En el marco de la Feria Internacional del Libro de Panamá 2026 se realizaron dos congresos pedagógicos, uno al lado del otro. Uno de bibliotecas y el otro de docentes. Ambos tenían algo en común: la lectura y el libro como ejes para comprender, leer y transformar la sociedad. También, ambos eventos probaron que la lectura, la escritura y la oralidad son bases fundamentales que deben ser prioridad de Estado.

Tal vez todos concordamos en reconocer que la cultura de la lectura es imprescindible en la educación y, además, que constituye un pilar esencial para el ejercicio de los derechos culturales, la consolidación de la democracia, la participación ciudadana y el diálogo.

Sin embargo, los resultados en las aulas de clases y la problemática de las bibliotecas públicas en Panamá no parecen ser suficiente para abrir los ojos y aceptar que urge crear una alianza estratégica donde los sectores de educación y cultura fusionen sus capacidades para trabajar juntos por una verdadera transformación cultural desde el libro y la lectura.

Últimamente hablamos de inteligencia artificial, de laptops, de conectividad, pero nos empeñamos en trabajar desde islas y nos resistimos a aceptar que, sin articulación interinstitucional, no hay desarrollo cultural y, mucho menos, acercamiento a los libros. La importancia de la articulación entre el sector educación y el sector cultural radica en la complementariedad de sus misiones que se debe dar desde un plan sistemático.

Un plan que sea un brazo operativo con una visión amplia del problema de la lectura que, lo hemos dicho otras veces, no es coyuntural, sino estructural; no se va a resolver con campañas, ni entregando laptops, ni siquiera con más ferias de libros o concursos de deletreo y escritura de cuentos.

Los países que han decidido atacar de frente el problema de la compresión lectora han apostado por volver a leer libros físicos y consultar menos las pantallas; han regresado a la biblioteca escolar; han fortalecido las bibliotecas públicas; tienen políticas de lectura coherentes con el contexto; y se han empeñado en enseñar a leer y escribir en la escuela, para que los niños sepan inferir, argumentar y leer distintos tipos de textos con criterio crítico.

En el escenario actual, las bibliotecas emergen en el ecosistema como espacios estratégicos y han dejado de ser pensadas como simples repositorios de libros, por eso hoy hablamos de que son nodos territoriales y culturales que funcionan como centros de acción ciudadana. Las bibliotecas son para toda la vida y son la conexión de la lectura con la comunidad.

La relación entre la biblioteca pública y la escuela es, quizás, el vínculo más poderoso para crear hábitos de lectura que mejoren la comprensión lectora. Las escuelas con bibliotecas activas e integradas a sus proyectos pedagógicos posibilitan un aprendizaje con más libertad. Las bibliotecas públicas son una extensión de los servicios bibliotecarios para los escolares y, además, se convierten en refugios de interacción para toda la comunidad.

Por eso la biblioteca pública y la escolar son parte del mismo ecosistema. La biblioteca escolar posibilita el acercamiento a la lectura desde la estructura pedagógica. La biblioteca pública desde la estructura comunitaria y social. Ambas crean escenarios de lectura. Por eso es menester que existan programas de articulación.

Sin embargo, para que esta arquitectura interinstitucional sea sostenible, debe estar blindada por marcos legales permanentes que sobrevivan a los vaivenes de la política partidista cada cinco años. En Panamá tenemos referentes jurídicos de leyes para eso. Para empezar, la misma Constitución de la República, la Ley General de Cultura (Ley 175 de 2020) y la Ley de Bibliotecas Públicas (Ley 331 de 2022) y pronto el Plan General de Culturas y el Plan Nacional de Lectura Escritura y Oralidad.

Todo esto implica diseñar una ruta de integración con el currículo escolar, para que los niños y jóvenes construyan hábitos de lectura que vayan más allá de la formación académica dirigida a una práctica sociocultural para la vida. Desde luego que para que todo tenga sentido y se real, es menester el fortalecimiento de las bibliotecas escolares y de aula, la modernización de las bibliotecas públicas, de la mano de la capacitación sociopolítica de los docentes y bibliotecarias para que actúen como puentes humanos entre los libros y los estudiantes.

El problema de la lectura en Panamá es una emergencia social y política que requiere una respuesta estatal integral de articulación. La articulación interinstitucional es indispensable para garantizar que el derecho a la lectura, escritura y oralidad sea efectivo a lo largo de toda la vida. Nuestras instituciones y autoridades deben aprender a navegar juntos hacia nuevos puertos de diálogos.

Las bibliotecas públicas y escolares son organismos de un ecosistema colaborativo, son los techos simbólicos donde se cultiva el pensamiento y se crean horizontes de esperanza; donde las personas encuentran un refugio para reparar heridas y comulgar con el prójimo. Solo cuando la lectura sea asumida como una inversión en ciudadanía y no como un gasto accesorio, podremos decir que estamos construyendo un país verdaderamente justo, libre y soberano.

El autor es escritor.