Hace unos días desayunaba con mi buen amigo Enrique de Obarrio y con Orlando Pérez, amigo y profesor de Ciencia Política de la University of North Texas at Dallas. En medio de la conversación surgió una pregunta aparentemente sencilla que me dejó pensando: si Panamá está creciendo 6.4%, ¿por qué tantos panameños todavía no lo sienten?

Lo primero es reconocer la buena noticia. Nuestra economía creció 6.4% durante el segundo trimestre de 2026. Debemos celebrarlo. Panamá necesita crecer para generar empleo, mejorar ingresos, atraer inversión y crear oportunidades.

También conviene poner la cifra en contexto. El segundo trimestre de 2025 había crecido 3.4%, por lo que existe una base de comparación menos dinámica. Pero eso no elimina la buena noticia: la economía produjo B/.1,204 millones más, en términos reales, que en el mismo trimestre del año anterior.

Pero crecimiento económico y bienestar no son exactamente lo mismo ni necesariamente avanzan a la misma velocidad.

Me interesa esta pregunta no porque quiera cuestionar el crecimiento, sino precisamente porque quisiera que creciéramos más. Mi tío Alberto Motta decía siempre algo que se me quedó grabado: “Si quieres vivir bien, preocúpate porque quienes viven a tu alrededor vivan bien también”. Independientemente de nuestra posición socioeconómica, creo que esa sencilla idea debería importarnos a todos.

El último dato disponible sitúa el desempleo total en 10.4%. Corresponde a septiembre de 2025 y no debe compararse directamente con el crecimiento del segundo trimestre de 2026, pero nos ayuda a entender la pregunta: ¿cómo podemos crecer a buen ritmo y tener todavía tantos panameños buscando una oportunidad?

A esto se suma otra realidad, quizás todavía más reveladora: el 47.1% de la población ocupada no agrícola se encuentra en la informalidad. Es decir, una persona puede aparecer estadísticamente como ocupada y, sin embargo, encontrarse en una situación laboral precaria. Crecer no solamente debe significar crear más empleos, sino también mejores empleos.

Mientras reflexionaba sobre esto, compartí la inquietud con dos buenos amigos. Uno me hizo pensar en la concentración geográfica de parte importante de nuestra actividad económica y en la necesidad de llevar oportunidades a más lugares del país. El otro me recordó que cada sector tiene características distintas: algunos generan más empleo; otros requieren más capital y tecnología. Y destacó algo central: nuestro capital humano y su relación con la productividad.

No todos los puntos de crecimiento tienen el mismo efecto sobre el empleo.

El Canal, los puertos, la logística, la aviación, el comercio y los servicios son fundamentales para Panamá y debemos procurar que sigan creciendo. Pero algunas de estas actividades son intensivas en capital y tecnología y pueden aumentar su producción sin aumentar el empleo en la misma proporción.

Hace pocos días escuché a mi tío Stanley Motta explicarlo de una manera sencilla: si la economía crece y el empleo no lo hace al mismo ritmo, una de las explicaciones puede ser que estamos siendo más productivos.

Y eso es positivo. Una mayor productividad es indispensable para sostener mejores salarios y calidad de vida.

Aquí aparece otra aparente contradicción: tenemos panameños buscando trabajo y empresas buscando trabajadores que no encuentran.

Este fue precisamente uno de los temas abordados recientemente en Café con La Prensa, dedicado al talento que Panamá necesita. Allí se destacó que el 65% de los empleadores reporta dificultades para encontrar el talento requerido. Parte del desafío está en cerrar la brecha entre las capacidades disponibles y las que demanda nuestra economía.

Necesitamos conectar mejor la educación con el mundo del trabajo. Universidades e institutos técnicos deben conocer las necesidades del mercado, pero las empresas tampoco podemos esperar que aparezca el trabajador perfecto. Debemos capacitar, ofrecer pasantías y darles a nuestros jóvenes su primera oportunidad. La nueva ley de pasantías puede ser una herramienta importante para fortalecer ese vínculo entre la educación y el empleo, facilitar la primera experiencia laboral y ayudar a que más jóvenes desarrollen las competencias que necesita el país.

Y el reto será todavía mayor con la inteligencia artificial. Algunas tareas serán automatizadas, muchas profesiones cambiarán y surgirán otras. La pregunta no debería ser solamente cuántos empleos podría reemplazar la IA, sino cuántos panameños estamos preparando para trabajar con ella.

Paradójicamente, esto también puede aumentar el valor de profesiones y oficios que quizás no hemos apreciado suficientemente. Electricistas, plomeros, mecánicos, técnicos y otros trabajadores especializados realizan muchas tareas difíciles de automatizar. Lo mismo sucede donde el cuidado, la confianza, la empatía y el contacto humano son esenciales.

No todos nuestros jóvenes necesitan un título universitario. Una excelente formación técnica también puede conducir a una vida profesional digna y bien remunerada.

El verdadero desafío no será proteger cada empleo que existe hoy, sino preparar a nuestra gente para los empleos que existirán mañana.

Pero preparar a nuestra gente es solamente una parte de la ecuación. También debemos preguntarnos dónde podemos crear esas oportunidades.

El turismo tiene la capacidad de llevar actividad económica hasta donde vive la gente. Un visitante que llega al interior consume alojamiento, restaurantes, transporte, productos locales y servicios. Tenemos, además, un enorme potencial en nuestro Caribe y nuestras islas, que podemos desarrollar responsablemente, respetando el medioambiente e incorporando a las comunidades.

