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Panamá: entre el día a día y el Mundial

Panamá: entre el día a día y el Mundial
Andrés Andrade marca al atacante Raphinha en el partido amistoso previo al Mundial 2026, en el estadio Maracaná, en Río de Janeiro (Brasil). EFE/ Antonio Lacerda

En Panamá los meses pasan y, con ellos, el calor que no da tregua. La gasolina sube sin pedir permiso, la educación avanza a paso lento y los salarios permanecen casi inmóviles, como si el tiempo los hubiera dejado en pausa. El supermercado rinde cada vez menos, el tráfico se vuelve más pesado, los amigos se van antes de tiempo —algunos buscando nuevos horizontes, otros dejando silencios que pesan más que las palabras— y, con la edad, aunque todavía nos creamos jóvenes, aparecen también los dolores propios del tiempo.

Mientras tanto, por otro lado, crecen los divorcios y aumentan los solteros en una sociedad cada vez más dispersa.

Nada nuevo. Nada extraño. Solo rutina con distinto precio.

Pero, paradójicamente, nada de eso parece detenernos por mucho tiempo.

Porque en pocos días nuestro país volverá a vibrar con una sola emoción: el fútbol. Panamá irá al Mundial de la FIFA por segunda vez, y la conversación cotidiana ya cambió de tono: “¿Qué camiseta me compro… la azul, la roja, la blanca… o uso la vieja que me ha acompañado en todas las batallas?”.

Y ahí empieza otra división muy nuestra, geográfica y silenciosa.

Están los que podrán viajar a Toronto o a Nueva Jersey, con mayor capacidad económica, escogiendo cuántos partidos ver y cómo vivir la experiencia: desde los asientos privilegiados cerca del campo de juego hasta los rincones más altos del estadio, donde la vista cambia y la perspectiva es otra. Y, como diría el ingenio panameño: “Ese ticket viene con chamois incluido para limpiar las luces del estadio”. Pero igual estarán ahí, cumpliendo el sueño, representando al país como si el esfuerzo no pesara cuando la bandera está en juego.

Otros lo vivirán como siempre lo hemos vivido: desde un bar, una casa o una esquina, gastando lo poco que queda en el bolsillo, pero con el corazón desbordado de emoción.

Y es que, al final, el gasto no se mide en dinero, sino en vivencias.

No importa dónde estemos. Lo importante será estar presentes en la experiencia, ya sea allá o acá. El panameño, con sus contrastes y sus dificultades, sigue encontrando la forma de ser feliz. Y lo seguirá siendo, incluso cuando dentro de un mes nos miremos a los ojos y digamos con una sonrisa cansada: “Estamos limpios, pero lo gozamos”.

Por eso hoy, más que nunca, apoyemos a nuestra selección, a nuestro país y a nuestro orgullo. Vistamos este mes de junio con los colores que nos identifican como un solo pueblo, donde las diferencias se suspenden, las fraternidades crecen y las carencias se olvidan por 90 minutos… o por el tiempo que dure el sueño.

Porque, al final, esto es lo nuestro. Esto es Panamá.

Y uno se queda pensando, con esa mezcla de orgullo y asombro: qué fortuna la de haber nacido aquí. Imagínate haber nacido en otro lugar y perderte esto… donde, incluso en medio de las dificultades, todavía sabemos celebrar juntos.

El autor es arquitecto.


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