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Sacudida la política, hay que pensar en un país para todos

Sacudida la política, hay que pensar en un país para todos
Abelardo de la Espriella dio la sorpresa en la primera vuelta electoral de Colombia al ganar el preconteo de votos pese a que las encuestas lo daban segundo. / AFP via Getty Images

El sacudón que produjo la primera vuelta presidencial fue sísmico. No hubo preconcepción política que no quedara cuestionada. El mensaje al Gobierno de Gustavo Petro fue claro: su descarada intervención en la campaña le salió cara al candidato Iván Cepeda. Del mismo modo, el otrora hacedor de soberanos, Álvaro Uribe Vélez, vio cómo la derecha abandonó a la candidata de su partido, Paloma Valencia, para respaldar a una nueva derecha que se ha posicionado como independiente.

Abelardo de la Espriella, hasta hace unos meses un desconocido para la mayoría de los colombianos, tiene hoy todas las posibilidades de ser el próximo presidente de Colombia, mientras que el senador Iván Cepeda obtuvo una votación histórica que, aun así, se siente como una derrota para la izquierda. El centro político, que le apostó a la moderación, comprobó su irrelevancia en las urnas y hoy se lame las heridas.

El senador Cepeda hizo una campaña que aspiraba incluso a ganar en primera vuelta. El Pacto Histórico, envalentonado por sus sobresalientes resultados en las elecciones al Congreso y por el aumento en la popularidad del presidente Gustavo Petro, realizó una campaña dirigida casi exclusivamente a sus bases. La inasistencia a debates, la intervención poco disimulada de la Casa de Nariño a favor del senador y la actitud de sus líderes políticos hablaban con arrogancia de un resultado arrollador.

Curiosamente, leyeron mal al país. No se percataron de que su base estaba entusiasmada, pero de que existe un alto porcentaje de colombianos, hoy cercano a la mayoría, que resiente la manera en que el mandatario ha hecho política durante estos cuatro años. A pesar de una oposición fragmentada y sin rostros visibles, las urnas fueron claras al propinarle una cachetada a la administración Petro y a una campaña de Cepeda que no hizo esfuerzos por ampliar la carpa. Se sintieron ganadores y hoy están contra las cuerdas.

Por el otro lado, la derecha abandonó a la senadora Valencia y al uribismo. Ante la división con Abelardo de la Espriella, la campaña de la senadora apostó por una estrategia de “voto útil” contra el senador Cepeda. Y, en efecto, hubo un “voto útil”, pero a favor del abogado. Con un discurso que recoge elementos de Nayib Bukele, Javier Milei y Donald Trump, De la Espriella ha convencido a millones de colombianos. Se posicionó como alguien ajeno a la política tradicional, una persona sin intereses distintos a “enderezar el rumbo”. En un país donde la seguridad es una de las principales preocupaciones, el rechazo al presidente Petro y las promesas de mano dura calaron hondo.

La votación, también histórica, de De la Espriella repite lo ocurrido en otros países donde la emocionalidad terminó imponiéndose a las propuestas concretas.

Colombia queda, entonces, polarizada. Lo veíamos venir desde hace años. Ambos candidatos tienen serias deudas con el electorado antes de la segunda vuelta. ¿Será que ahora sí, por fin, tendremos un debate en el que se contrasten sus visiones sobre el futuro del país? ¿Y nos contarán con más detalles cómo pretenden aterrizar las propuestas gaseosas que los impulsaron a obtener votaciones tan altas?

Ambos deben reconocer que la elección fue reñida y lo seguirá siendo. No es momento, entonces, de continuar avivando los extremos, sino de demostrar que son capaces de guiar, desde sus respectivas visiones, un país en el que quepamos todos. ¿Cómo les hablarán a esos votantes más moderados? ¿Cómo calmarán los ánimos? ¿Es posible? ¿O estamos condenados al voto rencoroso y a la hostilidad retórica?

Quedan, eso sí, motivos de orgullo. La participación de los colombianos fue masiva. Al cierre de esta edición no tenemos una cifra final, pero es claro que cada vez más las diferencias de opinión encuentran catarsis en las urnas. Como debe ser. Nuestra democracia muestra señales de madurez, aunque no sea inmune a las enfermedades típicas que han hecho mella en otros países. Hay que seguir defendiéndola.

El autor es director de El Espectador.


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