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Una China limitada y un orden internacional anárquico

Una China limitada y un orden internacional anárquico
Un carguero se dispone a atracar en el puerto de Qingdao, en el este de China, el 24 de septiembre de 2025 / AFP

Pocos observadores prestaron atención a la reunión que sostuvieron Nicolás Maduro y el enviado especial de China para América Latina, Qiu Xiaoqi, el 3 de enero de 2026, apenas un día antes de que el mandatario venezolano fuera capturado en una operación liderada por Estados Unidos. Qiu, diplomático chino retirado, ha representado durante años a la República Popular China en encuentros con funcionarios gubernamentales latinoamericanos. Su presencia en Panamá en 2022, 2023 y 2024, entre otros países de la región, respondió a objetivos claros: reforzar lazos de amistad y cooperación y salvaguardar los intereses políticos chinos, especialmente el reconocimiento del principio de una sola China.

La sincronía temporal entre esta reunión y la detención de Maduro, sumada a la posterior inacción de Pekín, evidencia dos realidades fundamentales: los límites del alcance geopolítico de China en América Latina y la vigencia de un orden internacional esencialmente anárquico, en el que los Estados priorizan sus propios intereses, tal como postula el realismo clásico en las relaciones internacionales.

Desde 2023, Venezuela y China mantienen una “asociación estratégica integral”, una categoría que Pekín comparte con solo cinco Estados más: Etiopía, Pakistán, Uzbekistán, Hungría y Bielorrusia. Sin embargo, este estatus elevado no incluye compromisos de seguridad. La condena diplomática del gobierno chino a Estados Unidos tras la captura de Maduro reveló una verdad incómoda: incluso con este nivel privilegiado de relación bilateral, los Estados latinoamericanos no pueden contar con China más allá de su papel como socio comercial. En materia de seguridad, permanecen en un escenario de autoayuda (self-help).

Jin Canrong, influyente profesor de relaciones internacionales en la Universidad del Pueblo de China (Renmin University), ha recomendado que las inversiones chinas en la región procedan con cautela, priorizando el intercambio comercial por encima de compromisos políticos o estratégicos más profundos. Esta postura académica sugiere, además, una posible reducción de la actividad económica china en Venezuela, país que recibió aproximadamente 106 mil millones de dólares en inversiones y préstamos chinos entre 2000 y 2023, según AidData, convirtiéndose en el mayor receptor de capital chino en América Latina.

La captura de Maduro establece dos precedentes simultáneos: por un lado, demuestra el alcance de la administración Trump en la defensa de lo que considera sus intereses hemisféricos; por otro, expone las limitaciones estructurales de la respuesta china. Hasta ahora, Pekín se ha limitado a protestas diplomáticas, evitando el uso de herramientas económicas como sanciones. Este tipo de represalia resulta poco probable, ya que China difícilmente puede imponer sanciones sin afectar su propia economía, altamente dependiente de las exportaciones.

Como acertadamente ha señalado el profesor Jin, cualquier iniciativa china en América Latina inevitablemente se enfrenta a Estados Unidos. Esta realidad no es exclusiva de China; se aplica a cualquier actor extrarregional. Los Estados latinoamericanos que desafíen esta lógica deben estar preparados para asumir las consecuencias, sin esperar que otro poder acuda en su rescate.

Este episodio ofrece lecciones estratégicas clave para Panamá y otros países de la región que mantienen relaciones pragmáticas con ambas potencias. La diversificación de vínculos comerciales y diplomáticos, aunque deseable, no garantiza protección frente a presiones geopolíticas. El caso venezolano confirma que en el hemisferio occidental persiste una jerarquía de poder en la que Estados Unidos conserva capacidad de proyección militar y voluntad de intervención cuando percibe amenazas a sus intereses. Ninguna asociación estratégica ha logrado alterar esta realidad fundamental. Los Estados latinoamericanos deben diseñar sus políticas exteriores reconociendo estas limitaciones estructurales, sin ilusiones sobre la existencia de protectores alternativos en un orden internacional que sigue siendo, en esencia, anárquico.

El autor es analista de relaciones internacionales.


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