Tras 19 años de la caída de Manuel Antonio Noriega y, con él, de las Fuerzas de Defensa de Panamá, aún hay sectores que no logran encontrar confianza en la Policía Nacional, principal cuerpo de seguridad del Estado, no solo llamado a salvaguardar la vida, honra y bienes de la población o la soberanía –si su escasez de armamento y el tipo de entrenamiento se lo permite– sino también garantizar la estabilidad del orden constitucional.

Algunos, con justa razón, como los que aún guardan en su mente y cuerpo los vejámenes, torturas y encierros arbitrarios o los recuerdos de familiares desaparecidos; otros porque fueron blanco de persecuciones e intromisiones en su vida privada en razón de su pensamiento político, quienes hoy observan con lupa cada movimiento y proyecto en el que se le otorguen ciertas facultades a la nueva Policía Nacional que pueda desembocar en un poder incontrolable o manipulable por quien detente el poder en turno o por un poder económico que le sea opositor.

Otro sector, la gran mayoría de la sociedad, entra en desconfianza en virtud de la retórica –arte de convencer a las personas– que utilizan algunos políticos oportunistas para demostrar su existencia en la palestra pública y otros por denuncias serias que publican los medios masivos de comunicación, por actos que van desde indecorosos hasta delictivos.

Cualesquiera sea el grupo con que usted se identifique, tenga presente que a los militares y policías se le enseña disciplina de obediencia y respeto al orden jerárquico, la defensa de los ciudadanos y el respeto a las leyes de la República, así como la no intervención en asuntos de política partidista.

Basta revisar la historia y nos daremos cuenta de que el común de los panameños llama militarismo a lo que los estudiosos conocemos como cesarismo o bonapartismo. Pero hagamos un análisis para ilustrar a los lectores respondiendo una simple pregunta ¿Quién crea el monstruo?, utilizando los personajes de la novela Frankenstein o el Moderno Prometeo, escrita por Mary Shelley en 1818.

En nuestro ejemplo, el Dr. Víctor Frankenstein lo representan los políticos, los poderosos económicamente y las potencias extranjeras, quienes aspiran a asegurar sus intereses en un determinado país cuando las reglas del juego actual le son adversas, por lo tanto, buscan un cuerpo y le implantan un cerebro esperando que este sea un robot que responda a las indicaciones de su creador, pero la ambición los ciega y embrutece, no les permite recordar que el poder es más dulce que la miel, que quien lo prueba quiere seguir degustándolo.

Estos son los verdaderos culpables de que un militar o policía asuma un poder absoluto y trate de mantenerlo como tirano, buscan un líder carismático dentro de sus filas para que guíe a las tropas como salvador de la patria, tratan de programarlo para que rompa el orden constitucional y luego devuelva el poder a los gestores intelectuales y financistas del golpe, quienes se creen sus amos, pero eso casi nunca ocurre.

De esta forma han surgido los grandes dictadores en América Latina, África y Oriente Medio, ya que dichos ideólogos y financistas pierden el control, cuando aquel cuerpo diseñado para salvaguardar la vida, honra y bienes de los asociados, así como la soberanía o el orden constitucional se le implanta un cerebro que sirva a fines ambiciosos, porque entonces ese cuerpo abre sus ojos al caviar, al champagne, al dinero, al petróleo, a los diamantes y el control lo toma la raza más despreciable que son civiles con ropa de asesores, aduladores y oportunistas que ven en ellos una forma de ser los nuevos ricos en la tierra.