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Venezuela y Panamá: analogías y diferencias

El presente es el primer artículo que escribo sobre la horrorosa agresión a Venezuela, esperando que no sea el último.

Persisten algunos claroscuros, pero ya existe suficiente claridad para evaluar los acontecimientos y su impacto global.

La agresión e invasión a Venezuela del 3 de enero pasado ofrece desconcertantes analogías con Panamá, ya que el 20 de diciembre de 1989 Estados Unidos nos invadió con las mismas falsas acusaciones —narcotráfico— contra el general Manuel A. Noriega, jefe de Gobierno y de las Fuerzas de Defensa de Panamá (FDP).

A Noriega lo arrancaron violentamente de su asilo en la Nunciatura del Vaticano, cuyo embajador, el obispo español Sebastián Laboa, haciendo honor a su apellido, lo presionó y asfixió como una verdadera boa constrictor.

Laboa traicionó su misión diplomática —tenía la obligación de protegerlo— y, en brutal violación del derecho internacional y de la Convención de Viena de 1969, lo entregó cobardemente a las fuerzas invasoras del general Maxwell Thurman, conocido como el “Loco Max” por sus tropelías en Vietnam. Laboa no permitió a Noriega aceptar el asilo que España le había concedido.

Cuando se llevaron a Noriega, hace exactamente 36 años, también fue un 3 de enero. Al parecer, a Estados Unidos se le ha secado la fuente de la imaginación.

Un mismo 3 de enero (de 2026) secuestraron a Nicolás Maduro, a su esposa Cilia, y a Noriega. ¿Es esa fecha un augurio?

A Noriega intentaron eliminarlo al menos desde 1983, cuando el almirante John Poindexter, a la sazón director del Consejo de Seguridad Nacional de Washington, le exigió arrogante y groseramente que atacara a Nicaragua “en defensa” de Panamá, invocando el Tratado de Neutralidad, aunque este convenio solo autorizaba a Washington a proteger el Canal con el consentimiento de Panamá.

A Estados Unidos nunca le importaron esas minucias del derecho internacional. Noriega, que apoyaba a los sandinistas desde el comienzo, se rehusó tajantemente a cooperar con la agresión imperialista a Nicaragua, y ello selló su suerte.

Noriega mismo había sido víctima de un golpe por parte de su compadre, el mayor Moisés Giroldi, quien lo detuvo y amarró en la Comandancia, en espera de que el Comando Sur de Estados Unidos se lo llevara en un helicóptero que sobrevolaba el cuartel. Eso ocurrió el 3 de octubre de 1989.

En esos instantes yo estaba cerca, en un café, en compañía del embajador de la República de Corea, quien se mostró sorprendido de que el Comando Sur no se llevara a Noriega.

Le dije: “Esto me huele a traición.”

Estados Unidos traicionó a Giroldi porque el general Colin Powell, jefe del Estado Mayor bajo el presidente George H. W. Bush, tenía otras intenciones: disolver brutalmente las Fuerzas de Defensa de Panamá (FDP), nuestro único cuerpo armado, carente de fuerza aérea, pero no de coraje (Julio Yao, Prohibido olvidar: la invasión de Panamá de 1989, traducido al ruso, La Estrella de Panamá, 23 de diciembre de 2023).

A pesar del descomunal contraste entre las fuerzas invasoras del imperialismo —aproximadamente 30,000 efectivos— y las FDP, en Panamá se produjeron actos de extraordinario patriotismo, como en Colón, donde las tropas norteamericanas rindieron homenaje a un heroico y solitario marino panameño que salvó a cientos de sus camaradas de una muerte segura en el puerto de Cristóbal.

Según Ramsey Clark, ex procurador general bajo John F. Kennedy y director de la Comisión de Investigación de la Invasión, mal llamada “Causa Justa”, fallecieron entre 4,000 y 6,000 panameños. Esa cifra era conservadora, según me lo confesó compungido el propio Ramsey Clark en febrero de 1990.

La ONU y la OEA solo deploraron el hecho y exigieron el retiro de las fuerzas invasoras, que instalaron y juramentaron a la junta títere de Endara, Ford y Arias Calderón, un régimen oligárquico, dentro de la base estadounidense de Fort Clayton, a quienes sometieron bajo su férula.

Los invasores permanecieron más de un año en Panamá.

Panamá no ha recibido ni reparación ni condolencias por parte de Estados Unidos. Aún estamos buscando a los muertos de la invasión.

A raíz de la resistencia militar a la invasión, se creó una organización militar clandestina, y esta me propuso como futuro presidente de Panamá. Acepté inicialmente, pero luego desistí, debido a serias reservas sobre compromisos nada claros con las tropas del Comando Sur.

El autor es internacionalista.


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