También podemos ser más ambiciosos posicionando a Panamá como destino para retirados de todo el mundo. Tenemos clima, conectividad aérea, atención médica, uso del dólar y calidad de vida. Quien decide retirarse en Panamá utiliza aquí ingresos generados en el exterior en vivienda, alimentación, salud, mantenimiento, transporte y recreación. Es otra manera de llevar inversión, empleo y consumo hacia diferentes regiones.

Nuestro sector agropecuario y agroindustrial representa otra gran oportunidad. Pero quizás la lección de Costa Rica sea todavía más amplia. En 2025, nuestro vecino exportó más de $22,000 millones en bienes, alrededor de 17 veces lo exportado por Panamá. Casi la mitad de esas exportaciones correspondió a dispositivos médicos, acompañados por productos agrícolas y alimentarios como piña y banano.

Panamá tiene un modelo económico diferente y una extraordinaria fortaleza en servicios, además de una infraestructura portuaria y una conectividad privilegiadas para transportar productos hacia los mercados internacionales. La lección no es copiar el modelo costarricense, sino desarrollar nuestros propios nuevos motores exportadores: desde agricultura y agroindustria hasta manufactura avanzada y actividades de mayor valor agregado.

Y dentro de la construcción merece especial atención la vivienda social.

Pocas actividades combinan tan claramente crecimiento y bienestar. Construir viviendas genera empleo y moviliza materiales, transporte, financiamiento y comercio. Una vivienda digna, además, representa seguridad, estabilidad y patrimonio familiar. Iniciativas como el interés preferencial y el recientemente creado AbonoPaTi, que contempla un aporte estatal de $3,000 para determinadas viviendas nuevas de hasta $80,000, pueden contribuir a movilizar inversión privada y facilitar que más familias construyan patrimonio.

Una vivienda social no solamente genera empleo mientras se construye; puede generar bienestar durante generaciones.

Tenemos, además, una ventaja que a veces damos por sentada: Panamá no depende de un solo motor económico ni de un único recurso.

El Canal, los puertos, la logística, el comercio, la Zona Libre, la aviación, los servicios financieros, la construcción, el turismo, el sector agropecuario y la minería pueden aportar, cada uno en distinta medida, a nuestra economía.

El cierre de Cobre Panamá mostró el impacto que puede tener la pérdida repentina de una actividad económica importante. Según un reciente estudio del CONEP, 30,277 empleos fueron afectados al cierre de 2025, entre directos, indirectos e inducidos.

Ese impacto tampoco se distribuyó uniformemente. Según el mismo estudio, Coclé era, en 2023, la provincia donde residía la mayor cantidad de trabajadores directos de la mina. Es un recordatorio de que tanto el crecimiento como la pérdida de actividad económica se sienten de manera diferente dependiendo de dónde vivamos.

El futuro de la mina debe decidirse con responsabilidad y rigurosos criterios económicos, ambientales, sociales y jurídicos.

Precisamente por eso, la diversidad de nuestra economía es una fortaleza. Es la vieja enseñanza de no poner todos los huevos en una misma canasta.

No necesitamos escoger entre sectores.

Necesitamos más logística y más turismo; más servicios y más agricultura; más tecnología y más construcción; más productividad y mejores empleos.

Para conseguirlo, necesitamos una empresa privada fuerte, capaz de invertir, innovar y crear oportunidades, junto con un Estado que genere las condiciones para hacerlo: reglas claras, seguridad jurídica, infraestructura adecuada y menos burocracia.

También debemos reconocer las iniciativas gubernamentales que están en marcha para ordenar las finanzas públicas, impulsar la inversión en infraestructura, promover la vivienda, facilitar las asociaciones público-privadas y los incentivos al turismo, y atraer inversión. El reto es construir sobre esos esfuerzos y procurar que se traduzcan en oportunidades para más panameños.

Pero este desafío no corresponde únicamente al Gobierno ni a la empresa privada. Necesitamos remar todos en la misma dirección: Gobierno, empresarios, trabajadores, gremios, universidades, sociedad civil y ciudadanos. No tenemos que pensar igual en todo para coincidir en lo esencial: más inversión, mejores empleos, mayor productividad y más oportunidades.

El crecimiento debe ser un proyecto de país.

En estos meses he venido profundizando en la Doctrina Social de la Iglesia Católica y encuentro en ella principios particularmente pertinentes para esta conversación: dignidad de la persona y del trabajo, bien común, solidaridad, subsidiariedad y participación.

La economía, finalmente, debe estar al servicio de las personas. Y quienes hemos recibido mayores oportunidades tenemos una responsabilidad especial hacia quienes han tenido menos.

No necesitamos repartir un crecimiento limitado. Necesitamos generar más crecimiento, en más sectores, en más lugares del país y preparar a más panameños para participar de él.

El 6.4% debe alegrarnos. Pero nuestro verdadero éxito no será solamente poder decir que Panamá crece, sino conseguir que ese crecimiento se transforme en productividad, mejores empleos, patrimonio y oportunidades para cada vez más familias.

Porque, independientemente de nuestra posición socioeconómica, deberíamos querer lo mismo: que a Panamá le vaya bien, pero, sobre todo, que a todos los panameños nos vaya bien.

Quizás esa sea la respuesta que estaba buscando después de aquel desayuno.

No se trata solamente de cuánto crecemos. Se trata de cuántos podemos crecer con Panamá.

El autor es empresario, consultor, Caballero de la Orden de Malta.