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Para nuestro diminuto territorio, el extractivismo minero es anticristiano

Como anuncio del nuevo año, cabe hacer algunas reflexiones que iluminen a la comunidad de las mujeres y hombres de nuestra fe judeocristiana, en lo tocante a su aplicación a una realidad concreta: la megaminería metálica de cielo abierto (fíjense que no cualquier actividad minera).

Pues bien, lo primero que debemos tener presente es que cuando se dice que los hombres y mujeres de buena voluntad —pecadores todos, creyentes o no— estamos en contra de la actividad megaminera de cielo abierto, en realidad se está denunciando dicha actividad por una razón medular: niega la vida. Negar la vida es equivalente a “matar”, y no matar es uno de los Diez Mandamientos de la ley mosaica. Veámoslo en los términos señalados en la encíclica Laudato Si’:

“El medio ambiente es un bien colectivo, patrimonio de toda la humanidad y responsabilidad de todos. Quien se apropia algo es solo para administrarlo en bien de todos. Si no lo hacemos, cargamos sobre la conciencia el peso de negar la existencia de los otros. Por eso, los obispos de Nueva Zelanda se preguntaron qué significa el mandamiento «no matarás» cuando «un veinte por ciento de la población mundial consume recursos en tal medida que roba a las naciones pobres y a las futuras generaciones lo que necesitan para sobrevivir»” (SS Francisco I, Laudato Si’, 2015, numeral 95).

Volvamos a la cuestión del extractivismo megaminero en Panamá (no en otro territorio con otras características ecológicas). ¿Niega la vida de los integrantes de la casa común en nuestro terruño? En reiteradas intervenciones y foros hemos compartido el dato de que, en el caso de la minera de la Costa Abajo de Colón, esta requiere aproximadamente 1,800 millones de metros cúbicos de agua dulce para su operación anual (Empresa Cobre Panamá, 2023, documento informativo).

Este volumen es similar al que requiere anualmente la operación del tránsito de buques por el Canal de Panamá, que, por cierto, ya enfrenta insuficiencia en sus fuentes hídricas y ha debido recurrir a nuevos reservorios. La pregunta es si, con ese nivel descomunal de demanda de agua —que sin duda secaría cuerpos hídricos como los de la cuenca del río Coclé del Norte a mediano plazo—, ¿el extractivismo minero no llegará también a requerir la siguiente fuente cercana, el río Indio, y luego Caño Sucio?

Esto plantea, a mediano plazo, una contradicción de intereses entre la demanda hídrica de nuestra principal empresa estatal rentable y esta megaminera —que aportaría menos de la sexta parte de lo que aporta al Tesoro Público el Canal de Panamá—, al reducir la disponibilidad de agua para los seres vivientes de la región metropolitana del país y de la zona occidental del Canal. Ergo, esta repulsa de la vida equivale a faltar al mandamiento de no matarás, tal como interpretan los obispos neozelandeses citados en la encíclica.

Esta negación de la vida, producto de actividades que perjudican los caudales y la calidad del agua, ya ha sido analizada por nuestra Iglesia en otras latitudes. De ahí que la encíclica advierta estos escenarios. Por ejemplo, en el numeral 31:

“Una mayor escasez de agua provocará el aumento del costo de los alimentos y de distintos productos que dependen de su uso. Algunos estudios han alertado sobre la posibilidad de sufrir una escasez aguda de agua dentro de pocas décadas si no se actúa con urgencia. Los impactos ambientales podrían afectar a miles de millones de personas, pero es previsible que el control del agua por parte de grandes empresas mundiales se convierta en una de las principales fuentes de conflictos de este siglo” (SS Francisco I, Op. cit., numeral 31).

Quienes actúan bajo las reglas de la codicia del mercado y de intereses geopolíticos ajenos a los nuestros ocultan estos perjuicios, no solo contra un bien común como el agua, sino contra la rica biodiversidad que sustenta la vida.

Quienes se hacen cómplices de esta actividad avarienta y negadora de la vida incluso manipulan documentos de nuestra Iglesia. Otros ponen como ejemplo a Chile y su minería en el desierto de Atacama, pero omiten que el impacto ecológico y social allí se diluye en un territorio que equivale a todo nuestro país más casi la mitad de Costa Rica. ¿Así quién no desarrolla megaminería de cielo abierto con impactos ambientalmente tolerables para su sociedad?

Moraleja: el extractivismo megaminero metálico de cielo abierto en un territorio biodiverso como el nuestro resulta, sin ambigüedades, anticristiano.

El autor es sociólogo ambiental, investigador y docente.


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