Aquí, como en otros lugares del mundo, la percepción de la población en muchas ocasiones termina convirtiéndose en realidad o, al menos, en lo que la mayoría acepta como tal. Sé que suena medio enredado, pero en realidad no lo es.
Las redes sociales han hecho que la reputación de una persona crezca, se reduzca o sencillamente se destruya, “sembrando” algo que, aun sabiendo que no es cierto, muchos aceptan o por lo menos así lo piensan, y terminan dando por cierto algo que no han verificado y que, sencillamente, no les interesa verificar porque, “bien adentro de su corazoncito”, quisieran que fuera cierto.
Cuando éramos más jóvenes jugábamos a ser policías o bomberos. Hoy, a muchos les daría vergüenza que sus hijos quieran imitar a personajes tan cuestionados de esta nueva sociedad en la que vivimos. La realidad es que hoy en día muchas personas, por no decir el famoso “todo el mundo”, están convencidas de que son periodistas, y no solo unos cualquiera, sino que te aseguran que “tienen la última”. Muchos se comen esta idea y encima solicitan postre.
Es una realidad que muchos compran un teléfono celular y, con ello, están convencidos no solo de que son los mejores investigadores, reporteros y presentadores de noticias, sino que llegan a convencerse de que “todo el mundo” los lee, escucha o ve. Muchos comunicadores, los de verdad, en lugar de defender y proteger su profesión, caen en la trampa y empiezan a gritar, a inventar palabras o a utilizar mal algunas no tan nuevas y, en resumen, se convierten en comunicadores que no ofrecen nada diferente de lo que hacen los suplantadores profesionales.
Por eso, en varios de los grupos de mensajería instantánea en los que participo, siempre sugiero a quienes comparten cuanta cosa les llega que deben verificar, verificar y volver a verificar antes de compartir. En un mundo político tan enredado como en el que nos estamos moviendo en los últimos meses, se ha promovido la difusión de noticias que a todas luces son falsas, excepto para quienes piensan que su forma de pensar es la única correcta.
Así, a los de extrema derecha les llega una supuesta declaración desacreditando a algún líder de algún gobierno de izquierda y, sin verificar ni confirmar, la comparten en tantos grupos como pueden, pues eso les sirve para defender su propia teoría. Entran ahí los descalificadores profesionales, que no tienen fundamento para discutir, así que mejor matemos al mensajero.
Lo mismo sucede con el otro extremo: si los que comulgan con la ideología de izquierda ven alguna noticia publicada en la página www.florecitalinda.com o similar, en la que se desacredita a algún líder de derecha, sin verificar ni confirmar, comparten la noticia entre todos sus grupos. Y todo esto les funciona a ambos bandos hasta que alguien verifica la noticia y desacredita la fuente. Hasta ahí llegó, pero el daño ya está hecho.
También sucede esto con algunos órganos de información de los gobiernos y, por medio de este tipo de noticias “no tan ciertas”, se mide la intensidad de la reacción de quienes eventualmente seríamos afectados por el contenido del comunicado. Y los “genios” compartiendo boberías porque lo dijo fulanito o sultanito de tal… supuestamente.
Desde mi balcón, siento que una regulación estricta, como la que se ha venido promoviendo en algunos países, podría tener algún efecto positivo, pero si para publicar algo en redes debemos tener a un “policía” que nos diga lo que se puede o no se puede publicar, caemos en la violación de una de las libertades más sagradas que hay: la de opinar y expresar lo que pensamos o sentimos.
Lo que sí debería ocurrir es que podamos hacernos responsables de lo que publicamos o republicamos y asumir el riesgo que corren los que hemos estudiado para comunicar y los que, antes de publicar, verificamos y reverificamos para, al menos, equivocarnos menos.
Quisiera recomendar a los que me leen que, cuando vean algún comentario, noticia o imagen que les parezca demasiado buena, duden de su veracidad y verifiquen antes de compartir. No importa si el vecino la publica antes y, si lo hace, haga usted mismo la verificación y, si debe desacreditarlo, hágalo sin pena, para que todo el mundo vea la irresponsabilidad con que se maneja.
El autor es dirigente cívico y analista político.

