Muchas veces, quizás demasiadas, Sabino Rojas ha tenido que regresar a su casa, en Punta Burica, con las redes de pesca casi vacías.

“La pesca empezó a escasear hace 15 años. Hoy tenemos que invertir por viaje 350 dólares y nos esforzamos por sacar 250 dólares de ganancias”, aseguró el pescador.

Lo mismo le pasa a Lázaro Sánchez, pescador de Chorcha, quien se embarca 15 días al mes y se da por satisfecho si sus ganancias mensuales son de 400 dólares.

Ambos saben que si mueren en el mar su familia quedará desprotegida, pues nunca han pagado seguro social.

La mayoría de estos pescadores faena en el golfo de Chiriquí, en el Parque Nacional Marino Golfo de Chiriquí, creado en 1994: un área de 14 mil 740 hectáreas de islas y aguas marinas en el Pacífico occidental panameño.

El biólogo Ángel Vega realizó un estudio en esta área y comprobó que la especie pargo seda, de exportación, está siendo afectada por la pesca intensiva.

“Entre 2006 y 2007, el 90% de los ejemplares de pargo seda estaba en etapa juvenil (menores de 4 años). En 2010, el porcentaje aumentó a 95%”, explicó el biólogo.

Esto indica, explicó el experto, “que no los estamos dejando reproducirse”.