Los partidos tradicionales mantienen su vieja costumbre de preservar los privilegios en los reglamentos internos de la Asamblea, sin importarles lo que sucede en el país. La empatía con sus votantes es nula y, cuando se critican sus privilegios, responden diciendo que otros “quieren hacer show”, cuando es lo contrario. En vez de mejorar su imagen y convertirse en verdaderos servidores, reflejan que no les importa nadie y solo velan por sus intereses. Ante todas las críticas constructivas que reciben, prefieren “jugar” con el adjetivo, pero lo empeoran más con su juega vivo, intentando burlarse de la inteligencia de todos.

Los privilegios de exoneración de los impuestos de vehículos van en contra de una población que necesita resolver muchas necesidades básicas y son claros ejemplos de una desigualdad que abusa de los poderes. Lo utilizan para sacar beneficios, en ciertos casos, sin ningún tipo de escrúpulos, reflejando un tipo de funcionario corrosivo.

El presupuesto de la Asamblea en 1990 fue de 14 millones y, 36 años después, saltó a 98 millones, pero a punta de traslados terminó con 164 millones, con la misma cantidad de diputados. La oportunidad de servir debe ser un privilegio para ayudar a sus comunidades y no lo contrario: usar el poder para sacar privilegios. Solo con el tamaño del presupuesto se refleja el tipo de sociedad injusta que excluye a su propia población y desatiende necesidades importantes por los abusos. A pesar de una ley de transparencia, se desconoce cómo se gasta y quiénes se lo llevan.

El país está despertando cada vez más a la hora de votar y la selección de los diputados independientes o no tradicionales parece incomodar a los “partidos de siempre”, aunque se sabe que quieren reducir las probabilidades de elegir a más independientes. Pero, aun así, cada vez más se tiran la soga al cuello con estas leyes que solo los favorecen a ellos. Que no sorprenda que algunos partidos políticos tradicionales terminen en el cementerio, lo que sería lo mejor, por sus manejos clientelistas y sus viejos hábitos de contratar a sus familiares.

Respetamos a los diputados que se destacan por hacer su trabajo como es debido, tratando de ahorrarle dinero al Estado, y que cuentan con el apoyo de todos por ilustrarnos sobre estos abusos y denunciar las anomalías de ciertos grupos que abusan del poder.

En las próximas elecciones necesitamos el doble de diputados que actúen de forma no clientelista y no se vayan a rajar en sus principios, convirtiéndose en más de lo mismo, como ciertas unidades que ahora trabajan para los tradicionales.

La idiosincrasia de estos partidos está muy lejos de beneficiar a la población y solo quieren lujos para ellos mismos y hacer leyes de negocios para los amigos del poder, perjudicando a las mayorías, dejando deudas y malestares que afectan el desarrollo del país.

Parece que los votantes cada vez más estamos tomando conciencia sobre los candidatos destructivos. En lo que debemos estar alerta es en que nuestro sistema electoral, aparte de ser transparente, evite repetir a los mismos que nos están causando daño con leyes que no traen beneficios a nadie, y en repetir la campaña de no reelegir a los mismos que votaron por el reglamento interno. Es hora de cambiar y renovar.

El autor es especialista en salud pública.