Durante estos días, el caso de los siete de Cornell ha provocado una intensa polémica. Una exalumna acusa a siete antiguos estudiantes de haberla drogado y agredido sexualmente en una fraternidad en 2024, y cuestiona también la respuesta de la universidad y otras entidades.
No hay, por ahora, una decisión judicial sobre lo ocurrido. La investigación sigue abierta. Entretanto, las consecuencias ya comenzaron: sanciones universitarias, reputaciones afectadas y una costosa batalla jurídica en el horizonte.
No opinaré sobre la culpabilidad de nadie. No porque el caso no me despierte emociones y preocupaciones, sino porque me interesa otra parte de la conversación.
Entre los reproches que se escuchan aparecen, además de los dirigidos contra los señalados como responsables, los que apuntan a quienes estuvieron cerca, supieron, vieron o leyeron algo y no hicieron nada.
¿Cómo pudieron mirar para otro lado? ¿Cómo ninguno se atrevió a detener o denunciar?
La pregunta es legítima. Pero hay otra que vale la pena hacernos antes de intentar contestarla.
¿Cuánto entrenamos a un muchacho o muchacha, a lo largo de su vida, para hacer exactamente eso: callar para no meterse en líos, ganarse enemigos o simplemente incomodar?
Pienso en nosotros, en Panamá, y no necesariamente en situaciones extremas.
Pienso en esa empresa, esa escuela, ese hospital, esa comunidad religiosa, esa junta directiva o ese gabinete ministerial donde quien cuestiona lo que todos parecen haber aceptado se vuelve un problema. O hasta una amenaza.
Pienso en quien se atreve a decir “no creo” cuando sabe que la mayoría de su círculo piensa lo contrario. O en quien, rodeado de fervientes partidarios del gobierno, pregunta si las compras y contrataciones están siendo transparentes.
Al que discrepa se le mira como al que complica, al que divide, al que rompe la armonía. A veces se le castiga con la mirada del grupo, con el comentario posterior, con la llamada que no llega o la invitación que se pierde. Son castigos pequeños, pero suficientemente claros para quien aprende a leerlos.
Y entonces me pregunto si, sin darnos cuenta, estamos entrenando a la gente para no intervenir. Para aprender que callar suele ser lo más seguro.
No estoy sugiriendo que guardar silencio en una reunión sea comparable con permanecer pasivo frente a una agresión. Sería absurdo. Hay una distancia moral enorme entre ambas situaciones.
Lo que me pregunto es si los reflejos que exigimos en los momentos extraordinarios —sea frente a una agresión física, una injusticia o un caso de corrupción— no se forman mucho antes, en circunstancias completamente ordinarias.
Queremos que, llegado el momento decisivo, alguien se enfrente a sus socios, sus amigos, sus colegas. Que diga basta. Que arriesgue una relación; que asuma el riesgo de recibir represalias.
Pero ¿qué hacemos nosotros en el día a día con quien practica esa conducta?
¿Celebramos al que pregunta? ¿Protegemos al que discrepa? ¿Admiramos al que dice algo que nadie en la mesa quiere escuchar?
¿O le enseñamos que hay una recompensa sencilla por callarse?
Quizá por eso me inquieta la facilidad con la que juzgamos el silencio ajeno cuando aparece en circunstancias extremas.
No porque ese silencio deba disculparse.
Sino porque tal vez deberíamos preguntarnos qué hacemos, todos los días, para formar personas capaces de romperlo.
La autora es escritora.

