Panamá es un país bendecido, con recursos, fe y un optimismo tan desmedido que parece resistirlo todo… hasta que la tierra tiembla. Entonces surge la pregunta incómoda: ¿estábamos realmente preparados o solo habíamos ensayado cómo parecerlo para la foto?

Los simulacros son necesarios, pero pierden efectividad cuando las alarmas dependen de la electricidad, las salidas de emergencia están bloqueadas y los reportes de riesgo esperan una «evaluación técnica» que no llega a tiempo. En mi experiencia, hubo puertas de hierro cuyas cerraduras decidieron no funcionar y árboles amenazantes que llevaban meses esperando atención. No se trata de talarlos indiscriminadamente, sino de actuar antes de que la realidad nos recuerde que la prevención no debería depender de la suerte ni de la milagrosa improvisación criolla.

Durante el sismo, los docentes evacuaron a los estudiantes con templanza, aun cuando la realidad se saltó el guion del simulacro. Después vinieron el miedo, los llantos, los desmayos y la angustia. Sin embargo, parece más fácil cuestionar la reacción del docente en el aula que examinar si se atendieron los riesgos previamente reportados. Es muy cómodo depositar la responsabilidad de la seguridad escolar únicamente sobre los hombros de quienes están al frente del salón.

La emergencia tampoco termina cuando cesa el movimiento de la tierra. Quedan el temor, la incertidumbre y la necesidad de respuestas confiables. Pretender que todo está resuelto porque un funcionario declara ante las cámaras que «todo está bajo control» es confundir tranquilidad con certeza. Afirmar que un edificio es seguro exige peritajes serios y verificables, no discursos anestésicos para salir del paso.

Mientras tanto, aparece el espectáculo de la solidaridad: canciones compuestas a toda prisa, mensajes cargados de abrazos fraternales y publicaciones que proclaman la indomable fortaleza nacional. No me burlo de la música ni de los gestos sinceros; cuestiono la costumbre de convertir la tragedia en espectáculo y oportunidad de figuración. ¿Y después qué? Cuando la melodía se apaga y las redes pasan a la siguiente tendencia, los boquetes en las paredes y los riesgos siguen ahí.

Es conmovedor —y doloroso— ver a ciudadanos con recursos mínimos haciendo colectas y donando lo poco que tienen. Esa generosidad merece respeto, pero también obliga a preguntar por la responsabilidad institucional. ¿Por qué la atención de una crisis termina dependiendo del bolsillo de quien apenas tiene para comer? ¿Qué recursos estaban disponibles y cómo se utilizaron? Exigir cuentas y fiscalizar no es despreciar la ayuda comunitaria; es recordar que la solidaridad ciudadana no sustituye las obligaciones del Estado.

Esta contradicción también se observa en la vida cotidiana de los centros educativos. Para organizar actividades extracurriculares, hacer rifas o recaudar fondos, docentes, estudiantes y familias se movilizan y hasta sacrifican tiempo de sus labores habituales. Esa disposición merece reconocimiento. El problema aparece cuando hay que reparar una cerradura, atender un riesgo de seguridad o resolver necesidades básicas: entonces comienzan los trámites, las solicitudes y la espera de una partida presupuestaria que, cuando finalmente llega, parece no alcanzar.

Si somos capaces de organizarnos para unas cosas, ¿por qué no demostramos la misma voluntad para resolver otras que afectan directamente las condiciones en que se enseña y se aprende? No se trata de restarles valor a las actividades extracurriculares ni de desconocer los procedimientos administrativos, sino de preguntarnos por qué esa capacidad de movilización no se refleja con igual fuerza en las necesidades más urgentes. La educación no debería depender del sacrificio constante de quienes ya tienen la responsabilidad de sostenerla.

Ahora que se acercan las fiestas patrias, nos ahogaremos en banderas, discursos y demostraciones de orgullo nacional. Todo muy lindo. Pero el patriotismo no consiste en cantar el himno con la mano en el pecho después de haber sobrevivido a un desastre por pura chiripa. También consiste en exigir prevención, cuentas claras y autoridades que respondan cuando se apaga la conmoción. No podemos seguir aplaudiendo el «así somos» como si las deficiencias institucionales fueran parte inevitable de nuestra identidad.

Quizá Panamá sí esté bendecido, pero la fe no puede ser nuestro plan de gestión de riesgos ni «Dios proveerá» nuestro único código de construcción. La fe acompaña; no abre puertas trancadas, no activa alarmas sin electricidad ni resuelve trámites administrativos. Si después de cada temblor volvemos a la misma rutina complaciente, tendremos que preguntarnos si aprendimos algo o si simplemente esperamos que la próxima vez la tierra tenga la cortesía de no temblar tan fuerte.

No pretendo que esta columna reforme las instituciones ni ilumine de pronto a la burocracia. Escribo porque tragar entero no es una opción para mí, aunque mis palabras no consigan mover un solo escritorio. Después de todo esto, me tocará volver a leer a Epicuro. Necesito repasar sus reflexiones sobre la serenidad y prepararme para lo que venga, porque no me queda otra. Al parecer, filosofar no va a reparar las cerraduras ni a resolver los problemas del país, pero quizá me ayude a conservar la calma mientras intento comprender tantas contradicciones. Porque una cosa es buscar la serenidad y otra muy distinta es que Panamá se empeñe en ponérnosla a prueba.

La autora es profesora de filosofía.