Brasil ostenta una geografía continental; Panamá, una geografía estratégica. Las cifras retratan una asimetría de infarto: Panamá cabe 113 veces en el mapa brasileño, y la población brasileña supera en casi 50 veces a la nuestra. Imagínese ganar la presidencia de un país de esta escala, pero al llegar a la oficina percatarse de que el “representante de corregimiento”, la presidencia de la Asamblea y la mayoría de los diputados responden al bando rival. Algo así acaba de lograr Lula da Silva.

A sus 81 años, este exobrero metalúrgico amarró una victoria histórica. Lula ganó el sillón presidencial, pero el poder real en las calles y en el Parlamento se reparte entre sus adversarios. Su rol institucional se asemeja al de un “monarca republicano” o árbitro superior —al estilo de Mitterrand o Pepe Mujica—, forzado a administrar el poder mientras busca un relevo generacional en un Partido de los Trabajadores (PT) lastrado por el “síndrome de sombra”. A diferencia de mesías autoritarios, Lula es un demócrata probado que soportó prisión e impugnaciones sin romper el edificio institucional.

¿Cómo se come este arroz con mango político y por qué debería importarnos? El verdadero dolor de cabeza de Lula reside en el Congreso. La ultraderecha de los Bolsonaro controla cerca del 30% de los escaños y los estados productivos más ricos, mientras el bloque oficialista apenas roza el 20%. La llave del gobierno la tiene el Centrão —el grupo de “partidos del nombramiento y la partida presupuestaria”, que acapara entre el 40% y el 45% de las curules—. Para aprobar desde un impuesto hasta una obra vial, Lula tiene que negociar cuotas y ministerios a diario. Sin su permiso, el presidente no puede ni pintar la fachada del Palacio de Planalto.

¿Cómo retuvo el Ejecutivo frente a semejante aplanadora conservadora? La jugada maestra no vino de la burocracia sindical, sino del cansancio empaquetado por la juventud conectada. Al asumir la PEC 6x1 —la propuesta constitucional para sepultar la semana de seis días de trabajo por uno de descanso y fijar un techo de 40 horas semanales sin tocar sueldos—, la izquierda tendió una trampa narrativa perfecta. Mientras la oposición defendía la “productividad empresarial”, los jóvenes convirtieron en TikTok el derecho al descanso en un viral irrenunciable. A través de diez millones de mensajes en WhatsApp y transporte gratuito el día del voto, la marea digital le arrebató la iniciativa a la derecha en el último minuto.

Frente a este pulso, la diplomacia panameña reaccionó con finura. El presidente José Raúl Mulino madrugó a felicitar a Lula, sellando una relación con historia. El presidente Lula decretó donar a Panamá las actas del Congreso Anfictiónico de 1826 —nuestro tesoro diplomático más valioso— y fue el padrino que nos abrió las puertas como Estado Asociado del Mercosur.

Aunque los barcos brasileños del sur prefieren el Atlántico o rutas hacia Asia y no cruzan por nuestras esclusas, la pujante producción del norte de Brasil exige la plataforma panameña para conectar con el Caribe y Norteamérica. Panamá no necesita que Brasil llene el Canal; necesita ser el hub logístico, financiero y de valor agregado para su gigante del sur.

La lección para nuestro istmo es tajante. En lo político, demuestra que las elecciones ya no se ganan con tarimas tradicionales, sino dominando la conversación digital y conectando con el cansancio cotidiano. En lo profesional, exige que nuestra juventud supere el bilingüismo criollo. La ecuación de alta empleabilidad requiere español para pensar, inglés para los negocios globales, mandarín para Asia y portugués para liderar la logística sudamericana. Entender a un gigante que nos multiplica por cincuenta no es curiosidad lejana: es visión estratégica de país.

El autor es periodista y filólogo.