la que viven sus ciudadanos.
Somos una sociedad profundamente clasista y, aunque resulte incómodo admitirlo, con frecuencia también racista. Juzgamos a las personas por su vestimenta, su procedencia, el color de su piel e incluso su forma de hablar. Hemos olvidado algo esencial: que Panamá somos todos y que la solidaridad ha sido, durante mucho tiempo, uno de los valores que mejor nos han definido como nación.
No todos pueden vivir en edificios de lujo. No todos tienen acceso a la misma educación. No todos pueden garantizar un plato de comida en la mesa cada día. Sin embargo, durante décadas hemos normalizado estas diferencias mientras seguimos hablando de desigualdad, pobreza y abandono del interior del país como si fueran problemas ajenos o inevitables. Cuando estos temas entran en el discurso político, generan votos; cuando llega el momento de las soluciones, quedan atrapados entre la indiferencia, la improvisación y la falta de oportunidades.
Durante años hemos hablado del interior como si fuese un espacio periférico y no una parte esencial del país. Sin embargo, el interior produce alimentos, preserva tradiciones, sostiene comunidades y aporta una identidad cultural sin la cual Panamá dejaría de ser Panamá. Una crisis en el interior no es un problema local, sino una herida nacional.
La excesiva concentración de recursos, inversiones y decisiones en la capital ha contribuido a profundizar una brecha que ya era evidente. Durante décadas hemos escuchado discursos sobre descentralización y desarrollo regional, pero la realidad demuestra que todavía existe un país que espera ser escuchado. No puede haber un Panamá verdaderamente desarrollado mientras una parte significativa de su población siga sintiendo que solo es visible en tiempos de elecciones o de tragedia.
Quizás lo único positivo que puede rescatarse de tanta desgracia es la oportunidad de preguntarnos si queremos seguir retrocediendo como sociedad. Nos dejamos deslumbrar por centros comerciales llenos, por rascacielos cada vez más altos y por una élite económica y política que se mueve cómodamente entre sus privilegios. Mientras tanto, quienes verdaderamente construyen el país desde el interior ven ignoradas sus necesidades y sus problemas relegados de la agenda pública. Solo se les recuerda cuando se necesitan sus votos, aunque son ellos quienes, con sus propias manos, luchan cada día por salir adelante.
No son los sismos los que están destruyendo a este país. Lo que realmente nos está destruyendo es la indiferencia, el constante juega vivo, la falta de empatía y la desconexión con la realidad de quienes sufren. Hoy el interior llora mientras muchos observan la tragedia desde la comodidad de un balcón o a través de la pantalla de un teléfono móvil.
Esa desconexión entre panameños es la misma que el político de turno aprovecha para mantenerse en el poder. Hemos permitido que se nos divida entre centro y periferia, entre ciudad e interior, entre quienes tienen mucho y quienes apenas sobreviven. Sin embargo, el interior no es una postal folclórica ni un escenario para campañas electorales. Es una fuente indispensable de desarrollo, cultura, identidad y riqueza humana para todo el país.
Durante años, el interior ha sido instrumentalizado con fines políticos: se le visita en fiestas, desfiles y cabalgatas, principalmente para tomarse fotografías y pronunciar discursos. Se celebra su folclore, se exaltan sus tradiciones y se presume de su cultura. Pero quienes lo hacen rara vez utilizan sus hospitales, consumen su agua o experimentan sus carencias cotidianas. Llegan para bailar, posar frente a las cámaras y prometer soluciones. Luego regresan a la comodidad de sus despachos y residencias hasta la próxima visita electoral.
Todos conocemos la hospitalidad y la cortesía de la gente del interior, valores que forman parte de su identidad y de su manera de entender la comunidad. Muchos dirigentes solo recorren sus calles, se sientan en los portales de sus casas y estrechan nuestras manos cuando buscan votos. Fingen cercanía, prometen compromiso y hablan de progreso; sin embargo, terminada la contienda electoral, el interior vuelve a quedar relegado al olvido.
Se suele decir que cada pueblo tiene los gobernantes que merece. Tal vez haya algo de verdad en esa afirmación. Sin embargo, lo que ningún país merece es acostumbrarse a la indiferencia. Ninguna sociedad puede prosperar cuando deja de mirar el sufrimiento ajeno o cuando convierte la tragedia de unos en una noticia pasajera para otros.
Las necesidades del interior no desaparecen cuando las cámaras se apagan, cuando cesan los titulares o cuando la atención pública se desplaza hacia la siguiente controversia o hacia el próximo tema de moda. Siguen allí, esperando respuestas, soluciones y voluntad política. Lo mismo ocurre con las familias afectadas por la crisis del agua, con quienes han visto sus hogares dañados por los sismos y con aquellos que cada día enfrentan carencias que rara vez llegan a ocupar las primeras páginas.
Como sostuvo Amartya Sen, el desarrollo no puede medirse únicamente a través del crecimiento económico o de los indicadores macroeconómicos. El verdadero desarrollo consiste en ampliar las oportunidades y capacidades reales de las personas para vivir con dignidad. Bajo esa premisa, resulta inevitable preguntarse qué significado tiene hablar de progreso cuando miles de panameños siguen enfrentando dificultades para acceder a servicios básicos tan esenciales como el agua potable, la atención sanitaria o una educación de calidad.
Del mismo modo, Adela Cortina ha advertido que las sociedades contemporáneas corren el riesgo de normalizar formas de exclusión que terminan erosionando los vínculos de solidaridad. Cuando dejamos de ver al otro como un igual y comenzamos a valorarlo por su posición económica, por su origen o por la utilidad que pueda representar para nosotros, la desigualdad deja de ser únicamente un problema material para convertirse en una fractura moral.
Quizás el verdadero problema de Panamá no sea la falta de recursos, sino la incapacidad de reconocernos en el dolor de nuestros propios compatriotas. Durante demasiado tiempo hemos aceptado la desigualdad como una realidad inevitable, hemos normalizado las diferencias y hemos confundido crecimiento económico con desarrollo humano.
Los recientes acontecimientos nos recuerdan una verdad elemental: ninguna nación puede avanzar cuando una parte de ella queda rezagada. No habrá rascacielos, centro financiero ni indicador económico capaz de ocultar el fracaso colectivo que supone abandonar a quienes más necesitan ser escuchados.
La reconstrucción que Panamá necesita no es únicamente la de carreteras, viviendas o infraestructuras. Es, sobre todo, una reconstrucción moral. Necesitamos recuperar la empatía, la solidaridad y el sentido de comunidad que alguna vez nos definieron como pueblo. Azuero, Chiriquí, Veraguas, Coclé, Darién, las comarcas indígenas y la ciudad de Panamá no son realidades separadas. Son expresiones distintas de una misma nación, unidas por desafíos comunes y por un destino compartido.
Porque cuando el sufrimiento de una región deja de importarnos, cuando el dolor de nuestros vecinos deja de conmovernos y cuando la desgracia ajena deja de interpelarnos, no solo fracasa la solidaridad: fracasa la idea misma de país.
El autor es abogado, docente y doctor en Derecho.


