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Cuando el miedo gobierna: ‘Me acojo a mi derecho a no contestar’

Cuando el miedo gobierna: ‘Me acojo a mi derecho a no contestar’
Anthony Fauci (Reuters)

El testimonio del doctor Anthony Fauci ante el Senado de Estados Unidos, durante el cual evitó responder algunas preguntas acogiéndose a su derecho a no contestar, reabrió el debate sobre las decisiones adoptadas durante la pandemia y la rendición de cuentas de quienes ejercieron responsabilidades decisivas.

Las grandes crisis no solo ponen a prueba la capacidad de respuesta de los gobiernos. También ponen a prueba el carácter de las democracias.

Con el paso del tiempo, nuevos documentos, testimonios y registros personales de quienes ocuparon posiciones de liderazgo durante la pandemia continúan saliendo a la luz. No reescriben toda la historia, pero sí obligan a revisarla desde una perspectiva distinta. Hoy sabemos que muchas decisiones se tomaron en medio de una enorme incertidumbre científica, intensas presiones políticas y un nivel de improvisación que difícilmente imaginó la ciudadanía mientras permanecía confinada.

No se trata de juzgar a una sola persona. Las pandemias no son responsabilidad de un solo individuo. Tampoco lo son las respuestas de los Estados.

Lo verdaderamente importante es preguntarnos qué aprendimos como civilización.

Durante la emergencia sanitaria, gobiernos democráticos y autoritarios recurrieron a poderes extraordinarios. Se restringieron libertades fundamentales, se suspendieron actividades económicas, se cerraron escuelas, templos y comercios, y millones de ciudadanos aceptaron limitaciones que, en circunstancias normales, habrían sido impensables.

Muchas de esas decisiones pudieron haber sido necesarias. Otras continúan siendo objeto de un intenso debate científico, jurídico y ético.

Precisamente por ello, el deber de una democracia no es evitar las preguntas, sino responderlas.

La transparencia nunca debe considerarse un obstáculo para enfrentar una crisis. Por el contrario, constituye el principal mecanismo para conservar la confianza pública cuando las decisiones afectan la vida de millones de personas.

La pandemia también dejó otra realidad imposible de ignorar.

Mientras millones de personas perdían familiares, empleos y patrimonios, enormes cantidades de recursos públicos fueron movilizadas mediante procedimientos de emergencia. En numerosos países surgieron posteriormente investigaciones por contratos sobrevalorados, compras irregulares de ventiladores, mascarillas y equipos médicos, conflictos de intereses y diversos casos de corrupción.

Las naciones más pobres pagaron un precio todavía más alto. Muchas incrementaron significativamente su endeudamiento para adquirir vacunas, equipos médicos e insumos indispensables en un mercado internacional dominado por la urgencia. Décadas de esfuerzo económico quedaron comprometidas por obligaciones financieras que continuarán afectando a generaciones que ni siquiera participaron en aquellas decisiones.

Quizás la mayor lección que deja esta experiencia no sea sanitaria, sino institucional.

La concentración excesiva de poder —en una persona, como el doctor Anthony Fauci; en una agencia gubernamental, como el Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas (NIAID, por sus siglas en inglés), que forma parte de los Institutos Nacionales de Salud (NIH); o incluso en una organización internacional, como la Organización Mundial de la Salud (OMS), organismo especializado de la ONU— siempre exige mecanismos igualmente sólidos de supervisión, transparencia y rendición de cuentas. Ninguna institución humana es infalible. Ningún experto posee el monopolio de la verdad. Ninguna emergencia justifica la desaparición del pensamiento crítico.

La historia demuestra que las libertades rara vez desaparecen de manera repentina. Generalmente, se entregan de forma gradual, impulsadas por el miedo y con la promesa de recuperarlas cuando la crisis termine.

Por eso, la rendición de cuentas no debe interpretarse como un acto de venganza.

Es un acto de responsabilidad.

Porque cuando una sociedad renuncia a examinar sus errores, inevitablemente termina repitiéndolos.

La pandemia debe quedar registrada en la historia como una tragedia humana de dimensiones extraordinarias, pero también como una advertencia permanente sobre la necesidad de proteger la libertad, fortalecer las instituciones y recordar que la ciencia, la democracia y los derechos humanos solo conservan su legitimidad cuando están acompañados por la transparencia y la responsabilidad.

Las emergencias pasarán.

Las lecciones que decidamos olvidar permanecerán. La próxima pandemia llegará, pero la verdadera pregunta es si las democracias estarán mejor preparadas para defender simultáneamente la salud y la libertad.

El autor es empresario y analista geopolítico.


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