El tema educativo sigue siendo el gran desafío de los gobernantes panameños. Un reto que no se conseguirá en 5 ni en 10 años; tendremos que esperar al menos 20 años para comprobar que algo funcionó bien. Eso esperaron los líderes de otros países que hoy tienen a sus sistemas educativos entre los mejores del mundo. Sus líneas y decisiones fueron más allá de gobiernos, tuvieron una mirada de Estado y tomaron modelos de quienes lo habían hecho bien.

Los nuestros también miran lejos, han viajado bastante para ver buenos modelos. Pero… para nosotros, esos modelos deben tener la posibilidad de ser replicables en nuestras condiciones. Diseñar las acciones e ir monitoreando sus avances y reflexionar sobre lo que se implementa para poder ajustarlo al tiempo. Esta última es la parte que nunca se hace por cuestiones de política, ¿no puede el gobierno entrante aceptar que algo le funcionó al anterior o usar esas lecciones para mejorar las acciones realizadas?

Un buen modelo para nuestro país podría ser el caso finlandés de educación, porque tiene acciones que se pueden copiar y adecuar a nuestras condiciones. Por ejemplo, en la forma de administrar las escuelas, ¿cómo manejan ellos la inclusión y cómo forman a sus docentes? ¿Cómo hicieron para que las jornadas laborales de los docentes fueran de 37 horas semanales, y no todas dentro del aula?

En Finlandia, los más experimentados docentes son los responsables del trabajo en los primeros grados de la enseñanza. Esto se debe a que es ese el momento en que se desarrolla el pensamiento lógico, las habilidades mentales básicas y un proceso lector que favorecerá el desarrollo del niño a lo largo de su vida. Hace décadas esto se hacía en nuestro país.

Otra cosa interesante allá es que, generalmente, ese maestro que inicia la primaria sigue con el niño varios años de esa primaria. ¿Por qué? Porque conoce todas las personalidades de su grupo, sus formas de aprender, les da confianza y les ayuda en la formación de su carácter, hábitos y conocimientos. Con esos elementos a su favor, ellos mantienen un buen equilibrio entre la evaluación y la motivación, y los niños son calificados con notas hasta pasados los nueve años de edad.

Sin la tensión de las notas se facilita la apropiación de conocimientos fundamentales, y las bajas calificaciones no se transforman en una etiqueta para aquellos estudiantes a quienes les cuesta aprender.

Otro dato curioso es que el comienzo de la escolaridad sigue siendo a los siete años, como fue en Panamá hace décadas. Para ellos el jardín de niños no es obligatorio y su objetivo es fortalecer las aptitudes de aprendizaje y desarrollar sus capacidades básicas mediante juegos. No adelantan allí el proceso de lectoescritura; esta es otra condición que vale la pena entender, pues sostienen que ese es el grado de madurez ideal para comenzar con la lectura.

En esa etapa de la vida del niño se detectan, en forma temprana y sistemática, los posibles desórdenes del aprendizaje u otra condición fisiológica que pudiera presentar desventaja frente al proceso que iniciarán en el primer grado. Ellos tienen para estos escolares clases especializadas en las que solo hay cinco alumnos por grupo, y son atendidos por educadores formados para esa educación especial, antes de integrarlos en forma regular a las clases, con todos los medios técnicos y tecnológicos necesarios para favorecerlos.

Habría que mirar en detalle cómo hacen ellos esa inclusión para satisfacer la necesidad del niño y enseñarlos a lograr una vida activa y plena. Allá se observan algunas situaciones que fueron similares a las nuestras en el pasado, y nosotros las cambiamos. ¿por qué a ellos sí les funcionaron? ¿En dónde radica ese éxito?

No es tan fácil recomponer nuestro sistema educativo; hay que ensayar, observar y ajustar en el camino. Y nosotros, esperar para ver si resultan los ensayos. Ese es el precio, pero hay que probar para cambiarlo, porque son las nuevas generaciones las que lo pagarán. Recomponer el sistema, ¿cómo se hace? Sigue siendo la gran paradoja panameña.