Más de 50 años de matanzas en una guerra fratricida es demencial. La humanidad entera está absorta y los colombianos, anonadados entre la desidia y la necesidad de protegerse con una coraza de insensibilidad, para que resbale el sufrimiento. Tal vez lo explique el laboratorio de barbarie resultante de nueve guerras civiles de ámbito nacional y 14 con menor número de muertos. La Guerra de los Mil Días y tantas de patrias bobas. Para el fin de la guerra más larga de todas se firmó el Acuerdo de La Habana. En el genocidio han participado la corrupción de las clases políticas, los narcotraficantes, la policía, las FARC, el ELN, el Ejército Popular de Liberación, el M-19, el ejército, los hampones comunes, la armada y los paramilitares. Ante tantos actores es imposible dilucidar quién mató a quién en casi medio millón de asesinatos y 300 mil desaparecidos, entre ellos 20 mil niños y 8 millones de víctimas.
Imposible aclararlo con los postulados de la justicia ordinaria. Por eso, la justicia transicional, cuya solución no es el cepo, cadenas ni grilletes; se fundamenta en buscar la verdad en lo posible, la reconciliación, el perdón –no el olvido–, la reparación de las víctimas y la no repetición del conflicto. No debemos seguir rumiando esa tragedia inmarcesible y matando el porvenir durante siglos más. Somos generaciones traumatizadas y usurpadas con el deber inexorable de no trasmitir esa esquizofrenia a las generaciones futuras.
La guerra debe plantearse contra la pobreza, la injusticia y la ignorancia. Seis millones de campesinos fueron desplazados del campo colombiano y se quedaron como sobrevivientes miserables –sobre tierras de riqueza extraordinaria– 12 millones abandonados históricamente por el Estado. Allí empezó esta guerra con la sublevación campesina y allí debe empezar la reconstrucción de la paz. Veintiún páginas del acuerdo se refieren al capítulo primero, “Hacia un nuevo campo colombiano. Reforma Rural Integral”. Se compromete, al refrendarlo, y se financia el inicio de una Colombia campesina bella, próspera, justa y productiva.
Ojalá el himno nacional que entonamos cuando Colombia juega su fútbol alegre y pone a bailar al país con cada gol; con el triunfo del noble campesino Nairo Quintana en la Vuelta España; con las medallas de oro en los Olímpicos y con el campeonato mundial de patinaje en China, cristalice sus presagios y de esos surcos de dolores el bien germine ya. Los ideales de igualdad, fraternidad y justicia del himno todavía no se han cumplido. No cesa la horrible noche ni ha llegado la libertad sublime y seguimos gimiendo entre cadenas. Es más racional y democrático escuchar de los exguerrilleros sus discursos que sentirlos disparando balas y muchísima más justa y promisoria una paz imperfecta que una guerra corrupta. José Pepe Mujica advirtió que es muy serio lo que está en juego; es el momento más importante de Colombia, en el que podrá pasar de la prehistoria de la guerra a la civilidad del debate de las ideas.
El sí propone el cambio que Colombia reivindica. El no es sin propuesta.