La Academia Panameña de la Lengua nombró al presidente José Raúl Mulino como académico honorario. Increíble, pero cierto. Aparte de un patatús cutriñón —o cutriñudo—, resulta para nosotros, los de a pie, ignorantes e ingenuos, una invitación a la reflexión. Todos los días los panameños sufrimos las consecuencias de decisiones nefastas en múltiples ámbitos y maneras; a pesar de ello, nos fajamos el pellejo para mantener con vida la esperanza de un país mejor… ¡Jamás esperábamos que se socavara de manera tan innoble y profunda un espacio que considerábamos de alto valor (no precio) cultural por representar, supuestamente, el culmen de la intelectualidad panameña!
Duele, y mucho. Duele el lema Lengua, patria, unión que propusieron Ricardo J. Alfaro, Samuel Lewis García de Paredes y fray Pedro Fabo —principales impulsores del proceso de creación y organización de la institución—. Tres claves que fundamentaron la constitución de la Academia el 12 de mayo de 1926. La primera, Lengua, potencia el idioma no solo como instrumento de comunicación, sino también como puente y río de culturas, identidad y pensamiento de los panameños; ella, la lengua española, el sistema lingüístico, fundamento vivo de nuestro patrimonio y de nuestra memoria colectiva. El segundo eje, Patria, nos demanda madurez, juicio y sensatez a todos, pero, de manera particular, a quienes gozan del privilegio de formar parte de una institución que tiene como responsabilidad servir a Panamá y defender su soberanía cultural a través del idioma español. Con la tercera pauta, Unión —sinónimo de cohesión social, de identidad común entre los panameños a través del idioma—, aspiramos a la integración con nosotros mismos y con los demás hispanohablantes del mundo. Son tres claves claramente hiladas por el honor y la verdad.
De allí que muchos no comprendamos cómo, a pesar de contar con directrices y referencias tan robustas como estas, se ha llegado a perder el rumbo de una forma tan drástica y vergonzante. Ahora bien, nuestra idiosincrasia, plena de contradicciones y mitos, donde la realidad supera la fantasía, ofrece cuatro respuestas posibles: las tres primeras me discurren al calor del faracho; la cuarta, la callo para dejar espacio a la voz de la conciencia individual.
Primero, en el actual universo sociocultural panameño —donde parece que todo se retuerce y transmuta de manera mágica, sin mediar razón alguna—, es posible que los sucesos recientes hayan sido el resultado de una mirada cáustica, severa y autoritaria que, eventualmente, secara en algunos el frondoso árbol del entendimiento, de modo que los obligara a errar en la oscuridad; es decir, como dicen en mi pueblo, han sido víctimas inocentes del mal de ojo con manigua que hace a muchos hombres confundir el patio de la vecina con la puerta de su casa. Como campesina, esta suerte de maleficio me resulta muy común y me hace un poco menos desolador —pero no más masticable para tragar— el hecho de que, en conjunto, se olvidaran las claves fundacionales.
La segunda razón obedece, tal vez, al carácter que la historia nos confiere a los panameños y que todos hemos constatado en múltiples ocasiones: somos el pueblo del olvido. Olvidamos como un mecanismo para la sobrevivencia: tanto, que a veces olvidamos que olvidamos. Pero dar reconocimiento a alguien sin méritos para ello —y no en cualquier tinglado— revela qué tan profundas y dolorosas son las raíces del “olvido” convenenciero. Ante ello, y para no caer en dimes y diretes agobiantes, solo me levanto con una tercera razón viable: la falta de discernimiento.
Porque lo sucedido no pone en duda la capacidad, los premios o los logros académicos de quienes eligieron académico honorario a un ciudadano que en varias ocasiones ha demostrado total irrespeto a la cultura —lengua, patria, unión incluidas— en múltiples formas. No. No dudamos de la inteligencia ni de las ejecutorias, pero, a nuestros ojos, con esta falta de respeto se ha ensuciado el surtidor al que (casi) todos acudíamos porque lo considerábamos digno. Tales acciones evidencian que la ausencia de discernimiento (sabiduría, no «una movida» para asegurar un beneficio) puede echar a perder incluso a las mentes más talentosas o a las instituciones mejor intencionadas. Todos sabemos que la inteligencia sin criterio solo acelera las malas decisiones. Ello lo confirma la historia: no son los primeros ni serán los últimos que otorgan honores a personas cuyo único atributo radica en ostentar el poder (Trujillo, Batista, Estrada Cabrera, Stroessner, Duvalier y Somoza, entre otros, recibieron en su momento sendos honores otorgados por instituciones).
Evidentemente, los acontecimientos indican que ocupar un puesto (ganado o no) en una organización no tiene que ver con aplicar el discernimiento, la integridad ni la nobleza de espíritu, y que tomar un camino deshonroso responde a la incapacidad de juzgar de manera crítica, metódica, ponderada y, sobre todo, honesta antes de tomar una decisión. Ciertas actuaciones son, tal vez, un síntoma inequívoco del despropósito en que el país (sobre)vive. Pero nos alienta el remanente vital de quienes todavía, pese al deshonor y la vergüenza ajena, se mantienen en pie con dignidad. Esto pesa muchísimo más en la balanza de la vida y la cultura panameñas porque, a pesar del riendazo recibido, superaremos el culitranqueo: los panameños con mejengue seguiremos luchando en la birria —la vida— nacional.
En conclusión, las tres razones expuestas se decantan en la última. Quizás hoy, más que nunca, a los panameños nos urge fortalecer nuestras facultades para diferenciar lo malo de lo bueno, lo verdadero de lo falso, lo conveniente de lo inconveniente. Bien lo dijo Descartes en sus Reglas para la dirección del espíritu: «Lo que más desvía a los hombres de la búsqueda de la verdad no es la falta de ingenio, sino la falta de discernimiento en la aplicación de sus facultades».
La autora es profesora y escritora.

