Durante siglos hemos repetido que “poderoso caballero es Don Dinero”. Y ciertamente lo es. El dinero facilita la vida, abre muchas puertas, proporciona comodidades y permite disfrutar de bienes que para otros resultan inaccesibles. El problema comienza cuando confundimos esa utilidad con omnipotencia y terminamos creyendo que todo puede comprarse.

La sociedad suele medir el éxito por la capacidad de acumular dinero y bienes materiales: la casa en la playa, la residencia en la montaña, el yate, el avión privado o las propiedades en el extranjero. Poco a poco se instala la engañosa creencia de que quien posee suficiente dinero puede conseguirlo todo y que cualquier puerta termina abriéndose ante un cheque suficientemente grande.

Desde niño recuerdo una anécdota que siempre me impresionó. Se refería a un hombre negro que, después de haber sufrido durante años el desprecio y la discriminación de una sociedad prejuiciosa, logró amasar una considerable fortuna. De pronto, aquellas mismas puertas que antes se le cerraban comenzaron a abrirse de par en par. Las personas que antes lo ignoraban ahora buscaban su amistad y lo invitaban a recepciones y reuniones sociales.

En una de ellas, al llegar, se quitó el saco, lo colocó sobre una silla y pronunció una frase demoledora:

“Siéntate, dinero”.

Había comprendido perfectamente lo que ocurría. No era a él a quien aquella sociedad comenzaba repentinamente a respetar. Era a su fortuna.

Algo semejante sucede con el poder.

Recuerdo el caso de un antiguo alto funcionario del Estado que, después de abandonar su cargo, se quejaba amargamente de que ya nadie lo invitaba como antes. Mientras ejercía sus funciones recibía constantemente invitaciones a banquetes, recepciones diplomáticas, fiestas y toda clase de acontecimientos sociales. Llegó a creer que aquellos agasajos eran un reconocimiento a su persona.

Pero un día terminó su mandato.

El teléfono dejó de sonar. Las invitaciones desaparecieron. Los aplausos se apagaron.

Entonces descubrió una verdad incómoda: muchas veces no invitaban al hombre, sino al cargo; no cortejaban a la persona, sino a la influencia que representaba; no buscaban su amistad, sino la cuota de poder que circunstancialmente tenía en sus manos.

El poder, como el dinero, posee una extraordinaria capacidad para atraer compañía. La dificultad consiste en saber cuándo esa compañía es verdadera.

Existe todavía una manifestación más grave de este extravío: la admiración social por el delincuente enriquecido.

Poco importa algunas veces de dónde provenga su fortuna. Cuando el dinero comienza a exhibirse en mansiones, automóviles, viajes y lujos, ciertos sectores de la sociedad parecen olvidar su origen. Se busca el favor del enriquecido, se disculpan sus conductas y algunos hasta consideran motivo de prestigio aparecer a su lado.

Es una inversión lamentable de los valores: la riqueza comienza a utilizarse como certificado de respetabilidad.

Pero el dinero no convierte lo ilícito en honorable. Tampoco el lujo transforma la falta de principios en virtud. Una fortuna puede ocultar durante algún tiempo la pobreza moral de quien la posee, pero difícilmente puede borrarla.

Estas tres escenas —el hombre rico al que repentinamente todos respetan, el funcionario abandonado cuando pierde el poder y el delincuente adulado por su fortuna— revelan nuestra facilidad para rendir culto a lo efímero.

Porque tanto el dinero como el poder tienen límites.

El dinero puede comprar una magnífica cama, pero no garantiza el sueño.

Puede pagar los mejores médicos, pero no asegurar la salud.

Puede adquirir una gran casa, pero no formar un hogar.

Puede pagar compañía, pero no comprar amistad.

Puede proporcionar seguridad material, pero no necesariamente tranquilidad.

Y puede permitirnos disponer de muchas cosas, excepto de una que termina siendo la más valiosa de todas: más tiempo de vida.

También el poder es prestado. Mientras se posee parece enorme; cuando desaparece descubrimos cuántas reverencias estaban dirigidas al cargo y no a la persona. Por eso una de las mayores pruebas del carácter humano consiste en saber ejercer el poder sin creerse propietario de él y disfrutar del dinero sin convertirse en su servidor.

Los años enseñan, además, algo que quizá resulte difícil comprender plenamente durante la juventud: llega un momento en que comenzamos a valorar más aquello que no se puede comprar.

Una conversación tranquila. Una familia unida. Un amigo verdadero. La libertad de disponer de nuestro propio tiempo. La satisfacción de haber obrado correctamente. Poder acostarnos cada noche sin miedo y despertar cada mañana en paz con nuestra conciencia.

Esos bienes no aparecen en los estados financieros ni aumentan el patrimonio declarado, pero pueden constituir la mayor riqueza que una persona llegue a poseer.

El dinero es necesario. Nadie sensato puede negarlo. Permite vivir mejor, educar a los hijos, atender las necesidades familiares, viajar, disfrutar de comodidades y enfrentar con mayor seguridad muchos problemas de la vida. No hay virtud alguna en la pobreza ni reproche en disfrutar de una fortuna legítimamente adquirida.

El error está en convertir el dinero en la medida del valor de una persona.

Porque una cosa es tener dinero y otra muy distinta es ser rico de verdad.

La verdadera riqueza quizá pueda medirse de otra manera: tener lo suficiente para vivir dignamente; salud para disfrutarlo; personas a quienes querer y que nos quieran; libertad para decidir sobre nuestro tiempo; una conciencia tranquila y, sobre todo, paz para vivir con nosotros mismos.

Al final del camino descubrimos que el patrimonio más valioso no se guarda necesariamente en una bóveda, no depende del cargo que ocupamos ni del favor de quienes hoy nos rodean.

Don Dinero seguirá siendo un caballero muy poderoso.

Pero existen puertas ante las cuales, por más rico que sea, también tiene que detenerse.

El autor es exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia.