La nutrición y la actividad física continúan siendo dos de los instrumentos más potentes para mantenernos saludables, controlar enfermedades y procurar el anhelado camino hacia la longevidad.
En cuanto a la nutrición se refiere, nos enfocamos en alimentos ricos en nutrientes, en su mayoría frutas y vegetales. Cuanto más coloridos, mejor. Así agregamos mayor valor nutritivo a nuestras comidas.
Dentro de las recomendaciones más populares está la de seguir una dieta mediterránea. La dieta mediterránea enfatiza el consumo de alimentos frescos, evitando los ultraprocesados, el azúcar y la carne roja, y se enfoca en el consumo de frutas, vegetales, legumbres, nueces, grasas saludables y proteínas magras. Traducido a alimentos de consumo diario, incluye legumbres como las lentejas, tomates frescos, aceite de oliva, pescados, entre otros.
Hace poco conversaba con un colega sobre la importancia de la nutrición en la prevención y el control de enfermedades. A pesar de ser una persona de ciencia y muy cosmopolita, dijo que no se identificaba con la dieta mediterránea. Eso me hizo pensar y, nuevamente, quise recalcar a nuestro público el gran privilegio que tenemos de vivir en un país tropical.
Debemos tropicalizar el concepto que comúnmente ha sido promovido por países de Norteamérica y Europa. Evitemos seguir perpetuando modelos ajenos al nuestro y volvamos la mirada hacia adentro, porque nuestro modelo puede ser igual o incluso mejor.
En Latinoamérica contamos con un sinnúmero de deliciosas frutas y vegetales que son la envidia de otros continentes, ricos en nutrientes y naturalmente antioxidantes, lo que contribuye a la prevención y al control de enfermedades.
Frutas como la deliciosa piña de Panamá, que es usada como diurético natural, es altamente antiinflamatoria e incluso recomendada por muchos cirujanos luego de algún procedimiento quirúrgico.
Tenemos la papaya, que fácilmente puede crecer en cualquier patio de la ciudad y, por supuesto, en el campo. La papaya ayuda a la digestión, es rica en vitamina C y contribuye a desinflamar el tracto digestivo.
El mango, que, a pesar de no ser oriundo de Panamá, pues fue importado del continente asiático, crece muy bien y abundantemente. Es la fruta con mayor cantidad de betacaroteno (vitamina A), excelente para la vista, el cabello y la piel. ¡El mango ya es nuestro! Lo hemos adoptado muy bien.
La banana, comúnmente llamada guineo en nuestro país, puede ayudar a prevenir los calambres musculares y a regular la presión arterial por su alto contenido de potasio y magnesio. Es una fruta que también contiene almidones y carbohidratos, por lo que no debemos exagerar su consumo.
Tenemos vegetales estacionales como el pixvae o pifá, según el origen geográfico de nuestras abuelas. El pixvae o pifá es considerado un superalimento tropical muy completo, que cuenta con alta densidad nutricional, aporta grasas saludables, carbohidratos complejos y un amplio perfil de aminoácidos esenciales que lo equiparan con las proteínas de origen animal.
Anteriormente hemos hablado de los grandes beneficios de consumir antioxidantes, como la prevención de enfermedades crónicas mediante la neutralización de los radicales libres, la protección de la salud del corazón y del cerebro, así como el fortalecimiento de las defensas del sistema inmunológico. Existen frutas tropicales que contienen niveles elevados de antioxidantes, como la guayaba, el açaí —originario de la Amazonía—, el maracuyá, el mamey, entre otras. Entre los vegetales contamos con la espinaca, disponible todo el año; el brócoli, cultivado en tierras altas; el camote, el berro, la zanahoria, el perejil, el tomate, entre otros.
Como grasa de origen vegetal, natural y saludable, también contamos con el aguacate. Las grasas consideradas buenas son las insaturadas, que son esenciales para el corazón y el cerebro. Algunos ejemplos son el aceite de oliva, las aceitunas, las nueces, la chía, el aceite de girasol y el aceite de aguacate.
Todos estos conceptos van de la mano con la protección y el desarrollo sostenible de nuestros recursos naturales. Apoyemos a nuestros productores locales, apostemos por la agricultura vertical y los ambientes controlados, consumamos más pescado y hagamos ciencia local para desarrollar mejores productos en el país. Podríamos generar beneficios insuperables con este modelo; incluso la economía, además de nuestra salud, se beneficiaría.
Crecimos en un contexto donde se nos presentó la idea de que lo extranjero era lo mejor, sin darnos cuenta de que ya teníamos en nuestras manos las herramientas para mantener saludables a nuestras familias. La historia es de quien la escribe; ahora nos toca escribir la nuestra sobre bases tropicales. ¡Panameño, consume lo nacional! Tu salud y tu familia te lo agradecerán.
La autora es doctora en salud publica.


