Caminar por los pasillos de la Autoridad del Canal de Panamá colma de orgullo al más indiferente. Llegar como empleado, entonces, es indescriptible; es una transfusión de amor propio que alimenta el alma. Mirar a tus compañeros y reconocer en ellos a panameños que, a pesar de la corriente generalizada del tráfico de influencias, ingresaron mediante un proceso de contratación en el que sus méritos fueron tomados en cuenta para calificarlos y ofrecerles un espacio en la empresa más importante del país, no tiene precio.
En general, el empleado canalero es un individuo que siente orgullo de la empresa a la cual sirve. Primero, porque es una empresa ciento por ciento panameña; segundo, porque es consciente de la importante misión que lleva a cabo para beneficio del mundo entero, al propiciar el comercio internacional y acortar las distancias entre productores y consumidores. Pero también siente orgullo de pertenecer a una empresa de excelencia, en la cual se ofrecen magníficas condiciones de empleo a cambio de una labor igualmente excelente.
El empleado canalero sabe quién es y lo que vale, y haber participado en el proceso de selección de la meritocracia canalera confirmó su valía y lo empodera para lograr objetivos y alcanzar las metas ambiciosas que tiene la principal empresa de nuestro país.
Canaleros somos todos los que nacimos en esta estrecha franja de tierra, cuyos orígenes como nación están vinculados a su posición geográfica y cuya historia como país independiente está ligada al Canal de Panamá. Y es hermoso apreciar que la pasión que nos une en el fútbol lleve nuestro Canal al Mundial 2026, pues tanto los aficionados como nuestros triunfantes deportistas portarán un uniforme que indica que somos canaleros. Todos somos selección; todos somos canaleros.
Pero, a menudo, el trabajador del Canal, concentrado en su esfuerzo diario —que, al final del día, es el que mantiene en funcionamiento la vía interoceánica y garantiza su viabilidad— se desvincula de las decisiones estratégicas que emanan de la alta gerencia y de la junta directiva.
Una decisión cambió esa situación, uniendo a canaleros de adentro y de afuera en una misma celebración: la elección de la primera mujer para conducir los destinos de la principal empresa panameña.
La reciente elección de la próxima administradora del Canal de Panamá demostró que la ACP está alineada, de arriba abajo, con la meritocracia. La decisión, producto de un escrutinio concienzudo entre numerosos aspirantes, premió a la mejor candidata y envió un mensaje alto y claro para todos los panameños: la preparación constante, la tenacidad en el esfuerzo, el compromiso con la excelencia, la adaptabilidad a los cambios, la habilidad para trabajar en equipo y el dominio de la comunicación para dialogar con diferentes audiencias son características que deben ostentar todos los dirigentes de esta gran nación, ya sean líderes profesionales o de cualquier otro ámbito.
A partir de esta designación, mucho se ha escrito sobre las cualidades que adornan a la próxima administradora de la ACP, forjada en las propias entrañas de la vía interoceánica. Para mí, los héroes son los directores, quienes supieron empinarse sobre las presiones políticas y visibilizar a la mujer panameña al reconocer en una de ellas a la mejor candidata.
Si a la hora de decidir todos apostáramos por el mejor, no para satisfacer intereses personales, sino para servir a la nación, tendríamos asegurado un mejor futuro para Panamá.
Gracias, señores miembros de la junta directiva de la ACP, por mostrar su casta.
La autora es administradora.
