Hoy, 26 de enero de 2026, celebramos el Día Internacional de la Energía Limpia, una fecha que no debe quedarse en una simple declaración de intenciones, sino convertirse en un llamado a la acción técnica para transformar nuestro sistema energético en uno verdaderamente flexible, resiliente y capaz de producir la energía del mañana.
Si bien el país ha dado pasos significativos a nivel normativo y estratégico para proyectar un futuro verde —con avances en la ampliación del tope de autoconsumo solar, nuevos planes de licitaciones a largo plazo, almacenamiento y movilidad eléctrica—, la infraestructura actual aún enfrenta el reto de estar a la altura de esas ambiciones. Más allá de las buenas intenciones, la integración masiva de energías renovables en Panamá presenta desafíos técnicos reales: desde la intermitencia de los recursos naturales hasta una red de transmisión que, aunque avanza con proyectos estratégicos como la Cuarta Línea, reclama una modernización impostergable. “Hay que rediseñarla”.
Panamá ha sido bendecida con ríos que nos han proporcionado hidroelectricidad durante décadas. Sin embargo, el cambio climático ha vuelto este modelo vulnerable. La verdadera transición no se trata solo de cambiar petróleo por agua; se trata de una diversificación inteligente que aproveche nuestro sol y nuestros vientos, recursos que se complementan de forma natural en nuestra geografía.
Pero la sostenibilidad no puede caminar sola: necesita seguridad. Como se ha analizado tras los apagones registrados en el país, la interconexión energética y el fortalecimiento de la red de transmisión son pilares fundamentales para evitar que el sistema colapse ante cualquier falla. No podemos permitir que la transición hacia lo limpio se traduzca en un aumento inasumible en la factura del ciudadano. El desafío es el llamado “trilema energético”: lograr energía segura, sostenible y, sobre todo, asequible, garantizando que el costo de ser “verdes” no recaiga injustamente sobre el usuario final.
La hoja de ruta para los próximos diez años ya existe. El éxito dependerá de cuatro claves: descentralizar la generación, descarbonizar la flota de transporte, digitalizar la red y democratizar el acceso. Este proceso no se limita a cables y paneles; implica una transformación cultural profunda en nuestros patrones de consumo y eficiencia energética. La movilidad eléctrica y la educación desde edades tempranas son herramientas esenciales para dejar de ser espectadores y convertirnos en protagonistas de una energía que, además de limpia, debe ser confiable y asequible. Lograrlo no es solo una oportunidad técnica, sino una necesidad para que Panamá sea un país resiliente, donde la equidad energética sea una certeza y la luz nunca falte. “La meta es clara y el compromiso es de todos. Hagámoslo realidad ahora”.
La autora es docente e investigadora de la Facultad de Ingeniería Eléctrica de la Universidad Tecnológica de Panamá (UTP) e investigadora asociada al Centro de Estudios Multidisciplinarios en Ciencias, Ingeniería y Tecnología (CEMCIT AIP).

