Ahora que el debate entre los gremios y el Ministerio de Educación se ha calentado por los temas de siempre (reintegros y aumentos salariales), es preciso que nos empinemos por encima de la coyuntura y empecemos a resolver el problema de verdad. Los educadores tienen un rol principalísimo en el círculo virtuoso del progreso a través de la educación; eso no tiene discusión. Un estudio de McKinsey & Company concluye lo obvio: ¡No se pueden obtener niños educados si los maestros no son de calidad! … ¡No se pueden sacar peras del olmo!

Los mejores sistemas educativos del mundo, independientemente en dónde estén (Singapur, Finlandia, Hong Kong, Nueva Zelanda o Corea del Sur) tienen algo en común: Se enfocan en la calidad de sus maestros, porque es la variable que mejor se correlaciona con el éxito de los estudiantes. Sencillo: Buenos maestros producen buenos alumnos. Lo mismo, pero peor, ocurre en sentido contrario; el efecto negativo que tienen malos maestros es simplemente devastador, especialmente en los primeros años de enseñanza.

Esos sistemas educativos se aseguran de que los mejores se conviertan en maestros, los desarrolla como buenos instructores y consigue que todos los alumnos se beneficien de una excelente instrucción. Estas metas parecen imposibles en nuestro medio, en donde todo el mundo habla de educación y de su interés en que sea mejor, pero en abstracto, sin aterrizar medidas prácticas que nos permitan poner el dinero donde ponemos la retórica.

Una primera tarea es atraer a los mejores a la educación y convertirlos en maestros; requiere un plan bien pensado de reclutamiento para asegurar que los primeros de la clase se formen y ejerzan como educadores. En Corea del Sur, entran al magisterio los que están en el 5% superior de su clase en la secundaria, mientras que en Finlandia es el 10% y en Singapur y Hong Kong el 30% más destacado.

Estos sistemas escogen minuciosamente a sus candidatos, los evalúan, los entrevistan, los analizan, los escudriñan, les miden su capacidad de comunicación, su deseo de aprender, su habilidad académica y su motivación para enseñar y, cuando están seguros, les ofrecen una carrera sólida como docentes, usualmente becados o con préstamos que luego pagan sus empleadores. Con una férrea selección e intensa formación en docencia, los futuros maestros forman parte de un grupo selecto, atractivo y que goza de un gran estatus social. Como los sistemas son imperfectos, aun después de una selección rigurosa, los maestros no logran sus plazas definitivas sino hasta después de períodos de prueba tan largos como dos o tres años de experiencia en las aulas.

El segundo componente es la compensación salarial; los mejores sistemas del mundo pagan a sus nuevos maestros entre el 90% y 100% del producto interno bruto per cápita del país; esto equivale, en nuestro caso, a entre $11,320 y $12,600 anuales con cifras del Banco Mundial para 2010. Esto supone un replanteamiento importante y es impensable hoy, cuando un conductor de Metro Bus gana más ($580 + bono de productividad) que un maestro de primaria ($415). El salario inicial sí es crítico para atraer y retener a los mejores como maestros, aun cuando los incrementos sean pequeños a lo largo de su carrera docente.

Finalmente, algunas estrategias adicionales para atraer y retener a los mejores incluyen brindarle a los maestros de la nueva generación una “marca” nueva que les refuerce el prestigio y mantenerlos constantemente educados en las nuevas pedagogías a través de grados académicos superiores o cursos o tiempo para investigación pagados.

El revolcón educativo que necesitamos es impostergable; mientras tanto, seguiremos pidiéndole peras al olmo.