El ministro de Seguridad Pública, Frank Ábrego, quizás piense que sus justificaciones para declarar confidencial la compra de bienes y servicios no dejan lugar a duda alguna. O cree que, después de ilustrarnos con su desbordante sabiduría, la incertidumbre es solo una necedad de quienes desconfiamos. Pues no es así. Sus palabras se asemejan más a un galimatías que a argumentos coherentes. Declarar confidencial la construcción de un edificio porque está buscando a un proveedor que sepa hacer edificios es un absoluto disparate. Si eso fuera una buena explicación, cualquier funcionario podría declarar secretas sus licitaciones, compras directas, etc.
Adquirir uniformes para los funcionarios del Servicio Nacional de Migración en un acto ¿público? revestido de confidencial también es otro disparate. ¿Acaso esos uniformes están hechos de aleaciones secretas o el hilo con el que se coserán impedirá que los funcionarios se corrompan? Si fuera así, es mejor que compre toda la existencia y la reparta en todo el Gobierno, incluso entre aquellos que no han llegado a ese extremo… pero que lo estarían pensando.
Insinuó que La Prensa, al publicar la adquisición de los drones de vigilancia que ha donado el Gobierno de Estados Unidos a Panamá, ha encendido las alarmas del mundo de los narcotraficantes, pues ahora sí estarán vigilados. Semejante ocurrencia me obliga a preguntarme si es que no los vigilaban antes. Hasta ahora yo pensaba que un narcotraficante tiene bastante claro que sus actividades siempre estarán bajo el escrutinio de los servicios de inteligencia y seguridad de los Estados donde cometen sus fechorías. Eso, señor Ábrego, es elemental. Ninguno de ellos se cobijaría en la luz diurna para contrabandear drogas.
Si insinúa que este medio, al informar de esta adquisición, se convirtió en cómplice de las actividades de los narcos, quisiera leer la carta que usted le tendría que haber dirigido —antes de sus ridículas insinuaciones contra este medio— a Fatema Hamdani, la directora ejecutiva de Kraus Hamdani Aerospace, quien fue la que divulgó la noticia de la que luego este medio se hizo eco. Bien podría mandarme una copia de la carta en la que la reprende por su felicitación: “Estamos orgullosos de apoyar a la Fuerza Pública de Panamá y al Gobierno de los Estados Unidos en el fortalecimiento de las capacidades regionales de lucha contra el narcotráfico”.
Quisiera ver su nota de queja —si es que existe— en la que le dice, al igual que nos dijo tácitamente a nosotros, que los fabricantes de esos drones son cómplices de los cárteles de la droga por dar a conocer la información que circuló en sus redes y en su sitio web. ¿O es que solo somos nosotros los cómplices? Ese absurdo secretismo en cosas que evidentemente son de carácter público es solo propio de funcionarios tercermundistas, que creen que la década de 1970 se ha extendido hasta este siglo.
Su concepto sobre la seguridad nacional es retrógrado. Debería leer a Marshall McLuhan y entender lo que significa vivir en una “aldea global”. Lo que el ministro entiende como seguridad nacional es tan amplio como volver a la época del militarismo, cuando un simple capitán decidía qué era público y qué era secreto. Ese tiempo pasó. Y es mejor que empiece a digerir la idea, pues, por más que no quiera, vivimos en un mundo mucho más interconectado y mucho más informado.
El ministro especuló sobre el origen de la información. Dijo que pudo haber sido un proveedor que periódicamente revisa la lista de actos públicos en busca de algún negocio con el Estado. Entonces, ese es su mundo, señor ministro, un mundo en el que hay comerciantes enterados de lo que ocurre en Panamá y en otros lugares del planeta. Esperar que ellos no estén informados es cosa de ilusos. Por eso, señor ministro, usted actúa con negligencia si está esperanzado en que todos le guarden sus secretos. Si ellos conocen sus secretos más controvertidos, no dudarán en revelarlos si con ello se benefician. Los políticos le enseñaron eso.
Vivir en esa burbuja de seguridad que le dan sus numerosos guardaespaldas, armados hasta los dientes, ha hecho que pierda contacto con la realidad. Sé que hay cosas que deben ser confidenciales, como la fórmula de la Coca-Cola o las especificaciones de un arma, pero de ahí a guardarse los precios, los proveedores o el proceso de compra, eso no es seguridad nacional, es la confirmación de que algo huele mal en Dinamarca… o en Panamá.

