Unas cuantas fotos después, el vicegobernador dicta que los presentes renuncien "expresa e irrevocablemente a su nacionalidad de origen", absolviendo perpetuamente los vínculos jurídicos y políticos que los ligan a su madre patria. En Panamá, la naturalización es una de tres maneras para obtener la nacionalidad. Las otras dos son por nacimiento o por disposición constitucional, según el artículo 8 de la Constitución.

Pero Natalia, Germán y Juan se "panameñizaron" a su manera desde que arribaron al país.

Natalia tuvo contacto con la cultura panameña por primera vez en 1961, en su natal Ucrania.

Su esposo -un becario panameño- y ella se conocieron en la universidad, mientras estudiaba biología. Al tiempo, se casaron y tuvieron a su único hijo, Alexi.

Desde hace ocho años Natalia y Alexi residen en Panamá. Ella ingresó a la Universidad de Panamá, aprendió español en un mes "aunque no lo hablo bien", expresa con humildad. Continuó sus estudios en un instituto de estética y cosmetología por un año, y luego empezó a trabajar en un lujoso SPA de la localidad.

La experiencia de Germán -un cirujano maxilo-facial colombiano- le ha enseñado que la gente panameña es buena, y no es violenta. Abandonó su país y su práctica por la creciente falta de vacantes. Desde entonces reside en Panamá y cinco años después, un préstamo de mil dólares y una larga lista de deudas se tornaron en el sueño de Germán: un apartamento, auto, ahorros, viajes y la solvencia para tener su propia clínica.

Pero necesitaba nacionalizarse para convalidar sus títulos; conseguir una plaza y realizar el internado de dos años, y luego montar su clínica. Entre tanto, gerencia una empresa proveedora de servicios de salud.

Por su parte, Juan se considera más panameño que nadie. Chino de nacimiento, arribó al país a los seis años con su abuelo. Pero a diferencia de los nuevos inmigrantes chinos (ver gráfica), él aprendió su español en el colegio, y luego se graduó de Ingeniero en Sistemas de la universidad. Aun así, dice que a veces, "se me sale mi acento chino". El joven de 30 años, casado con panameña y padre de familia, es propietario del Internet Derek, un establecimiento para la reparación de computadoras, servicio de internet y fotocopias. Consideró adquirir su nacionalidad panameña, pero el proceso costaba 2 mil dólares hace unos años, y no contaba con el dinero. Siente que "no tiene nada de chino", porque creció aquí.