La parranda: fiesta, alegría, tierra y mar. La puya exhibe en ese Camino Real de todos a ese hombre aparecido y borracho que debe ser tu marido. «Cincha mi caballo, que está a la entrada» de esa senda. La parranda cierra con el grito carnavalero de pescao. El amor preside la fiesta de Momo y la puesta en escena —por quince minutos de pura gracia— de este mosaico que teje el alma nacional con un cancionero muestra, amenizado por el órgano e instrumentos propios y aclimatados, bajo los ritmos de tamborito, tamborera, murga y calipso. Y bajo la genialidad de Cristóbal (Toby) Muñoz, de dinastía artística.
Hilvanó, en un solo aliento, nuestra geografía emotiva. Cartografía sonora donde las teclas del órgano actúan como el hilo invisible que cose la sabana con la costa, la bahía, la montaña, el barrio. En un cuarto de hora, cabe el país entero con sus picardías, sus desamores de cantina, sus dilemas domésticos y su vocación irrenunciable por la celebración colectiva.
En nuestra bahía y litoral, la «gasolina» no es el reguetón machacón ni el combustible disparado por las guerras distantes de Washington: es la metáfora de la lancha que surca el mar patrio, la nave en la que Rubén embarcó el destino de Ligia Elena para bautizar el amor cuasi posible entre la cándida niña de sociedad y el trompetista de la vecindad. En Panamá, la fonda de diario de calle 12, Santa Ana, se convierte en salón de baile durante el Carnaval. El clásico anhelo popular cobra vida: «Yo quiero que tú me lleves al tambor de la alegría, quiero pasear en coche y en tranvía». Y la nostalgia muerde: ¿qué se hicieron aquellos rieles?, ¿dónde pararon las vigas del puente? ¿Alguien fue condenado?
Allí habita la memoria histórica de nuestra fiesta. En aquel Carnaval de 1919, junto a la comparsa de la Reina Roja, el pueblo le cantó al amor con una promesa rotunda: «No habrá quien pueda separarnos, no, porque Cupido lo ha dispuesto así». Y en medio de esa atmósfera romántica, la irrupción del vendedor ambulante ofreciendo su pregón —«¡pescao!»— no pudo ser más oportuna. Aquel pregonero implantó el estribillo definitivo que tiempo después internacionalizarían Willie Colón y Héctor Lavoe.La genialidad del maestro consistió en capturar esa costura invisible de la panameñidad: la capacidad de empalmar la lírica sentimental —«Dime la verdad, si me quieres un poquito...»— con la estampa de campo, la devoción y la sátira popular. En el mosaico, retumban las preguntas que la calle jamás responde: «¡Ay de la Yola, de la Yola! ¿Qué se hizo Yolanda?», mientras Pancha mueve las caderas «que parecen lanchas» y la hojita de guarumal, donde se esconde la langosta destructora. Aparece la malicia doméstica —«si la perica quiere que el perico vaya a misa, se las ingenia y le plancha la camisa»— y el topón inmemorial de las tunas: pelea, pelea. «Que le quemaron la galera y que Calle Arriba no se meta».
Todo el mapa sonoro confluye en el mandato festivo: coge el pandero, que se te va, mientras Chencha sigue queriendo a Sebastián, la marea está seca de madrugá, para cosechar cocaleca —Julio Miller, encontrad solución—, y el viento lleva los ecos hacia Taboga al compás del ouja, ouja. Guararé se reafirma como el reino del chucu-chucu y la multitud clama «Quiero amanecer».
Aquel pianista, organista, arreglista y folclorista excelso tuvo la audacia de aclimatar el órgano del templo para ponerlo a sudar en el toldo, dialogando sin complejos con el calipso caribeño y la murga azuerense.
El desenlace no podía ser otro que la liberación absoluta. Con el grito imponente de «¡pescao!», la obra alcanza su cima y condensa décadas de jolgorio. Ese remate es la contraseña con la que nosotros afirmamos la presencia en el mundo. Sin necesidad de erigir estatuas de bronce, el gran intérprete del alma nacional construyó en esa pieza emblemática un espejo donde el país, cada vez que suena el primer acorde, se reconoce, se ríe de sí y se celebra sin reservas. De parranda, 24/7.
El autor es filólogo y periodista.


