El conflicto en Venezuela es un choque de autoritarismos. Donald Trump ha vulnerado la Constitución estadounidense al ordenar ataques sin el aval del Congreso, saltándose las cercas del estado de derecho.
Frente a él, Nicolás Maduro personifica el colapso interno. Fue líder de un sistema que trituró su propia legalidad para sostenerse. Ambos líderes operan bajo la premisa de rufianes. La ley no vale; la fuerza es el mandato.
La soberanía territorial se enfrenta a la soberanía popular. Washington utiliza la segunda para anular la primera, pero en esta selva jurídica, el pueblo es solo el pretexto. La verdadera soberanía es la del autoritarismo corporativo. Bajo el humo de los ataques, se amasan contratos invisibles de gas y petróleo que hipotecan por décadas el subsuelo venezolano.
La retórica del “Narco-Estado” es el ariete. Se dice de Venezuela. ¿Y son ángeles quienes gestionan la droga en EUA?
Mientras se caza a los jerarcas del Sur —con el foco en Maduro y el rol logístico de Cilia Flores—, la serpiente invisible del Norte deslumbra por su obesidad. Se bombardea la selva, pero se protegen los rascacielos de Manhattan, donde el dinero se blanquea, y las redes de Ohio que, con ingeniería empresarial, distribuyen el polvo para ñatear. El flujo es un ciclo perfecto: cocaína de Sur a Norte; armas de alta potencia de Norte a Sur.
No emerge de los escombros una democracia, sino un protectorado. Sistema de cables invisibles donde la política desaparece para dar paso a la gerencia. El país conserva su bandera y el himno del ‘bravo pueblo’, pero las decisiones de fondo emanan de oficinas refrigeradas de Houston.
Un conserje de lujo, tecnócrata, recoge la basura y arregla los postes de luz para mantener la ilusión de independencia, mientras el protector asegura el flujo del subsuelo.
En este diseño, María Corina resulta incómoda. Su legitimidad es demasiado orgánica y su popularidad arrolladora. El protectorado no busca estadistas con raíces, sino gerentes con deudas.
El New York Times lo advierte con frialdad: este ataque es ilegal e imperial, un trasto roto que EE. UU. ya probó en Irak y Libia. El protectorado apuesta al olvido. Tras años de miseria, el estrépito de los misiles es recibido por muchos con una gratitud desesperada. Es el gran canje: pan por soberanía. Imagine la ineficiencia, abusos, carestía, pobreza y la caravana de migrantes made in chavismo.
Si para el 2030 la luz no se va y el estante está lleno, el ciudadano —anestesiado por la pax económica— dejará de preguntar de quién es el petróleo. Venezuela se asoma al espejo de una prosperidad prestada. Una nación funcional, pero hueca, donde la libertad fue el precio pagado por llenar el estómago en el banquete de los rufianes. Uno de ellos no participará.
Estará en Brooklyn, lejos de la comilona.
El autor es periodista, filólogo y docente.

