La música tiene la habilidad de convertir en pentagrama la vida de quienes toca. Una vez marca la clave, las líneas se vuelven continuas y las notas señalan el camino. Hace 30 años, por iniciativa de Terence Ford, la Asociación Nacional de Conciertos se convirtió en pulidora de pentagramas.

Cuando en el verano de 1986 ejecutó la idea nacida el año anterior, solo participaban jóvenes que eran parte del Plan Juvenil de la Orquesta Sinfónica Nacional. No llegaban a 40. Hoy, 120 futuros músicos de diferentes partes del país son los que en nueve días aprenden nuevas técnicas y comparten su pasión con otros.

Este año, las dos orquestas del campamento se presentaron en la parroquia San José, en El Valle de Antón (primera sede del campamento), y en el concierto de clausura, en el Ateneo de la Ciudad del Saber.

En la formación de los chicos participaron alumnos de Oberlin (Ohio, Estados Unidos), y músicos de Costa Rica, Honduras, Venezuela y Panamá.

Y así se va formando la orquesta con vidas jóvenes que van tocando una melodía sin final.