Como muchos de ustedes, estoy sorprendido, conmocionado, enojado y algo frustrado por la temprana partida del amigo, colega y compañero Raúl Leis. Esto no debió pasar. Era él aún muy joven y tenía muchos proyectos, tareas y compromisos dejados sobre la mesa. Quehaceres inconclusos que nos lega. Por ello, me animo a escribir estas líneas que poco harán para honrar su memoria, pero que necesito esbozar para compartirlas con quienes lo conocieron, apreciaron y admiraron.
Raúl Leis era un hombre fundamental. Con una enorme capacidad para sentir el dolor ajeno, reaccionar ante las injusticias y comprometerse con los más humildes.
Como intelectual, comprometido con la defensa de la soberanía nacional y los intereses del pueblo, consagró desde muy joven su pluma al ensayo sociológico, al estudio histórico, a la creación literaria y a la faena periodística.
El día domingo, un diario local reprodujo las palabras del ambientalista Donaldo Sousa, quien resumía apretadamente su extensa y prolija producción intelectual, al calificarlo, con justicia, como “uno de los profesionales de la sociología importantes que ha tenido Panamá”. Allí nos recordaba que “… ganó cinco premios Ricardo Miró (1973, 1981, 1988, 1996 y 2000), el máximo galardón de la cultura panameña, ganador del premio de prensa de la revista Plural de México (1985), de la revista Nueva Sociedad de Venezuela (1985, 1992) y segundo lugar de los Juegos Florales de Guatemala (1993) y finalista del Tirso de Molina de la Cooperación Española (1994)”. (Muerte de Raúl Leis conmociona a Panamá” (La Estrella de Panamá, 1/5/2011).
Pero más que un laureado escritor, será recordado por su compromiso social con los más humildes y los oprimidos. Fundó, junto a Xabier Gorostiaga y Charlotte Elton, el Centro de Asistencia Social de Panamá, que presidía al momento de su fallecimiento. Esta institución se ha dedicado, por más de 30 años, a velar por los pobres y excluidos, con la esperanza de que es posible construir una sociedad mejor a través de la participación popular, la investigación y la educación popular.
Además, recordamos su participación en muchas organizaciones e instituciones de la sociedad civil (a nivel local e internacional), así como en diálogos y debates nacionales, aportando su voz valiente, honesta, razonada y comprometida.
En materia educativa defendió el carácter multicultural–étnico y plurilingüe del Estado panameño y la necesidad de que la educación respetara las lenguas indígenas, a través de una educación multicultural bilingüe. Pues en lugar de parches e improvisaciones, propugnaba por una “profunda reforma educativa integral, dentro de un enfoque humanista, científico y ético”. (“Las constituciones no caen del cielo”, La Prensa, 7 de abril de 2011).
Incursionó en el escenario político como la figura que intentó aportar el sustento ideológico al Papá Egoró, partido político que surgió en la década de 1990 como un plausible esfuerzo por superar la dicotomía entre arnulfistas o torrijistas que dividía la política criolla. En su lugar, proponía una agenda incluyente que se orientaba a temas que hoy nos resultan actuales y vigentes, pero que entonces eran novedosos en nuestro medio: la defensa del ambiente, la reivindicación de los derechos indígenas, la inclusión de los negros, la igualdad socio-política de la mujer, la protección de los campesinos y la producción nacional, el derecho al trabajo bien remunerado y la calidad de vida de todos los panameños y panameñas.
En uno de sus últimos escritos, Leis habla un poco de los eventos y las ideas que marcaron su destino y deja un mensaje para que afrontemos el mundo actual. En “Alerta, San Romero camina por el mundo” nos dice: “Mi adolescencia colonense estuvo marcada por dos hechos trascendentales. El 9-12 de enero de 1964, cuando viví la agresión de los militares de EU contra un pueblo desarmado que clamaba por soberanía; y el 6 de junio, dos años después, cuando la represión provino de la Guardia Nacional, que reprimió a la población que exigía justicia por el asesinato de Juan Navas Pájaro. Después, imposible olvidar la desaparición de Héctor Gallego, al que conocí y acompañé, y la lucha de años por encontrarlo. Imposible olvidar el horror de las fosas comunes del Jardín de Paz, con los cuerpos calcinados de mujeres, hombres y niños, víctimas inocentes de la invasión. Estos y otros sucesos me invitaron a amar la paz...”.
“Por ello, el país necesita aclararse diáfanamente sobre las violaciones extremas contra el derecho a la vida –asesinados, lesionados y desaparecidos– ocurridas entre octubre de 1968 y diciembre de 1989, es decir, el período militar y la invasión norteamericana. En el primero, el ejército nacional fue responsable directo, y en el segundo lo fue un ejército foráneo de ocupación. La verdad debe decirse por respeto a la gente de este país, es necesaria una investigación clara y definitiva sobre la base de buscar toda la verdad...”. (La Prensa, 24 de marzo de 2011).