A lo largo de la curiosidad y la investigación que siempre me acompañan en el camino de mi vida, he podido encontrar que cada hombre hace de su artesanía algo muy suyo, poniéndole el toque personal que individualiza su trabajo, con la marca de su originalidad. En las más encumbradas y sofisticadas de las carreras, he visto hombres que no han ido más allá de ser solo buenos profesionales.

El ingeniero Eiffel quizá no habría trascendido al plano del reconocimiento mundial, si no hubiese concebido la torre de hierro en aquella feria de París, que le valió su participación en la estructuración y fundición de la Estatua de la Libertad. Nobel descolló más por su altruista magnanimidad en ceder sus ganancias a los premios que llevan su nombre, que por el mérito de haber inventado la dinamita. Aun los religiosos, los grandes de la Iglesia católica y los más humildes, como la madre Teresa de Calcuta, se encumbran cuando entregan todo de sí para el provecho de sus semejantes.

Todas estas cosas que emanan del hombre de buena voluntad, pueden tener una significancia de benéfica complacencia para quienes de ella se sirven.

Egresado como soy de la carrera de leyes aplicada a la actividad aseguradora y en particular a la laboriosa y excitante producción de seguros, he caminado junto a grandes hombres que me han ilustrado, motivado e inspirado. En ese sendero hacia la cristalización de nuestros más caros anhelos profesionales conocí, trabajé y aprendí a querer y respetar a don Guillermo Ford Boyd, ex presidente de la República, ex ministro de Estado y excelente representante diplomático de nuestro país en Washington, y un consagrado asegurador.

Sin lugar a dudas, el dignificante ejemplo de Guillermo Ford Boyd, el gran Billy, sienta pautas por las que podrían marchar confiadamente todas las generaciones de empresarios y políticos de Panamá y de nuestra América hispana. La trayectoria de este hombre de extraordinario carácter y constructiva personalidad, motiva emular sus acciones y señalarlas como ejemplo de los hombres que vivieron y trabajaron para engrandecer a la patria en la que habitan.

El apreciado amigo Ford, quien se nos adelantó en ese viaje de ida sin retorno, nos demostró que “Todo está iluminado, la ruta está marcada y aunque camines con los ojos vendados, aúllen los lobos a la vera del sendero y el vaho fétido de la mentira te susurre vanidades: llegarás a tu destino, harás lo que tengas que hacer y serás los que tengas que ser”.