En sus tiempos radicales, Ken Livingstone, el ex alcalde de Londres, sarcásticamente dijo que si una votación cambiaba algo, la abolirían. Resulta ser que en América Latina las elecciones, en verdad, sacuden las cosas. La última prueba de ello: Mauricio Funes, el portador del estandarte del FMLN, ganó las elecciones presidenciales de El Salvador. Esto es destacable en un país que ha sido gobernado por una oligarquía reaccionaria. Si la estrecha victoria electoral de la izquierda salvadoreña es aceptada pacíficamente –como ha sucedido hasta ahora–, significa que América latina sí ha recorrido un largo camino. Que este cambio sea visto o no como un momento clave en la consolidación de la democracia en El Salvador, o como el inicio de una pendiente hacia la inestabilidad, dependerá de la capacidad de Funes para llamar a la moderación en todo el espectro político, al tiempo que se implementan las transformaciones sociales que el país necesita.
Funes enfrenta una batalla cuesta arriba a la hora de predicar moderación. Presidirá un país polarizado, donde las fuerzas conservadoras están fuera del palacio presidencial por primera vez en la historia. Si el tono vicioso de la campaña de su rival ofrece algún indicio, Funes no contará con la buena voluntad de quienes aún tienen que aprender a comportarse como oposición leal. Más importante, tal vez, sea la relación de Funes con sus propios aliados.
Funes, un advenedizo político que no participó en la guerra civil, fue elegido a dedo como candidato presidencial por la Comisión Política del partido, donde cuadros marxistas reaccionarios aún deambulan sin obstáculos. La lealtad de la comisión electoral parlamentaria reside, principalmente, en la estructura tradicional del partido y sólo accidentalmente en Funes.
Aún más problemáticas son las limitaciones que enfrenta para propiciar una agenda de reforma social. Para empezar, el FMLN no cuenta con mayoría parlamentaria, que sigue en manos de la derecha, Arena y sus aliados de larga data, el pequeño PCN. La administración de Funes parece estar condenada a la parálisis política. Es más, la actual crisis económica está creando problemas serios para la economía salvadoreña.
El verdadero problema, sin embargo, no tiene tanto que ver con la contracción económica como con el espacio muy limitado de maniobra que tiene el gobierno en un país que dolarizó su economía en 2001. En vista de la caída de las remesas desde el exterior y de la inversión extranjera, Funes rápidamente descubrirá que la dolarización sin dólares no es algo divertido.
Funes es una voz moderada en un país donde éstas no abundan. Necesita toda la ayuda que pueda obtener. Estados Unidos, que todavía tiene una influencia política significativa sobre lo que sucede en El Salvador, haría bien en aceptar su elección y ofrecerle un apoyo tangible para las reformas sociales esenciales.
