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Contaminación acústica

Silencio selectivo: cuando el ruido cotidiano no importa

Cada diciembre, Panamá revive el debate sobre la pirotecnia. Las campañas para desalentar su uso apelan al bienestar animal, a la salud de niños y personas con hipersensibilidad sensorial, y a la necesidad de celebrar con mayor responsabilidad. El planteamiento, en sí mismo, es válido. No obstante, resulta pertinente preguntarse si esta exigencia puntual de silencio es coherente con la manera en que se tolera el ruido el resto del año.

En ciudades como la ciudad de Panamá, el ruido no es una excepción, sino una constante. Construcciones prolongadas en zonas residenciales, remodelaciones sin control horario, motocicletas con escapes alterados, camiones circulando a cualquier hora y el uso indiscriminado de bocinas forman parte del paisaje cotidiano. Este ruido persistente no se distribuye de forma equitativa: afecta de manera directa a comunidades específicas, mientras el resto de la ciudad continúa su rutina sin percibirlo.

La ciencia ha demostrado que el impacto más dañino del ruido no es el ocasional, sino el crónico. La exposición continua se asocia con estrés sostenido, alteraciones del sueño, dificultades de concentración y un deterioro progresivo de la salud cardiovascular (Basner et al., 2014). Sin embargo, estas consecuencias rara vez generan campañas públicas, fiscalización constante o debates sostenidos. El ruido cotidiano se normaliza y se asume como un costo inevitable de la vida urbana.

Aquí surge una contradicción difícil de ignorar. Regular la pirotecnia uno o dos días al año es una medida visible y de alto impacto simbólico, pero resulta insuficiente si no va acompañada de una política integral de gestión del ruido. Exigir silencio en fechas festivas, mientras se ignoran las fuentes permanentes de contaminación acústica, transmite la idea de que el problema no es el ruido en sí, sino cuándo y quién lo produce.

La Organización Mundial de la Salud ha advertido que la contaminación acústica urbana constituye uno de los principales riesgos ambientales para la salud, solo superado por la contaminación del aire (OMS, 2018). A pesar de ello, en la práctica sigue tratándose como una molestia menor, y no como un asunto de salud pública y de derechos ciudadanos. Esta desconexión entre el discurso y la acción alimenta la percepción de injusticia entre quienes viven expuestos al ruido de manera constante.

El debate necesario no debería centrarse únicamente en prohibir o permitir la pirotecnia, sino en reconocer el derecho al descanso y a un ambiente acústicamente razonable como un componente esencial de la calidad de vida urbana. Esto implica regular con el mismo rigor tanto los ruidos festivos como los estructurales, establecer controles efectivos y asumir que el silencio no puede ser una concesión ocasional.

Celebrar el silencio un día al año puede aliviar conciencias, pero no resuelve el problema de fondo. Mientras el ruido cotidiano siga siendo invisible para la política pública, el derecho al bienestar continuará dependiendo del lugar donde se viva y no de una norma aplicada con equidad.

El autor es profesional del área de sistemas y educación.


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