El gobierno de Ricardo Martinelli se empeña en gobernar por la fuerza y actuar de tantas maneras como la cantidad de incapaces que lo conforman, quienes parecieran haber acuñado de manera tergiversada la frase del escritor alemán Karl Ludwig Börne que reza: “Agotad antes todas las locuras: así se llega a la tierra de la sabiduría”.
Cuando les llamo incapaces no es porque dude de su nivel académico o empresarial, sino de su manejo en el arte de gobernar, la actividad concerniente a la toma de decisiones que conduce las acciones del Estado o la sociedad, que es simplemente “la política”.
El ejercicio de la fuerza no tiene perpetuidad en el tiempo, porque no existe pueblo, por más ignorante y tercermundista que sea, que lo soporte. Tarde o temprano las voces de protesta se levantan, ya que a la luz salen los fines de la fuerza, que se pueden resumir en tres pasiones que maldicen el actuar de un gobierno: llenarse los bolsillos, su prolongación ilegítima en el poder y la falta de tolerancia.
Esas mismas pasiones las materializan en leyes y acciones arbitrarias, que luego provocan descontento popular y que tratan de callar mediante la represión, supresión de las libertades y el irrespeto a la vida de sus compatriotas.
Después culpan de estimular la sedición a los medios de comunicación social, a los grupos de oposición (partidos, sindicatos, asociaciones etcétcera) o a los particulares, pero no aceptan que es su propia mediocridad la que los asedia. Basta con hacer un recuento de todos los conflictos suscitados y hasta el menos informado llegará a la conclusión de que hay algo oculto detrás de la velocidad y el secreto en que se manejaron los temas.
Aún les falta comprender que no se necesita la fuerza para desarrollar un programa de gobierno sin trasfondos, sino el equilibrio que otorga la razón, contra la cual no hay fuerza opositora, porque el hijo del diálogo y la consulta es el consenso que se erige como protector poderoso de las gestiones y mantiene al margen a los disidentes maliciosos, quienes quedarían frente a la sociedad como meros revoltosos que buscan el caos.
Sabio mensaje dejó plasmado Max Weber al escribir que “La política se hace con la cabeza y no con otras partes del cuerpo o del alma” (cfr. La política como profesión, editorial Biblioteca Nueva. Madrid 2007), ya que actuar con inteligencia no es símbolo de debilidad.
La libertad de ideas y de expresión solo desaparecerán cuando el último hombre sobre la faz de la Tierra entregue su alma al Creador. No hay fuerza de policía, servicio de migración, magistrados adoctrinados ni los panegiristas, que se hacen llamar diputados, que puedan sellar el cerebro y la voz de un pueblo, cuando sus gobernantes no cumplen con el mandato otorgado mediante el voto de la mayoría.
